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Mirando a lo lejos

31 Jul

Mirando a lo lejos

Mirando a lo lejos

 

Suspendido en lo alto de una montaña dejo libre mi mirada y también mi espíritu, dejo que él camine, trote, corra o vuele, pero mi vista lo acompaña para no perderlo, porque ¿qué sería de mi sin él? Nunca me he puesto a pensar ¿qué podría hacer un humano sin su espíritu?, o ¿qué haría un espíritu solo sin el humano al cual pertenece?

 

Algunas veces se me ocurren ideas descabelladas, es porque tengo el tiempo suficiente o porque quiero perder el tiempo y medito sobre absurdos que me sorprenden a mi mismo. Algunas veces estoy en estas situaciones porque quiero distraer mi mente para que deje de fabricar pensamientos absurdos, en otras oportunidades recurro a mi amigo el Ser Chiquito para intercambiar ideas y fabricar historias, cuentos, relatos o entablar conversaciones absurdas.

 

Ahor estuve pensando que el tiempo transcurre de una manera que me daña, porque me hace notar que no es solamente él, que avanza cada vez más rápido camino al infinito, rumbo a la eternidad. En ese devenir me he dado cuenta de que me está arrastrando y yo pienso que todavía me quedan fuerza para retrasar un poco más el paso del tiempo. Me miro al espejo y veo que el deterioro físico típico del transcurso de el avance de la edad, todavía son benevolentes conmigo, ni que decir intelectualmente; algunas veces me siento joven en ese sentido, pero en otros momentos, como hoy por ejemplo, veo que mi intelecto está cediendo paso y eso me aflige.

 

Desde la misma montaña en la que comencé este relato, no quiero dejar libre a mi espíritu y quiero frenar su carrera, impedir su vuelo, porque es preciso que estemos juntos, mi físico y mi alma, no quiero perder la razón y quiero que mi intelecto esté acorde con mi cuerpo y viceversa. Mi cuerpo tiene unos tres o cuatro años más que mi espíritu, porque la infancia es un misterio, al principio, absorbe información para formar el subconsciente y quizá el inconsciente, pero después de ese tiempo aflora y crece a pasos acelerados.

 

El Subconsciente: justo debajo de la superficie. Este alberga lo que suprimimos y con algo de introspección, podemos llevar a la parte consciente. El Inconsciente: el nivel más profundo. Es en este que almacenamos eventos, sentimientos, pensamientos y otros ítems que probablemente ni siquiera recordamos. Esos primeros años de la vida de los humanos son lo que almacenan los hechos que se conservan en esa parte de nuestro cerebro. Mientras que todo lo que conocemos perfectamente pero no queremos que estén presentes y se mantengan en el anonimato es lo que almacenamos en el subconsciente.

 

A mi criterio, los humanos a estas alturas del tiempo transcurrido desde nuestra concepción, de cuando el ovulo portado por la matriz de nuestras madres descendió por las trompas de Falopio y fue fecundado por un espermatozoide, de un montón de ellos que corrieron en pos (en busca de…) de ese hecho, aportado por nuestros padres, con amor destinado a eso o por simple casualidad de un impulso sexual. Incluso eso quedó gravado en nuestro cerebro en formación y todos los acontecimientos a partir de ese momento son lo que portamos como inconsciente. Es de ese momento que poseemos alma, lo que ahora denomino espíritu.

 

El inconsciente no aflora en forma cognitiva, pero creo que es lo que se formó con la genética y los primeros años de nuestra existencia y no se borrará nunca, conservándose con muy pocas variaciones hasta que partamos a la eternidad. Dios nos juzgará un poco por lo que tenemos almacenado en la consciencia, pero sobre todo analizará nuestro subconsciente que es donde tenemos escondido lo bueno y lo malo que somos capaces de hacer.

 

Miguel Aramayo

SCZ.28-10-2024