Son tantos y tantos años
Son tantos y tantos años
Hace poco volví a leer algo que había escrito hace más de veinte años. Los temas aún me resultan interesantes y, para mi sorpresa, la forma en que escribía en ese entonces me agradó. Sin embargo, encontré muchos errores ortográficos y fallas serias de redacción. En su momento contraté a profesionales para revisar el texto antes de su impresión, pero hoy veo que no pusieron el esmero necesario. Me dio vergüenza descubrirlo tantos años después, cuando ya no hay forma de corregirlo.
A pesar de esos errores, me gustó volverme a leer. Sentí que los temas siguen siendo vigentes, incluso bonitos, y que tocan asuntos que aún hoy tienen valor. Lo que más me conmovió fue reencontrarme con un viejo amigo imaginario: el Ser Chiquito, mi compañero de juegos, de charlas, de sueños y ensueños desde que tengo memoria. Lo creé a mi imagen y semejanza, tal como me habría gustado ser. Él refleja una parte esencial de mí: somos dos, pero al mismo tiempo uno solo. Estoy convencido de que es mi ángel de la guarda, al que logré convencer para que tomara forma y me acompañara.
Han pasado muchos años, pero en mi mente y en mi corazón, Chiquito sigue presente. Y cuando lo recuerdo, aparece con su voz inconfundible de «pi piripí», hablándome telepáticamente, como siempre lo ha hecho. Me invade la nostalgia: él no ha cambiado, conserva su esencia y su aspecto intactos; yo, en cambio, me reconozco con más años, con menos impulso, menos efusividad… Aunque todavía conservo el romanticismo y el deseo de decir cosas bonitas, ya no lo hago con la misma vitalidad de antes.
Ayer lo vi nuevamente. Lo vi… y me vi. Escuché nuestras risas, nuestras palabras. Y, por un instante, volví a mi infancia, a mi adolescencia, a esos tiempos en los que creía que podía llegar a ser santo, o incluso papa, si me esforzaba lo suficiente. Recordé cómo me ayudó a escribir poemas para enamorar, para expresar amor a mi madre, o cuando me sostuvo en la soledad de otro país, con una cultura diferente y grandes sueños en la mochila. Cómo me ayudó a inventar juegos para mis hijos, a escribir cuentos para mis nietos. Siempre estuvo allí, también cuando empecé a escribir de forma más seria. Siempre le consultaba.
Crecimos juntos. Pero, desde la pandemia, nuestros encuentros se han vuelto esporádicos. Aun así, trabajamos juntos en Francia, Inglaterra e Israel. Y en la conversación de ayer, con emoción y convicción, decidimos que es hora de volver a encontrarnos con frecuencia, de retomar el rumbo que, de alguna forma, yo estaba perdiendo.
Hoy, al escribir sobre esta gran amistad, quiero decirlo con claridad: fui feliz toda mi vida, gracias, sobre todo, a mi vínculo con Chiquito y a todos los planes que soñamos y concretamos juntos. Y estoy seguro de que aún podemos seguir soñando un poco más.
Miguel Aramayo
SCZ.19-05-2025
