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El aprendiz de poeta

31 Jul

El aprendiz de poeta

El aprendiz de poeta

 

En su adolescencia, cuando otros corrían tras la pelota o soñaban con motos veloces, él se refugiaba en los versos. En un cuaderno escondido bajo los libros de matemáticas copiaba poemas de Bécquer, de Neruda, de cuanto autor encontraba en la biblioteca del colegio. No los entendía siempre del todo, pero algo en esas palabras vibraba dentro de él como si fueran suyas.

 

Con paciencia los memorizaba y después los recitaba frente a sus amigas, fingiendo una seguridad que apenas sentía. Ellas reían, se sonrojaban o lo miraban con una mezcla de burla y ternura. Para él era suficiente: aquellos versos eran un puente hacia un mundo que no se atrevía a mostrar con su propia voz.

 

Hasta que, una tarde, mientras repetía por enésima vez «Volverán las oscuras golondrinas…», algo cambió. Se descubrió escribiendo líneas que no había copiado de ningún libro. Eran torpes, un poco desordenadas, pero tenían la frescura de lo auténtico. Esa noche no durmió: llenó páginas enteras, sorprendido de que las palabras fluyeran como si hubieran estado esperando su turno.

 

Al día siguiente, armado de valor, regaló su primer poema a una muchacha de cabello trenzado que solía escucharlo con atención. Ella lo leyó en silencio y, sin decir nada, le tomó la mano. Para él, ese gesto valía más que todos los aplausos. Sin soltarle la mano tímidamente se acerco a su rostro y mientas sus ojos intercambiaban miradas de sorpresa muy despacito apoyo sus labios a los del muchacho y le dio un beso. Al separarse le dijo: Permíteme recitarlo.

 

«Mi tristeza, mi alegría, mi incredulidad, mi fe, mi pobre melancolía por la que me salvare. Dime tu niña mia, que después la cambiaré por otra niña mas fría, para cambiarla después. Me muero por que me quieran, pero nunca lo dire. ¿Y después de todo qué? Morir para que me quieran. ¿Qué me quieran para qué? Aquel gran amor de un día volverá y yo no estaré. ¿y después de todo qué?»

 

La noticia corrió rápido. Pronto sus compañeros comenzaron a buscarlo: «Escríbeme unos versos para fulanita», «Ayúdame a conquistarla, vos que sabés de esas cosas». Él aceptaba, divertido, viendo cómo sus palabras prestadas abrían puertas y corazones. Y en el camino, entre encargos y conquistas, entendió que la poesía ya no era un disfraz ni una herramienta para impresionar, sino parte inseparable de su vida.

 

Nunca dejó de escribir. Lo que empezó como un juego adolescente, como un truco para ganar sonrisas, terminó convirtiéndose en la voz con la que aprendió a decirse al mundo.  Y mientras sus amigos dejaron atrás la adolescencia, él siguió escribiendo. Primero poemas, luego cuentos, hasta que un día se atrevió a comenzar una novela. Hoy sueña con un premio, aunque por ahora se conforma con la certeza de que la poesía, aquella compañera adolescente, nunca lo abandonará.»

 

Miguel Aramayo

SCZ.21-08-2025