Estoy en alta mar
Estoy en alta mar
Pareciera que es extraño, ¡pero no…! No se cuanto tiempo que estamos azotados por una tormenta en la que el cielo no cambia de color para dibujar si es de día o de noche. Ya son varios días que estamos así y lo que más me aflige es que en el avatar en que nos encontramos lo más grave fue la ruptura del timón, con lo cual vamos a la deriva. El timón de un bergantín se compone principalmente de la pala, la parte sumergida que dirige el barco; la mecha, el eje vertical que conecta la pala con el mecanismo de gobierno; y la caña, una barra que se usa para girar el timón directamente. Les cuento esto porque todavía nos falta investigar cual fue el daño del nuestro para que una vez que pase la tormenta podamos componerlo, ¡si tenemos suerte!
No sé cuántos días llevamos en esta situación y pareciera que como estamos a la deriva, el que posiblemente sea un huracán nos tiene atrapados en su ojo y nos lleva por el rumbo que sigue él y eso significa que nos lleva a tierra y no sabemos dónde. Las olas son tan grandes y llevan tanta fuerza que da la impresión de que en cualquier momento nos destruye. Las maderos cimbran y se quejan como si ya estuvieran por romperse, hemos tenido que arriar velas para aminorar los impactos del viento que nos sacude sin piedad. Pareciera mentira, pero en mis pensamientos están todas las oraciones que me enseñaron en la vida.
No es que yo sea un lobo de mar o que sea el propietario de este bergantín. Simplemente soy un vulgar curioso que de puro farsante le dije a un amigo, creo que me siento capaza de navegar tu embarcación y el me dijo: —No es más maña puedes ser el capitán, el bergantín es tuyo y toda la tripulación, en esta semana no tenemos nada que hacer. —Yo me quedo en tierra y vos dispones de él, no te costará nada por unos dos o tres días, tiempo en el que te puedes alejar de la costa hasta solo ver mar.
Acepte pensando que en un bergantín como el de mi amigo con vientos sostenidos y una velocidad media de 5–6 nudos, uno podría alejarse hasta unas 165 millas náuticas en un día. Como tenia permiso hasta para tres días, podía alejarme algo más y retornar, siempre y cuando los vientos me lo permitan, eso sería con suerte. Era una distancia suficiente para perder de vista en el horizonte y ver solo mar por donde una dirija la mirada.
La tripulación ya me conocía, porque estuve con mi amigo en varias oportunidades, navegando por el mediterráneo, el Adriático, el Jónico, el Tirreno y el mar Balear, todos por la misma zona y siempre haciendo turismo. Se sorprendieron cuando el dueño le pidió al capitán que me dejara comandar y que toda la tripulación quedaba bajo mi autoridad, pero que en todo momento el capitán me estaría colaborando. Nunca nos imaginamos que de la noche a la mañana se desate una tempestad que nos vapulee de la manera en la que nos encontramos en este momento.
Otra de las cosas extrañas es que esa tormenta hubiera nacido cerca de tierra y nos esté alejando de la costa de donde partimos, para llevarnos sin rumbo, además que el servicio de meteorología en puerto no tenía ninguna información sobre este fenómeno. Todo era raro y solo podía suceder a un neófito como yo y que sorprenda no solamente a mí, sino a toda la tripulación. Me imaginaba como podía estar mi amigo con él que nos comunicamos por radio inmediatamente entramos en este percance, pero que después perdimos contacto, porque lo primero que nos sucedió fue el perder la antena.
Cuando regresamos después de que paso la tormenta y fuimos rescatados por un transportador, juré nunca más subir a un bergantín. No sabía como disculparme con mi amigo y cómo agradecer a la tripulación que se solidarizo conmigo y tomo todo a chiste, pero yo me senti muy avergonzado.
Miguel Aramayo
SCZ. 21-11-2015
