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Así de inservible (Mas interesante)

1 Ago

Así de inservible (Mas interesante)

Así de inservible (Mas interesante)

 

Llegó el judío desde Rusia, de un pequeño pueblo de Siberia al que habían arribado sus ancestros tras emigrar desde Europa. Primero pasaron por Novosibirsk y luego por Birobidzhán, donde se asentaron hasta que finalmente partieron rumbo a América. Eso ocurrió alrededor de 1940, cuando la Segunda Guerra Mundial se encontraba en pleno auge. Fueron de los últimos judíos en salir de Rusia y lograron librarse tanto de los pogromos como de las leyes restrictivas, aunque ya no era posible seguir disimulando.

Antes de la invasión alemana, durante la llamada «Operación Barbarroja«, aprovecharon un descuido y huyeron: él, su familia y algunos rusos que los ayudaron a ocultar su condición de judíos. Primero llegaron a Estados Unidos, a Nueva York, pero luego decidieron trasladarse a Argentina, donde contaban con mayores posibilidades, ya que tenían parientes en ese país.

Abramov Bernstein —así se llamaba el judío de esta historia— nunca había trabajado como agricultor. No había nacido cuando sus abuelos emigraron de Polonia a Rusia, y aunque sus padres fueron esclavos de la tierra, él estudió ingeniería mecánica y siempre ejerció su profesión. Al llegar a Argentina cambió parcialmente de rumbo y dedicó más tiempo a la ingeniería eléctrica y, sobre todo, a las comunicaciones.

Ahora, superados los 80 años, trabaja muy poco. No es que haya perdido la capacidad —aunque algo de eso hay—, sino que en su empresa ya no lo utilizan como antes. No se trata de discriminación ni de cuidados excesivos, sino de una realidad evidente: ya no se mueve con la misma intensidad, ya no sale a buscar clientes ni a inventar sistemas como antes. Sin embargo, continúa preocupado por las finanzas, pues el mercado ha decaído y él ya no sale en busca de nuevos clientes. Eso lo aflige y provoca torbellinos en su cabeza; mira el futuro con ojos poco inspirados, aunque todavía conserva algo del optimismo de su juventud.

Cuando bordeaba los 30 años era incansable y sus ideas resultaban verdaderamente innovadoras. Desde entonces han pasado cincuenta y tantos años y, como es lógico, el paso del tiempo afecta la productividad. A esto se suma que su familia, algo desviada en términos de tradición judía, no continuó su legado: los hijos lo siguieron, pero los nietos son solo parientes, no seguidores. No les gustó la «tienda del abuelo». Por ello, el viejo judío —o judío viejo— se apoya en sus colaboradores para resolver la continuidad que debió haber sido hereditaria.

Deseoso de seguir aportando al negocio, modificó un poco su actividad. Continúa cumpliendo horarios y no toma vacaciones, fiel a su antigua costumbre. Ahora dedica parte de su tiempo a leer y escribir, tareas que realiza casi como una obligación, aunque sin duda constituyen una forma de huir de una realidad que lo absorbe, por más que él se resista a aceptar ese curso natural de la vida.

En los últimos años el cambio tecnológico ha sido significativo y, hasta cierto punto, «brutal». Aun así, logró adaptarse más o menos y se muestra entusiasmado por continuar en esa senda. Lo que resulta notorio es que sigue pensando con claridad y seriedad acerca de lo que corresponde a la realidad, de acuerdo con su capacidad para seguir adelante sin convertirse en un estorbo.

Miguel Aramayo

SCZ, 19-01-2026