El paso del tiempo es implacable
El paso del tiempo es implacable
Cierro los ojos y siento un frio intenso que adormece mi espíritu y hace que mi cerebro se llene de emociones. Ya no estoy donde estoy, ya no tengo los años que me pesan, pase a otra dimensión, una dimensión que es muy conocida por mí. La dimensión que he transitado muchas veces desde que tengo uso de razón. He vuelto a soñar, pero esta vez ya no son los sueños que creaba en mi infancia, en mi adolescencia y juventud. Ahora, eso que soñé casi se hizo realidad, mejor dicho, estoy volviendo al pasado y ya no es ensoñación, ahora son recuerdos de lo vivido.
Recuerdo a mi madre que me contaba cuentos, pero no lo que están en los libros infantiles, cuentos que ella quizá se inventaba o quizá eran relatos de los que ella había vivido, porque me hablaba de su padre y lo lindo que olían sus manos, me contaba de cuando se le apareció el duende y le produjo tanto miedo, que hasta le sangró la nariz. También me contaba de los juegos con sus hermanas y hermanos de lo vivido en el pueblo donde radicaban sus abuelos paternos, porque no conoció a los abuelos maternos.
También me contaba cosas tristes de su padre, al que aprendí a quererlo sin haberlo conocido y sentía tanta pena por la pena que a él lo embargo o la pena que él trasmitió a su familia. Me contaba ese tipo de cuentos que se van tejiendo poco a poco, mostrando la realidad en la que ella se desarrolló. También recuerdo las poesía que me enseñó y que, hasta ahora las repito con mucho cariño, con un cariño exagerado, porque cuando las repito mentalmente o en voz queda, hacen que mis ojos se pongan como pauros llenos de agua, agua que con sabor salado escurren por mis pómulos y mojan mis labios con un sabor, sabor que me estremece. No dar examen verdad, o mariposa vagarosa rica en tinta y donaire o quizá verde que te quiero verde o el bolero que decía luna lunera casca velera, dile a mi chiquita por Dios que me quiera u otra canción que decía: están clavadas dos cruces en el monte del olvido.
Otra veces siento que me acaricia peinando mis cabellos y frotando su nariz junto a la mia y pidiéndome que pise sus pies para que me enseñe a bailar y yo abrazado a sus corvas, sostenido firmemente a sus manos y cuando más grande bailando un tango o una milonga o zapateado una copla. Esos recuerdos hacen erizar mi cuerpo y con los ojos cerrados vuelvo a ver sus ojos verdes, sus cabellos ondulados, sus labios rojos y la delicadez de sus manos, manos que eran tan hábiles para cocinar o tejer, pero que lo mejor que hacían era acariciarme cuando quería que posara la cabeza en su regazo.
Lo que digo en este momento, son palabras que salen del fondo de mi corazón impulsadas por mi alma. Son pequeños recuerdos que tienen tanto valor para mi que logran elevar mi espíritu hasta lo alto del cielo y hacen que busque su reflejo entre las nubes que atravesaron mis pensamientos en busca de sus recuerdos, de su añoranza y de su forma de ser, forma de ser y ver que me las contagio, porque creo que soy lo que ella quiso que sea.
En este momento, me siento muy feliz, porque Dios me permite que retornen a mi memoria recuerdos, recuerdos que me permiten retrotraerme a la realidad y mostrar lo feliz que fue mi existencia, en el poco tiempo que compartí con mi madre, pero tiempo que fue suficiente para que yo pueda demostrar mi cariño y gratitud a todo lo bueno que fue ella para mí. El tiempo pasó y ahora que me encuentro en el ocaso, creo que no le fallé, que, si soy alguien, soy ese alguien que ella quiso que yo fuera y aunque ya no la tengo, la siento conmigo, siento su calor, su fragancia, escucho sus versos y percibo su presencia en mí.
Miguel Aramayo
SCZ.31-03-2026
