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Otra nota sobre mis sentimientos

1 Ago

Otra nota sobre mis sentimientos

Otra nota sobre mis sentimientos

 

Siempre pienso que Dios me tiene entre sus preferidos, porque son muchas las casualidades y causalidades que hacen que, cuando tengo algún apuro, inmediatamente encuentre una solución. No cabe duda de que no necesito pedir ayuda, porque esta llega de manera casi automática.

 

Por ejemplo, el jueves, después del almuerzo, tuve un problema con la hernia de hiato que me diagnosticaron hace aproximadamente 25 años. Desde entonces, solo había tenido algunas molestias en contadas ocasiones; me animo a decir que apenas tres o cuatro veces durante todo ese tiempo. Sin embargo, este año comenzó a molestarme con mayor frecuencia y, en los últimos días, casi a diario.

 

El jueves me asusté y tuve que recurrir al médico. Me internaron por un día para realizarme una endoscopia. Sin necesidad de intervención médica, unas seis horas después mi salud se normalizó, aunque me colocaron suero y algunos medicamentos leves. El viernes me hicieron el estudio y el diagnóstico resultó ser el mismo de hace 25 años, sin ninguna modificación grave. Aun así, pasé mucho miedo, aunque por suerte ya todo pasó.

 

Estoy leyendo una novelita muy bien escrita, que me llena «la casita del ojo». Es de Alyson Richman y se titula Los amantes de Praga, de la editorial Booket. El tema es estremecedor, pues muestra el sufrimiento indecible que golpeó a los judíos que vivían en Europa durante la Segunda Guerra Mundial.

 

Son muchos los libros que relatan hechos de esa época oscura del nazismo y el inaudito exterminio de personas inocentes, como los judíos, los gitanos y muchas otras comunidades, e incluso de los propios alemanes que se oponían al Holocausto.

 

Ahora ha pasado el tiempo y aquellos hechos parecen ir borrándose de la memoria colectiva. Incluso hay quienes les restan importancia o niegan que hayan ocurrido de esa manera. Sin embargo, los relatos, las noticias, la historia y las pruebas de los hechos demuestran que todo fue real y que causó un enorme dolor a la humanidad, o al menos a una gran parte de ella.

 

Yo nací casi un año antes de que terminara la guerra, por lo tanto, durante los primeros años de mi infancia supe de esos acontecimientos y tuve la oportunidad de compartir con varios judíos que lograron escapar de aquella masacre. Muchos de ellos sufrieron enormemente, porque perdieron casi todo lo que tenían y tuvieron que comenzar de nuevo desde cero.

 

Pienso en el gran sufrimiento de quienes estuvieron en los campos de concentración, pero también imagino el dolor de aquellos que tuvieron que huir, dejando atrás a seres queridos que quedaron atrapados en la vorágine de las SS.

 

Mientras leo la novelita mencionada, reflexiono sobre el tremendo sufrimiento físico y psicológico que padecieron quienes estuvieron en los campos. Día tras día veían morir de inanición, enfermedades, torturas o ejecuciones a amigos y familiares.

 

Conocí a una persona que estuvo en los campos de concentración y logró salvarse gracias a la invasión de los rusos y los estadounidenses. Era la suegra de un amigo, y llevaba en su brazo el famoso tatuaje con el número que les asignaban a los prisioneros.

 

Esa señora, que vivió un tiempo en Tarija, vio en televisión un programa grabado dos años antes: era un festejo de judíos en Nueva York, y allí reconoció a un hermano al que creía muerto. Días antes de la liberación, lo había visto caminando en la fila que conducía a los hornos crematorios. Logró contactarse con él y viajó desde Bolivia a Estados Unidos para reencontrarse después de más de 35 años.

 

Miguel Aramayo

SCZ.09-05-2026