Antonio José de Sucre
El tema histórico es algo que me gusta, por ese motivo te respondo un poco extenso a la consulta de un amigo, para cubrir su curiosidad, e incluyo en copia a mis hijos, con la esperanza de que lean este mail, porque la amistad entre estos dos hombres (Bolivar y Sucre) muestra la calidad de personas que fueron, muy especialmente Sucre.
La opinión de los historiadores sobre Sucre es unánime, fue un hombre incorruptible, fiel a sus ideales; pero hombre de su tiempo al fin, sus actos respondieron a cambios radicales que dejaban de lado las tradiciones y los sistemas establecidos. Además, él era un venezolano de corazón que no se hizo eco ni del pan-andinismo de Santa Cruz ni del panamericanismo de Bolívar, manteniéndose , dentro de las circunstancias, alejado del ajetreo político de Bolivia. El fue la espada que mantuvo al Perú entre dos fuegos cuando las diferencias entre Perú y Colombia se ahondaron. Finalmente fue víctima en Berruecos, cerca de Pasto (Colombia), donde fue asesinado en circunstancias oscuras, el 4 junio de 1830.
El 18 de abril de 1828 estalló otro motín, esta vez en Sucre, protagonizado por los Granaderos de Colombia que vitoreaban al extranjero peruano Agustín Gamarra, y cuando se encaminaba a caballo a sofocar el motín, fue recibido con una descarga de fusilería que lo hirió en el brazo derecho, aquél con el que había triunfado en Ayacucho. Sucre impedido de gobernar encargó el gobierno a su jefe de gabinete, general José María Pérez de Urdininea. La insurrección había sido alentada y preparada por Gamarra, interesado en el desprestigio del Mariscal, fue el aviso para que este militar, que no aceptaba la separación altoperuana, pasara con sus 6.000 soldados el Desaguadero e invadiera nuestro territorio el 1° de mayo de 1828, con el apoyo de tropas bolivianas conducidas por el servil primer militar traidor, coronel Pedro Blanco, llegando hasta la ciudad de Sucre para ponerse «entre la víctima y los asesinos».
Sucre estaba postrado en cama en la hacienda Ñujcho, próxima a Sucre, convaleciente de su herida. El infame ya ascendido a general Pedro Blanco ordenó su apresamiento y firmó con el general Pérez de Urdininea, que ya había sido nombrado Presidente interino y el invasor Gamarra, el humillante Tratado de Piquiza el 6 de junio de 1828, que dispuso el retiro del Ejército Grancolombiano, la renuncia de Sucre, la designación de un nuevo mandatario, y reforma a la Constitución y el pago por gastos efectuados por el ejército peruano. Ante tales acontecimientos, Sucre, aún enfermo, se hizo presente ante el Congreso con el objeto de rendir cuentas de sus actos y despedirse de Bolivia.
El Gran Mariscal, decepcionado por la ingratitud, la actitud de políticos osados y arribistas, las ambiciones de militares y civiles mediocres, los insultos que recibía, haciendo honor a su decisión de dejar la presidencia ese año, entregó el gobierno a un Consejo de Ministros integrado por el general José Miguel de Velasco (Camba, cuatro veces presidente de Bolivia). Se despidió el mismo día en que iniciaba su viaje, el 2 de agosto de 1828. Abandonando el país, dejó un mensaje, su testamento político, famoso en nuestra historia: «Aún pediré otro premio a la nación; el de no destruir la obra de mi creación; de conservar por entre todos los peligros la independencia de Bolivia». Desde esta fecha, como maldición para el país, surgieron los eternos «salvadores de la Patria». Este testamento lo vi el original y lo lei de punta a punta.
Viajó a Venezuela y después de una misión infructuosa en pro de la paz en la Nueva Granada, se dirigió a Quito, y al internarse en la montaña de Berruecos (Colombia) murió asesinado el 4 de junio de 1830. Bolívar al saber la noticia exclamó: «Se ha derramado la sangre de Abel». En Bolivia, la capital de la República lleva honrada su nombre.
Ultima carta a Bolivar el 8 de mayo de 1930: «El dolor de la más penosa despedida. No son palabras las que pueden fácilmente explicar los sentimientos de mi alma respecto a Vd.: Vd. los conoce, pues me conoce mucho tiempo y sabe que no es su poder, sino su amistad la que me ha inspirado el más tierno afecto a su persona. Lo conservaré, cualquiera que sea la suerte que nos quepa, y me lisonjeo que Vd. me conservará siempre el aprecio que me ha dispensado. Sabré en todas circunstancias merecerlo. Adiós, mi general, reciba Vd. por gaje de mi amistad las lágrimas que en este momento me hace verter la ausencia de Vd. Sea Vd. feliz en todas partes y en todas partes cuente con los servicios y con la gratitud de su más fiel y apasionado amigo».
También incluyo la respuesta de Bolivar:
Turbaco, a 26 de mayo de 1830.
A S. E. el general Sucre
Mi querido general y buen amigo:
La apreciable carta de Vd. sin fecha, en que Vd. se despide de mí, me ha llenado de ternura, y si a Vd. le costaba pena escribírmela, ¿qué diré yo?, yo que no tan sólo me separo de mi amigo sino de mi patria! Dice Vd. bien, las palabras explican mal los sentimientos del corazón en circunstancias como éstas.
Perdone Vd., pues, las faltas de ellas y admita Vd. mis más sinceros votos por su prosperidad y por su dicha. Yo me olvidaré de Vd. cuando los amantes de la gloria se olviden de Pichincha y de Ayacucho.
Vd. se complacerá al saber que desde Bogotá hasta aquí he recibido mil testimonios de parte de los pueblos. Este departamento se ha distinguido muy particularmente. El general Montilla se ha portado como un caballero completo.
Saludo cariñosamente a la señora de Vd. y protesto a Vd. que nada es más sincero que el afecto con que me repito de Vd., mi querido amigo.
Su – Bolívar
Miguel Aramayo
SCZ.10-01-2013
