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Luz sobre mi escritorio

11 Ene

Luz sobre mi escritorio

Sobre mi escritorio en la casa, tengo un elemento, que si no me equivoco se llama plasma de luz, es un artefacto eléctrico, es una esfera que se ilumina de color verde y que dependiendo de la intensidad de sonidos o bulla del ambiente donde está, se ilumina como relampagueando, lo mismo sucede si se lo toca con algo, en cuyo caso los relámpagos van directo a la parte de la esfera que fue tocada. No es una decoración muy común, pero yo tengo eso hace bastante tiempo, por lo menos unos seis años. Lo compré con Carlos Andrés y causó sensación entre los nietos y la curiosidad por saber qué es entre todos los que lo ven encima del escritorio, sea que esté apagado o encendido. Para prender o apagar tiene un interruptor que sólo posee dos posiciones, encendido y apagado, pero además tiene otro interruptor que seguramente está conectado a un potenciómetro, o un oscilador de frecuencia, que hace que su brillo sea más o menos intenso y por lo tanto su sensibilidad a los sonidos o al toque es mayor según la posición de ese selector.

 

Un día, mejor dicho una noche, mientras leía, observé que el plasma lumínico danzaba con una intensidad fuera de lo normal, primero pensé que la música que escuchaba era la que producía eso, pero estaba disfrutando de “las cuatro estaciones” de Vivaldi y por lo tanto no habían variaciones de tono que produjeran esos cambios abruptos, pensé que alguno de los nietos estaba distrayéndose con mi concentración y querían jugarme una broma, pero capté que estaba solo, que el único sonido era el de los parlantes, que el volumen era el normal para escuchar mientras se lee y que no estaba conectado el aire acondicionado, ni habían ventanas abiertas.

 

Dejé de leer y me puse a observar el plasma. ¡Que gran sorpresa!, en el interior del plasma se observaba un ballet, una danza bellísima, una danza cuya coreografía era indescriptible, eran tres bailarinas que interpretaban una pieza musical ejecutada por una bella orquesta, la filarmónica de Londres, cuyo director principal es  Valery Gergiev. Era tan hermosa la interpretación que resaltaban los violines, los clarinetes, las flautas, los oboes, los chelos y los bajos. Disminuí al máximo el volumen de los parlantes y pude escuchar que la música que emanaba del interior del plasma era de Nikolai Rinsky-Korsakov, era una pieza que se titula: “el vuelo del moscardón”. Fijé toda mi atención en las bailarinas, que como dije antes eran tres, dos de ellas casi del mismo tamaño y la tercera mucho más alta que las otras dos.

 

Las tres estaban vestidas de seda, tul y encajes, el cabello lo tenían sujeto con una cinta que tenía un moñito encima de la cabeza, pero los cabellos sueltos y flotando al compás de la música. Las piernas con calzas enterizas de color blanco, muy pegaditas al cuerpo, como si formaran una segunda piel, los pies calzados con finas zapatillas de seda, cuya planta y punta estaban protegidas de una fina gamuza teñida de blanco. Los brazos estaban desnudos desde el fin de la manguita, inferior a tres cuartos, abollonada desde el hombro y que termina en una cinta que ajustaba al brazo, las manos protegidas por guantes blancos muy pegaditos a la piel y aparentemente de seda virgen de color blanco impecable.

 

La más grande de las bailarinas tenía una nariz fina, el pelo negro, los ojos negros, los labios rojos, las pestañas enmarcaban unos ojos bellos y toda ella emanaba dulzura en sus movimientos, las otras dos de menor tamaño, tenían una diferencia imperceptible, una de ellas de cabello castaño pero de piel trigueña, con unos ojos que danzaban al compás de la música y los labios en una señal de sonrisa tan encantadora que me quedé prendado de la misma. La otra bailarina tenía el cabello un poco más ondulado y de un castaño más claro, los ojos eran verdes, de un verde luminoso como esmeraldas y su nariz y pómulos dejaban ver una profusa sombra de pequitas que la adornaban y hacían juego con la finura de su naricita respingada y la picardía coqueta de su sonrisa.

 

Quedé prendado de esa visión y mientras escuchaba la música y observaba la coreografía exquisitamente seguida por las tres bailarinas me di cuenta que las mismas eran mis nietas, la más alta era María Laura, de las otras que tenían el mismo tamaño, la de las pequitas era María Lucia y la otra preciosura era Fabiana.

 

Cuando terminó la pieza musical, se inclinaron haciendo una venía profunda y una genuflexión de rodillas. Al momento de incorporarse me hicieron señas de saludo y me enviaron besos, a mi me quedó una sensación tan bella, indescriptible y permanecí pensando en las tres bellas nietas que tengo y recordé que poseo una cajita en el fondo del mar, con los aretes que perdió la luna y que yo conservo para ellas.

 

El plasma volvió a quedar en la penumbra y la luz verde difusa se apagó, suspendido en mis recuerdos por lo que vi y oí, con la duda de que ese espectáculo fue real o tan sólo una ensoñación mía, lo que sea, pero lo lindo es que por un momento las tuve a las tres nietas muy cerquita y bailando sólo para mí.

 

 

Miguel Aramayo

SCZ. 11-01-2010