Que increíble sensación.
Antes de llegar a tu casa, mucho antes, incluso uno o dos días antes, ya en mi mente comienza a urdirse situaciones, hechos, preparo momentos, secuencias de hechos, como armando una partitura para un concierto, como imaginándome lo que será una escena en una novela, o cómo será la secuencia de hechos en una película, siento como que alguien dice: “cámara, acción” y corre la cinta filmando y de repente se escucha: “corten”. Inmediatamente después de eso los instrumentos adoptan otro tono suben una nota, cambial el “SOL” por “FA “,o por “SI mayor” y se escucha el golpeteo de la batuta sobre el atril, como indicando que se iniciará nuevamente la melodía, esta vez será el primer violín, seguido por el clarinete, aunque mucho más sensual, más seductor, suena el saxo. Los acordes siguen y aunque se mantiene el tono, el sonido sigue en “crescendo”, lo que se escucha es una fuga sostenida, un “alegro”, que hace que vibren, no sólo las cuerdas de los instrumentos, sino los sentidos, siento que mi pulso se acelera, mi corazón acompaña la melodía y mi pación, también va incrementando su acción.
Esto que expreso inocentemente, como si yo fuera un compositor, o como si yo fuera un escritor que está preparando una obra de teatro o una película, es lo que en la realidad siento. Siento, siendo tan sólo un hombre que prepara las situaciones, mejor dicho los acontecimientos de algo que se desarrollará a capela, improvisado, porque el momento que me encuentro a tu lado, todo lo preparado, todo lo pensado, todo lo ideado, toma un rumbo que quizá lleve parte de lo pensado, pero que se desarrolla de acuerdo a las circunstancias, las caricias fluyen, los besos toman su ritmo, su intensidad, su devenir. Nada de lo preparado con anterioridad se cumple, todo sale improvisado, todo nace del alma y conforme sucede, el ambiente se adecúa.
Tu piel y mi piel, nuestros sentimientos, son los protagonistas de esta sinfonía, son ellos los que a toda velocidad redactan una partitura, asignan tonos y fuerza a los instrumentos, la batuta, no está en manos de un director, no. La batuta, la manejan nuestras almas, almas que al unísono se convierten en una sola cosa, en un solo mandante de la sinfonía que ejecutan nuestras almas, complementando la melodía, bajando o subiendo los tonos, aumentando o disminuyendo la intensidad de los acordes, pero desarrollando una bella melodía, una bella melodía de amor.
Los actores de esa obra, somos dos, dos que no requerimos de un director escénico, ni de tramoya, tampoco el escenario es importante, los telones suben y bajan conforme a nuestro deseo, a nuestro ímpetu. La luz, su intensidad, su tonalidad, su brillantez, no son manejadas por técnicos que tienen su control, lo mismo que la música de fondo y los demás efectos especiales, todo lo controlamos nosotros, mejor dicho, todo lo controla nuestro ímpetu, nuestra pasión, nuestro deseo y llega el momento culminante, cuando hemos puesto todo de nosotros y nos poseemos mutuamente y en realidad nuestro entorno es muy chico, no necesitamos gran cantidad de instrumentos, ni de telones, ni de efectos especiales, todo eso lo tenemos dentro de nosotros. Todo lo iniciamos con un simple beso o quizá menos, con el sólo roce de nuestros cuerpos, lo demás es obra, no de nosotros, sino del ser superior que comanda nuestros actos, aunque incluso en eso pienso que Él, deja que actuemos a nuestro libre albedrio.
Llegamos al éxtasis, tocamos el cielo y pese a lo inmenso de nuestros deseos, y haber ascendido al infinito, la bajada a la realidad es lenta y concluye con un gran abrazo, la desaceleración de nuestros pulsos y el palpitar tenue de nuestros corazones. Quedamos inmersos en nosotros mismos y nos une un largo y cálido abrazo, nuestros cuerpos quedan electrificados, nuestra piel húmeda por el esfuerzo realizado y nuestro respirar es profundo y pausado, nuestros labios están húmedos de tantos besos, de tanta pasión, de tan sólo amor, amor y deseo, deseo y amor indescriptibles.
Miguel Aramayo
SCZ 16-02-2010
