Una monjita en mi vida.
Como siempre a mí me suceden cosas extrañas, lo que ahora comparto con ustedes es una historia que me pasó hace mucho tiempo atrás cuando estaba viviendo en Italia, en un pueblito del norte, muy próximo a los Apeninos septentrionales, al sur de los Alpes, para ser más exacto el Trentino – Tirol del sur, que está muy cerca de Austria y Suiza. Después de que termino la segunda guerra mundial y la pobre Europa era todavía una piltrafa.
Como siempre que ocurren desastres tan grandes, el hombre se resigna a lo sucedido y se pone más laborioso y se resigna a lo sucedido tratando de reconstruir su bienestar y el bienestar de todo su entorno. Estaba con algo más de 45 años, ya mis hijos estaban en universidad, lejos de la casa, por suerte ambos en Inglaterra, lo cual me tranquilizaba porque los sabia unidos y labrando su futuro, que al final de cuentas también es el futuro de los padres, porque es una forma de sentirse confortable por haber logrado participar en la formación de los chicos, que al ser profesionales ya tienen el futuro asegurado y es un anticipo de herencia.
Mi mujer como siempre acompañando a los hijos, porque al final de cuentas por su forma de ser nunca sentirá que ya son hombres, ella los sigue viendo unos chiquillos indefensos que requieren de su apoyo y su cuidado.
Saltándome un poco de la historia. Cuando yo era más joven y está estudiando en el seminario de los Salesianos en un pueblito próximo a Cerdeña, conocí a una mucha que era un primor, en ese entonces ambos estábamos saliendo de la pubertad y entrando a la adolescencia, cuando los sueños tienen más valor que la realidad y las hormonas estaban en ebullición, ambos estábamos estudiando para dedicar nuestras vidas a al señor, pero nuestros instintos nos jugaron una mala pasada, quedamos prendados mutuamente, no sabíamos que era amor, pero en nuestro interior peleábamos contra lo que sabíamos que podía convertirse en pecado, pero al mismo tiempo dejábamos fluir nuestras miradas, sonrisas y guiños y como estábamos en congregaciones afines, ella internada en el convento de las Siervas de María y yo con los Salesianos. Nos encontrábamos en la iglesia, ambos vestíamos sotana, ella el hábito de las novicias y el de los seminaristas, algunas veces me tocaba estar de monaguillo ayudando a la misa y ella recogía las limosnas, o estaba en el coro acompañando con canticos la liturgia. Cuando nuestras miradas se encontraban, procurábamos no desprendernos la vista y quedábamos embelesados el uno del otro.
Algunas veces podíamos cursar un saludo y muy contadas veces podíamos cruzar una palabra, pero la disciplina que aplicaban en nosotros los sacerdotes y en ellas las monjas, nunca nos daban oportunidad de poder avanzar algo más. Pero como siempre se puede presentar una oportunidad, un día nos tocó a ambos cumplir recados que hicieron que nos juntáramos en la sacristía, yo tenía que cambiar de vino y agua a las alcuzas y pone en orden los cantorales y ella llevaba los utensilios, estolas y manteles limpios. No había nadie a nuestro alrededor y suspendidos en el aire y en un solo temblor nos agarramos de las manos y nos besamos en los labios, en un beso febril, que quizá duró una fracción de tiempo, tiempo que me pareció la eternidad. Nos separamos del beso y rojos como tomates salimos de la sacristía, ella volando hacia el convento de las monjas, yo me arrodille junto a la estatua de Domingo Sabio para pedir perdón por mi exabrupto.
Ese día no pude hacer nada más todo el tiempo estuve como embelesado, con la cabeza hueca y el corazón henchido, no pude comer y dormir me costó un montón, por más que rezara y tratara de apartar mis labios de los suyos, retornaba nuevamente a esa ensoñación. Pasaron muchos días hasta que nos volvimos a ver y si hubiera sido por nosotros, con seguridad que hubiéramos corrido para volvernos a bezar. Desde ese día los dos sabíamos que estábamos buscando la oportunidad de volver a encontrarnos, pero no fue posible.
Han transcurrido casi treinta años desde ese momento y estando sólo me tocó que me tenían que hacer una intervención quirúrgica, estaba en una sala esperando que me pasen al quirófano y entra una persona a la habitación, era ella, una bella monjita, que pese a los años todavía conservaba ese rostro lozano, bello, que irradiaba paz y amor, amor paz, con unos ojos verdes que impresionaban que tenían más fulgor que las gemas de esmeralda, con una mirada intensa.
Me reconoció y se quedó petrificada, lo mismo que yo, no supimos que hacer, pero nuestras manos se buscaron y quedamos agarrados con tal fuerza que pensé que me levantaría levitando, el temblor de su pulso y la calidez de su piel se adentraron en mí y nuestros ojos se quedaron fijos como escudriñando el interior de nuestras almas, yo no tenía ninguna obligación religiosa coactiva, ella sí pero no se resistió y beso con tal intensidad que quedé suspendido en el aire, no sé por cuánto tiempo, pero cuando volví a la realidad, la monjita ya no estaba conmigo y nunca más la volví a ver hasta el día de hoy.
No sé si lo que les cuento es una realidad o simplemente un sueño, un sueño fugas.
Miguel Aramayo
SCZ. 01-08-2014
