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Brigitte Bardot.

8 Sep

Brigitte Bardot.

Brigitte Bardot.

 

Como todo viernes, ultimo día hábil de mes, llegué a mi departamento cansado. Abrí la ventana del balconcito y se respiraba una brisa agradable con la fragancia del rio, el crepúsculo, ya casi por finalizar, teñía el cielo con sus matices de negro, con aspecto de suave terciopelo, pero todavía se veían fulgores de lo que había sido el sol de ese día. La temperatura estaba más o menos en unos 28 grados centígrados. Observé las luces de París y la iluminación de la torre Eiffel, se escuchaba el rumor de voces, música, motores y sirenas, pero era algo normal de ciudades como esa.

 

Calenté unos canapeses, seis, a dos les puse caviar, a dos queso roquefort y dos con pate (foie-gras), corte unos pedacitos de queso gruyer y unas lonjitas de jamón serrano, todo esto en un platillo y busqué en mi barcito que tomar. Tenía Gancia, Vermut Miró y Whisky escocés, por su vivo color rojo y su fragancia que hacían juego con la tristeza, tristeza que me acompaña casi un mes, elegí vermut, la botella estaba sellada, la destapé y me serví una copa colmada y saboreando a tragos cortos, vertí todo su contenido en mi gargüero. Mis papilas quedaron sensibles, mi olfato percibió el dulzor aromático  de algo elaborado con la perfecta combinación de hierbas aromáticas totalmente naturales, con una maceración marcada y elegante, ligeramente balsámico. Sutilmente dulce con un ligero toque amargo, muy sedoso.

 

En la mesita en la sala puse el platito con la picadita, mi copa y la botella de vermut, me serví una segunda copa y antes de sentarme puse música, un CD de Paul Mauriat y  comencé escuchando “La Goualante du pauvre Jean” y muchas otras canciones de Francia, cerré los ojos y mientras tarareaba las canciones, consumía el picadito y el vermut.

 

Terminé toda la picadita, sólo quedó el untado y no sé cuántas copas de vermut me tomé sin darme cuenta. Estando elevado en ese estado, creyendo que estaba dormido sentí que alguien se sentaba en mis piernas, me acariciaba con ternura y me besaba delicadamente, de repente en mi inconciencia me di cuenta que quien estaba sentada en mis piernas era nada menos que Brigitte Bardot, aunque no me crean, tenía un poquito más de treinta y cinco años y yo estaba más o menos por los veinticinco, pero no se notaba la diferencia de edad. Brigitte me dice:

 

–Que haces tomando solo, salgamos.

 

Tomándome de la mano me lleva hacia la puerta, cerramos el departamento y salimos a París, llamamos un taxi y nos dirigimos a «Chez Jeannette”, ubicado en el barrio de Faubourg Saint-Denis. Un ambiente acogedor, buena música y gran decoración interior. Llegamos cuando estaba lleno de velas, convertido en el lugar ideal para charlar, e incluso con un rinconcito para bailar. Pedimos una botella de champagne y comenzamos a charlar.

 

–¿Qué opinas del amor?. Así es como Brigitte arranca la conversación.

 

– A mí criterio, es tanto y son tantos los que han escrito al amor, que debería ser un tema agotado, tema al que nadie más le quisiera escribir, porque aparentemente todo está dicho, dicho de todas las formas, en todos los estilos, en todos los idiomas, pero sin embargo se le sigue escribiendo, se le sigue cantando, se lo sigue estudiando, se lo sigue explotando en la literatura, la música, la pintura, la medicina, la religión. Es una beta inagotable. Por lo tanto es complicado y largo poder describirlo. –¿y qué significa para vos?

 

–Para mí es algo que puede iniciarse muy rápido y ser fugaz en el tiempo, pero a su vez puede ser algo duradero, pero también es algo engañoso, porque te pueden hacer creer y te puedes ilusionar y el sinvergüenza luego se va de un momento a otro, después de haber consumido el néctar de tus labios y la savia de tu corazón, yo prefiero estar prevenida.

 

Nos terminamos la botella de champagne, hablando de temas similares, cuando la música estaba romántica bailábamos, bien apegaditos y sentía su respiración en mis cachetes y sus brazos bien prendidos a mí, lo mismo que los míos a su cuerpo, pero por el alcohol, o el amor, nos sentíamos flotar. Al salir saludamos a unos amigos, en una mesa estaba Jean-Paul Belmondo con una bella rubia y en otra mesa, Alain Delon con varios amigos.

 

Decidimos irnos a mi departamento y tomamos un taxi, el que nos dio una gran vuelta, nos dimos cuenta, pero como no teníamos intenciones de discutir y la brisa nos hacía bien aceptamos. Pagué la carrera y subimos al departamento.

 

Como diría un poeta: Se apagaron los faroles y se encendieron los grillos. En las últimas esquinas toqué sus pechos dormidos, y se me abrieron de pronto como ramos de jacintos”. “Yo me quité la corbata. Ella se quitó el vestido. Yo el cinturón con revólver. Ella sus cuatro corpiños. Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino, ni los cristales con luna relumbran con ese  brillo”. ”Aquella noche corrí el mejor de los caminos,…”.

 

Desperté bien avanzada la mañana, todavía flotaban por el aire, las sabanas y las cortinas, estábamos vestidos con los trajes que Dios nos confeccionó para cuando vivíamos en el Edén, ella dormía con los brazos extendidos y su cabellera tapaba su rostro. Me levanté procurando no mover ni el aire y me dirigí a la heladera, me tomé medio litro de agua mineral con gas, después de lo cual recobré algo de conciencia y vi que en la mesita del comedor habían dos copas y una botella de champagne “Pol Roger”, casi por el final. Desde la puerta de entrada era un solo tendal de ropa de ambos sexos, junto al teléfono un zapato de tacos y junto al aparato de música mis mocasines.

 

Sigilosamente me dirigí al baño y me di una ducha, primero de agua fría, para reaccionar de ese sopor y luego agua tibia, me lavé los dientes, me afeité y después de secarme me puse crema y loción y me dirigí nuevamente al dormitorio para ver si podía dormir un poco más. Me eché y en abrir y cerrar de ojos nuevamente estaba durmiendo, pero en mis sueños nuevamente vi a Brigitte.

 

No sé cuánto tiempo pasó hasta que me despertó el peso de un brazo que estaba sobre mi pecho y achicaba mi respiración, desperté y gran sorpresa, no era Brigitte, era mi amiga que aprovechando del fin de semana y que me extrañaba, se vinó a París y como ella tiene la llave del departamento entró y al encontrarme profundamente dormido en el sillón, se preocupó. Sentándose en mis piernas comenzó a acariciarme hasta que yo aparentemente desperté y en vez de reconocerla le dije:

 

–Brigitte, que suerte que estás conmigo.

 

Ella me siguió el apunte y sucedió todo lo que les conté, ella aprovechó mi confusión y se entusiasmó, también haciéndose la ilusión de que yo era Alain Delon y por lo tanto esa noche filmamos una película de amor, algo mejor que lo que describe el librito de “las cincuentas sombras de Grey”, de la autora británica E. L. James.

 

Ese día, sábado, nos quedamos más tiempo donde nos despertamos y sólo nos alimentamos de frutas y agua, casi no hablamos, estuvimos despiertos y en silencio o durmiendo la guerra de la noche del viernes amaneciendo sábado. En la noche tomamos leche caliente y unos sándwiches que preparé. Ordenamos el departamento, limpiamos todo lo sucio y tiramos a la basura los desperdicios, una vez que dejamos todo brillando y la cama tendida, nos entregamos en brazos de Morfeo, hasta el domingo muy temprano. Ese día lo dedicamos a pasear por París, almorzar y luego ir al aeropuerto para que ella, mi amiga, retorne a su hogar.

 

 

Miguel Aramayo.

SCZ. 29-08-2014