El agua y la vida.
La vida es como un manantial, fluye y transcurre sin apuros, su devenir es constante y más o menos uniforme, no sale a borbotones y tampoco es torrentoso como un rio, pero la tranquilidad con que transcurre, es constante y benéfica para la naturaleza. Si el lugar de donde fluye es pedregoso, inclusive se llena de musgo, de liquen que va cubriendo las piedras, como formando un manto que las protege. El tiempo puede ser lluvioso o seco, eso no le afecta al manantial, el sigue brotando sin apuro, con la misma calma a la que está acostumbrado todos los días. Si el cielo esta soleado o nublado, el manantial mantienen su ritmo y su temperatura, siembre el agua que brinda está más o menos igual y lo más hermoso que tiene es su sabor. La naturaleza le permite filtrar el agua de tal manera, que su calidad es la ideal para los humanos y para los animales que hacen uso de él, para saciar su sed.
Un manantial o naciente es una fuente natural de agua que brota de la tierra o entre las rocas. Puede ser permanente o temporal. Se origina en la filtración de agua, de lluvia o de nieve, que penetra en un área y emerge en otra de menor altitud, donde el agua no está confinada en un conducto impermeable. Puede ser efímero (intermitente), perenne (continuo) o artesiano. Los pozos artesianos son manantiales artificiales, provocados por el hombre, mediante una perforación a gran profundidad y en la que la presión del agua es tal que la hace emerger en la superficie. Puede formar un estanque o arroyo. Las aguas termales, así como los géiseres, también son manantiales.
Los antiguos griegos y romanos rendían culto a las fuentes naturales, las cuales generalmente eran consagradas a un dios o a una diosa. El famoso manantial de las termas romanas de Bath, en el sudoeste de Gran Bretaña, fue consagrado por los romanos a Minerva, diosa de la sabiduría y de la guerra. Las fuentes ornamentales, solían evocar ese carácter sagrado de los manantiales mediante formaciones escultóricas que representaban a las antiguas deidades del agua.
La vinculación del agua a la concesión de los deseos tiene su por qué. Según los Vedas, libros sagrados del hinduismo, en el origen de los tiempos no existía nada más que una enorme extensión de agua sin luz. De su seno surgieron todas las cosas, la creación entera. El agua es, por tanto, el primer elemento, el origen creador de todo lo que existe. Esta creencia es compartida por otras tradiciones, como la judía y la cristiana, de manera que el agua, como elemento primordial, es la matriz de la creación: lo contiene todo y, por eso mismo, puede concederlo todo. En la Antigüedad cada manantial estaba consagrado a una deidad que reinaba sobre sus aguas, y a ella se entregaban las ofrendas y se pedían los deseos. Para la mitología griega, eran sobre todo las ninfas quienes dominaban el agua dulce, y resultaban pródigas, aunque caprichosas, a la hora de satisfacer las peticiones de los mortales.
Salud, dinero y amor son los tres factores que, según el tópico, resumen los principales deseos humanos. El primero es, efectivamente, la salud, ya que sin ella malamente se puede disfrutar de los otros dos.
Los mayas que edificaron la bellísima ciudad de Chichén Itzá, en la península de Yucatán (México), conocían bien el sagrado comercio de los deseos en el agua. De hecho, la palabra itzá significa brujo del agua, y chichén, boca del pozo, de manera que el nombre de la ciudad significa la boca del pozo del brujo del agua.
En virtud de la costumbre de dar ofrendas a cambio de favores, toda fuente es un potencial pozo de los deseos, y resulta difícil recorrer cualquier ciudad del mundo sin encontrar alguna en cuyo fondo centellee el brillo de las monedas… aunque se trate de la fuente decorativa de un moderno centro comercial.
El claustro de los monasterios representa el Paraíso. Por eso se sitúa en su centro un pozo o fuente, que simboliza la Fuente de la Juventud, cuya agua mística otorga vida y eterna lozanía a quien la bebe. En ocasiones el claustro está orientado de tal forma que, partiendo del punto central del pozo, los cuatro caminos que conducen a las galerías remedan los cuatro ríos del Paraíso terrenal y señalan los puntos cardinales.
La fuente de Aretusa, remedio para los amores imposibles Disfrutar de un amor correspondido es un deseo generalizado y, en ocasiones, difícil de conseguir. En la isla de Sicilia existe una antiquísima fuente especializada en este objetivo. Según narra la mitología, Aretusa era una preciosa ninfa al servicio de la diosa Artemisa. Un día la vio Alfeo, un cazador que andaba por los campos, y se enamoró perdidamente de ella. Pero Aretusa no le correspondía y sufría la persecución amorosa del pretendiente como un tormento. Para salvarla de tan incómoda situación, la diosa Artemisa decidió enviarla lejos: convirtió a la ninfa en un caudaloso manantial que brotaba en la lejana isla de Ortigia. Alfeo no se desanimó por tan poca cosa. Dispuesto a seguir a su amada como fuera, el cazador decidió convertirse en río subterráneo para atravesar el Peloponeso, donde habitaba, y emerger en el mar Jónico, que baña las playas de Siracusa, mezclando allí sus aguas con las dulces aguas de su amada Aretusa. Parece que, entonces sí, la ninfa aceptó el acuático abrazo. La fuente se ha convertido en el pozo de los deseos de quienes tienen amores imposibles, que arrojan su moneda al agua de Aretusa para que se hagan realidad.
Miguel Aramayo
SCZ. 14-02-2015
