La santidad obligatoria.
En sus tantos viajes, llegó a conocer a un viejito griego, que según él, era un viejo lobo de mar, que se conocía el Egeo como la palma de su mano, incluso islas deshabitadas que no figuran en los mapas, por lo menos en los mapas de turismo.
Le contó, que cuando la segunda guerra, colaboró con unas monjitas, para evacuar a unos judíos. Lograron pasar todos los controles y en alta mar, pudieron desembarcar a los fugitivos en un barco norteamericano, quienes además de recibir a los refugiados, les proporcionaron las provisiones para regresar hasta Atenas.
Les toco una gran tormenta y naufragaron muy cerca de una isla que él conocía, era una isla deshabitada, pero lo más importante era que el sabia donde encontrar agua dulce y cobijo para protegerse de la lluvia, el frio y las nevadas en invierno, sus compañeras eran dos monjitas muy jóvenes, una de ellas incluso era novicia y no pasaba de los 21 años, su compañera ya era monja consagrada, de más o menos unos 28 años.
En ese entonces, el lobo de mar no tenía más de 24 años, se mantenía soltero, pero como buen marinero, poseía un amor en cada puerto, pero por la educación que había recibido de su madre, que era extremadamente religiosa, él profesaba el catolicismo, que mostraba a flor de piel y por lo tanto acompañaba a las monjitas en todas sus oraciones y devociones, lo cual no le molestaba y lo hacía con mucho agrado, más que todo rogando a todos los santos, para que los encuentren para poderlos evacuar.
En el naufragio el pudo recuperar toda la ayuda que habían recibido de los militares americanos, lo cual les daba la posibilidad de tener una subsistencia por algún tiempo. Cuidaron estas provisiones y con mucha minuciosidad la monja de más edad clasifico sus pertenencias y estableció un régimen de raciones, pensando en que la ayuda tardaría mucho en llegar.
Pasaban los días y las monjas se dedicaban únicamente a rezar, mientras que él se dedicó a caminar por la isla, en la que ya había estado algunas veces, para pernoctar o escapando de tormentas. Ubico el manantial de agua dulce, estableció el lugar donde deberían utilizar como escusado, de manera de no contaminar y tener la privacidad suficiente para evacuar. Consiguió una cueva que con muy poco trabajo logró adecuarla para hacer su morada, dejando un espacio para que duerman las monjas y un espacio para que duerma él. La despensa, la cocina y la sala de estar.
Las monjas todo el tiempo estaban sobre ascuas, pensando ¿en que momento se despertaba el libido de su compañero de infortunios? y les faltaba el respeto, pero el marinero por la forma en que fue educado por su madre, nunca aprovecho de esta situación y respeto a las dos monjitas, y mucho más a la novicia, a quien algunas veces miraba con codicia.
Pasaron muchos días, meses y quizá algo más de un año, hasta que fueron rescatados por una embarcación militar italiana. Durante ese tiempo, el marinero se portó todo un caballero con las dos monjas, las cuido, las alimento, las consoló y las respeto, conservando los tres su castidad, haciendo mérito al celibato. Cuando llegaron a Atenas el marinero las llevo a la casa de su madre y le brindo todo el apoyo para que se movilicen a su convento. La noche antes a la despedida, la novicia no resistió la tentación y le dio un beso apasionado al marinero y mando al diablo la castidad y el celibato y se quedó a vivir como la esposa del marinero.
Miguel Aramayo.
SCZ. 16-03-2015
