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Caminando por Paris.

3 May

Caminando por Paris.

Era un día poco cálido de fines del mes de abril. Eran aproximadamente las nueve la mañana, había salido con la idea de caminar un poco y después tomar el desayuno. El tiempo era bastante nublado, pero más que nublado, estaba con una espesa neblina. Para descansar, me apoyé en la baranda, baranda que delimita un puente sobre el canal Saint Martin. Desde allá me quedé mirando una pasarela, que está más o menos a doscientos metros de donde estoy, en esa pasarela, también hay gente, gente sin hacer nada o sin nada que hacer, como estoy yo. Ellos me observan a mí y yo los veo en la lejanía, sin distinguirlos, apreciando simplemente su silueta.

 

Estoy ensimismado en mis pensamientos, mejor dicho estoy sin pensar en nada, simplemente observando, la naturaleza y como parte de la naturaleza, la gente que deambula por las obras que hizo el hombre, para protegerse, como el caso de la baranda del puente y la pasarela sobre el puente. Los árboles que orillan el canal, aparentemente no tienen hojas, aunque mirando con detenimiento y paciencia, ya asoman algunos brotes de un verde tenue, un verde casi agua.

 

Vuelve a mi mente la muchacha del cuento de Dostoievski, Noches Blancas, cuando el que sería su amigo se le acerca y ella cruza la casada, para evitarlo, antes de que el borrachito la persiga y el que sería su amigo, la salve de esa situación embarazosa y que sirvió para que traben amistad. Recuerdo ese cuento, porque en este momento estoy solo, sólo con mi soledad, pero sin ninguna pena de estar así, porque ya lo expresé en muchas oportunidades: Estar solo es bueno, porque uno elige con quien estar, por lo menos en sus pensamientos, porque además, uno selecciona donde estar y hasta cómo estar. Me mantuve en ese estado de casi meditación, ¿por no sé qué tiempo?, porque ¡no me interesa el tiempo que transcurre!, porque el tiempo es implacable y contra él no se puede hacer nada y menos cuando lo estás “perdiendo”, como  lo estaba haciendo yo en ese momento.

 

Después sigo caminando hacia Montmartre, que es el lugar de Paris, por donde más me gusta pasear, porque además de hacer ejercicios, mi mente puede distraerse con los edificios, cafés y con la gente que transita por esos lugares y la gente que vive y sobrevive allí; de los cuales, muchos de ellos ya son mis amigos o por lo menos intercambiamos sonrisas y algunas veces saludos y con los más asiduos algunas palabras. Me quedo observando la Mainson Eymonaud. Cerca de la Rue Lepic y la calle Constanza, una casa de estilo neogótico construida en 1882, más conocido como hotel Escalopier, cerca del cementerio de Montmartre.

 

Sigo caminando por villa Léandre, una calle romántica, con adoquines en la calzada y también en la vereda y las casas muy familiares, la mayoría de entre dos y tres pisos, algunas con buhardillas. Es agradable caminar por esa calle, porque hay muchas casa que tienen enredaderas de madreselva y a esa hora de la mañana, con la calzada humedecida por el rocío que deja la neblina, se siente el olor de las flores, ésta es la parte que más me gusta de Paris. Llegó al “Café des 2 Moulins” y en la primera mesa libre me siento a tomar el desayuno, con lo cual cumplo el motivo principal de mi paseo.

 

 

Miguel Aramayo

SCZ- 03-05-2015