Una mujer excepcional.
Tuvo la mala suerte de perder a su madre a muy corta edad, tan corta que no guarda ningún recuerdo vivido de ella, lo que sabe es simplemente de referencias. Se crio con un padre muy cariñoso con sus hijos, pero totalmente dedicado a él mismo. Su infancia la paso siguiendo los pasos del padre, sus amigos y parientes, disfrutando la vida del campo y los quehaceres de su padre, ¡cazar…!, ¡pescar…! y medio atender la propiedad donde vivían, y las otras propiedades que poseía.
Se casó muy joven, con un hombre que desde que la vio, vivió enamorado de ella, que fue ¡la única…! ¡Su gran amada! Ella también lo quiso y, estoy totalmente seguro, que lo sigue queriendo, con esa pación ciega, disimulada por las obligaciones sociales, pero lo poquito que sé de su romance, estoy seguro que se puede escribir una novela. Lo atendía al pensamiento y lo amaba de la misma manera, además cumplía sus órdenes a la primera llamada, pero nunca fue sumisa, ella supo conservar su orgullo, el orgullo que heredo de sus ancestros.
Como madre, pienso que más que eso, ella fue y sigue siendo amiga de sus hijos, tres mujeres y un hombre; para todos ellos su sola palabra es orden y orden que se debe cumplir inmediatamente, pero no con lamentaciones o enojos, ¡no!, lo que ella dice como simple palabra debe ser cumplida, porque ella tiene un don de mando, que con casi seguridad es algo que le transmitió su padre, que en forma muy educada y parsimonioso mandaba sin decir ¡por favor…!.
Han pasado muchos años desde que despidió a su marido, el mismo que en su lecho de enfermo y antes de partir, mucho antes de partir a la eternidad, incluso mucho antes, cuando inicio un largo recorrido por una enfermedad perniciosa, que borra poco a poco los recuerdos, pero él no supo decir otra palabra que no sea ¡Sarita…, Sarita…! Y cuando tenía que dar alguna orden de sus labios expelía un silbo que en su acuerdo amoroso era entendido por ella hasta en el bullicio más extremo: ¡Negrita…!, ella escuchaba ese silbo, aunque estuviera muy lejos, incluso si estaba dormida, ese sonido la despertaba.
Desde la partida de su esposo, ella afronto la responsabilidad de mantener el patrimonio consolidarlo, siempre mirando al futuro. Ahora que cumple noventa años, de una vida llena de historias, buenas y malas, pero siempre con la cara hacia el frente siempre con la mirada en el futuro, tratando a todos como iguales, nunca sintiéndose más, ni menos, con el respeto que ella heredo, no sólo de su padre, sino de su convivencia de algo parecido a sesenta años de matrimonio, siempre con la frente en alto y sin que nadie pueda decir: ¡Un pero…!
Somos muchos los que la apreciamos, la queremos y la tenemos como ejemplo, un ejemplo vivo, que día que pasa nos muestra lo que debemos hacer, sin hacer aspavientos, sin alabanzas sin poses falsa, integra como es ella y como muchos que la queremos, quisiéramos seguir y pretender que su estirpe se mantenga en sus hijos, nietos y bisnietos.
Esto que acabo de escribir, salió desde lo más profundo de mi corazón y puedo decir sin ningún temor, ¡al contrario…!, con orgullo, que la firma está regada de lágrimas, porque ella para mí es como mi madre. Hace algo más de cincuenta años que la conozco y en todo ese tiempo, el cariño a ella se fue incrementando y sólo tengo buenos recuerdos y grandes ejemplos.
Miguel Aramayo
SCZ.02-08-2015.
