Se subió a una nube.
Un hombre que aparentaba ser muy tranquilo y muy conservador en su forma de ser, resultó ser un soñador, alguien que estaba más en las nubes que en la propia tierra, era un hombre con un carácter, que aparentaba menos edad que la edad que realmente tenia. Quizá en términos físicos, existía una correlación entre la edad y el aspecto físico, pero si se le escuchaba una conversación sin mirarlo, daba la impresión de alguien mucho más joven, incluso la voz tenía un timbre de menor edad.
Las historias que contaba esa persona, hacían pensar y por más que no fueran reales, las relataba de tal manera, que si contaba algo de antaño, te retrotraía en el tiempo y en el espacio, porque lo mismo hablaba de Suiza, como de Italia, de Estambul, Grecia, África o Rusia. Pero algunas veces sus historias, se situaban hasta en más de cuatro mil años, a dos mil años o después de la segunda guerra mundial, no tenía noción exacta ni del tiempo, ni del espacio, pero igual mantenía atento a su auditorio.
Eran tan amenos sus relatos, que cualquiera podría perder la noción del tiempo y escucharlo, hasta que era él, él quien interrumpía la charla, porque estaba cansado, cosa muy extraña o tenía otra cosa que hacer. En esos casos, era muy hábil para zafarse de la atención de su auditorio y emprendía raudamente su extraño caminar.
Algunas de sus historia eran de suspenso, de un suspenso que no era terror, sino simplemente, que quienes lo escuchaban quedaban suspendidos en la misma nube en la que él estaba subido y escuchaban atentos, hasta que él llegue al epilogo de su fantasía o de su realidad. El suspenso podía ser una historia de amor, historia en la que la pareja de enamorados intercambiaban historias, poemas, pero también intercambiaban besos y abrazos y llegaban a la cúspide del cielo subidos entre las ramas de un árbol, que les permitía amarse hasta beber la última gota del elixir, que les bridaba Eros o Afrodita, sin mover ni una hoja del árbol y sin que los polluelos del nido de golondrinas, se enteren que en su habitad, habían seres que estaban amándose con la pasión más profunda.
En algunas ocasiones los relatos eran tan tristes, que su público suspiraba lo indecible, se estremecía hasta que sus cuerpos se erizaban y sus cabellos quedaban suspendidos en el aire, incluso lograba hacer que derramaran algunas lágrimas, sin que se sienta ningún sollozo, pero las mismas escurrían por sus mejillas hasta quedar suspendidas de sus mentones, haciendo que el tiempo y el espacio queden suspendidos en la nube, nube en la que estaba el cuentista y toda su audiencia.
Otras veces, sus historias eran tan cómicas, que quienes lo escuchaban se desternillaban de risa y quedaban con los cachetes adormecidos de tanto reír, con las barrigas con cansancio y hasta calambre de tanto reír. Si uno se pone a pensar en esas situaciones, quien no hubiera estado con el cuentista no se explicaría como tenía ese don.
Muchas veces me he puesto a pensar, si ese personaje no tiene una historia similar a la del poema de “Reír llorando”, poema de Juan de Dios Peza, que podría ser una vida paralela a la de Garrik, el gran actor de la Inglaterra, personaje del poema, quien dijo a un médico: “Nada me causa encanto ni atractivo; no me importan mi nombre ni mi suerte, en un eterno spleen muriendo vivo, y es mi única ilusión, la de la muerte”.
Miguel Aramayo
SCZ. 17-08-2015 Cumpleaños de mi cuñado José.
