Noches de invierno.
Muchas veces me he puesto a pensar, que necesito tiempo, tranquilidad y estar inspirado, para poder escribir, pero lo que quiero, ya nos cuentos ni viajes, quiero encontrar el tema, para desarrollar una trama y poder explayarme escribiendo páginas y páginas, que tengan contenido, que tengan sentido. Calculo que con unos dos meses sería suficiente, si por día pudiera escribir un promedio de diez hojas, al cabo de sesenta días tendría algo parecido a seiscientas hojas y sin ser optimista podían ser algo similar a trescientas hojas.
En este momento estoy leyendo una novela que titula: Noche de Invierno. Está escrita por un italiano que se llama: Valerio Massimo Manfredi, es un arqueólogo, académico especialista en la antigua Grecia y el Imperio romano, catedrático en varias universidades, que también escribió algunos guiones para cine y televisión, además de haber dirigido algunos documentales. Que me deja con el antojo de poder escribir algo asi.
La novela que estoy leyendo, me resultó muy agradable, porque me enseñó algo que no sabía con profundidad, la primer guerra mundial, lo que aprendí, es algo como si hubiera escuchado relatos de gente que participo en la misma, que muestra lo malo que es una guerra. Luego me interiorice de la vida cotidiana de una familia rustica, de gente del campo, que lo que más brinda es amor, amor de familia, respeto de familia y como va desarrollándose la vida desde cuando los hijos son jóvenes, regresando de la guerra que los curtió y los mantuvo separados. Y comienzan a casarse y la familia se va deteriorando y disgregando, hasta que se separa completamente y sólo quedan lazos de parentesco que se van diluyendo en el tiempo.
Aprendí también como nació el fascismo italiano, como un hombre puede arrastra a las masas, el Duce. La desgracia a la que puede llevar un hombre a una nación, hasta lograr destruirla haciendo que sus habitantes sean cada vez más pobres e incuben odio entre amigos y hermano, hasta lograr que se convierta en un pueblo nómada, un pueblo de emigrantes, emigrantes en busca de paz, de trabajo y sobre todo de ansias para satisfacer su hambre de comida y de paz.
Los que hemos cultivado la amistad de esos emigrantes italianos, que se asentaron y se quedaron para siempre en América, sabemos que hace más de setenta años, están aquí y algunos todavía mantienen el tono de italianos al hablar y siguen conversando moviendo las manos y alzando la voz, además de continuar con sus expresiones de alegría, de amor, de amistad.
Todas las telenovelas que he visto de la televisión brasilera y todas las películas que he visto, como las antiguas interpretadas por Sofía Loren y Marcelo Mastroianni, o las de la serie del Padrino, muestran el carácter de esa gente, gente que no sabe hablar en voz baja, que no saben amar en silencio y que cuando son amigos, son amigos de verdad, hasta la muerte de un sucha.
Me recuerda los tiempos cuando pasee por Italia: Roma, Sicilia, los Alpes, los Pirineos, Cerdeña y lo que más vívidamente tengo en mi mente, la Toscana (Pisa, Firenze, San Marino), sus paisajes su vino tinto, sus pastas, especialmente sus ravioles, con abundancia de queso parmesano y rellenos de espinaca, de aceitunas negras, acompañados de jamón serrano y rociado con un buen aceite de oliva.
El perfume de los trigales, cuando todavía están verdes y esa fragancia que me enseñaron a percibir y que sólo la gente del campo sabe cómo se olfatea en las tardes cuando el sol está en el ocaso. Ayer tarde yo cantaba mientras mi niña dormía y los almendros lloraban de la infinita alegría. Qué bonita que es mi niña, qué bonita cuando duerme: Se parece a una amapola entre los trigales verdes. Jugaban al escondite el sol con los limoneros. Los almendros se asomaban a su ventana y miraban por ver dormir a un lucero. (Francisco Garcia de Val).
Miguel Aramayo
SCZ. 22-08-2015
