Viajando para cambiar de panorama.
El clima está tan lindo en Europa en este momento, que quise salir de la rutina en que vivo en Francia. Decidí viajar a Suiza, para quedarme una semana en Brienz, una villa en medio de encantadoras montañas, en el extremo este del bonito lago del mismo nombre, con aguas de color turquesa. Es un lugar acogedor y punto de partida para excursiones a Oberland bernés, al museo al aire libre de Ballenberg, y también para Lucerna o Interlaken en los Alpes.
De toda Europa, Suiza es la ciudad en la que me puedo mover con mayor rapidez y confianza, siempre que mi amiga esté desocupada de sus actividades, que las puede manejar a su antojo, por el nivel jerárquico que tiene en la institución financiera donde trabaja. Para este viaje ella no me podía acompañar la semana completa, pero estaría conmigo a partir del jueves en la noche. Yo llegaría al aeropuerto de Zúrich, que está a 87 km de Brienz, allí me esperaría una persona en movilidad, para llevarme hasta una casita en medio de la villa, en una angosta callecita, con pintorescas casas que parecen de madera, algo muy reducido en tamaño, pero tan acogedora, que quedé encantado, tenía todas las comodidades, amoblada y decorada como una pintura.
Llegué al aeropuerto el martes por la mañana, alrededor de las 10:30 y había un joven que me esperaba con un letrero con mi nombre, me aproximé a él con mi equipaje. que era una pequeña maleta y lo saludé en francés y él me respondió en español, con un acento de argentino cordobés, con el inconfundible cantito. Quiso tomar mi equipaje y no le permití y cuando estuvimos en el parqueo me dijo:
–Mi auto es aquel BMW, de color verde botella.
Nos dirigimos al BMW color verde botella y puse la maleta en el asiento de atrás y me acomodé en el asiento de acompañante, él se sentó al volante y partimos.
–Tardaremos más o menos una hora y viajaremos apreciando el paisaje que es muy bonito entre montañas, hasta llegar a la villa. –Ya estuviste antes.
–No es la primera vez, mi amiga me la recomendó, mejor dicho hizo todo para alojarme, incluso la amabilidad de que me esperes en el aeropuerto, de lo cual me siento muy agradecido.
–No es nada, somos colegas de trabajo y la casita donde te quedaras es también de otra compañera de trabajo, que la heredo de sus padres y que la usa únicamente para prestar a los amigos. –Ella no la usa, porque dice que se pone triste, recordando de cuando era joven y sus padre vivían allá.
Llegamos, me dio las llaves y me hizo pasar, me mostró todos los ambientes, habilitó el gas para la cocina y el calefón, me indicó donde había leña para la chimenea y algo que me sorprendió, me mostró donde había tres bicicletas y la que yo podía usar. Me indicó como llegar a un supermercado. Después de esto se despidió, pero antes me mostró donde estaba el teléfono y que debía discar para comunicarme con él o con mi amiga.
Después de que se fue el cordobés, abrí mi maleta y acomodé todo lo que tenía dentro, una parte en el ropero y otra en baño, lo que correspondía a artículos de limpieza. Luego hablé por teléfono con mi amiga, agradeciendo tanta gentileza y partí al supermercado para abastecer la heladera, la bodega, los artículos de limpieza para la lavadora y la limpieza del menaje de cocina y la bajilla.
Después de regresar del supermercado y haber ordenado todo lo que compré y haber acomodado en su lugar la bicicleta, me puse un short y sandalias, porque el clima estaba para hacer eso y acomodé mi computador en una pequeña mesita, lo mismo que mi parlante portátil y verifiqué si funcionaba Internet, con lo cual quedé satisfecho, no me faltaba nada.
Antes de ponerme a leer me preparé unos bocaditos y un vaso de leche chocolatada, luego revise mi e-mail y respondí todo lo que tenía y seleccioné musica para poder escuchar mientras leía, porque era mi intención ese día no moverme a ningún lado y dejar divagar mi mente, distrayéndola simplemente con la lectura de “Eminencia” de “Morris West”, dejar mi cuerpo en reposo, acompañando el ritmo de mi mente. Así fue hasta que llegó la hora de ir a dormir, para lo cual el único alimento fue unos chocolates y un brandi.
El miércoles después del desayuno, algo muy liviano, saqué la bicicleta y me puse a dar vueltas por la villa, aproximándome al lago donde me quedaba sentado en algún lugar descansando las piernas y continuando con la lectura de mi libro, el mismo que llevaba en un bolso adosado a mi espalda, junto con mi celular, mis documentos y la billetera. Es un pueblo realmente lindo, tranquilo, tan tranquilo que me puedo imaginar que el cielo debe ser así. Debe tener como máximo tres mil habitantes, porque ocupa un espacio de aproximadamente 40 kilómetros cuadrados. Quizá los fines de semana tenga algo más de movimiento, pero los días de semana parece que la gente permanece en sus casas.
Busqué donde comer y encontré un restaurante de comida italiana, “Bino´s Pizzería”. Pedí una piza, una botella de vino de 250 cc. y un agua mineral. Mientras comía escuchaba musica italiana. Quedé satisfecho y soñoliento, por lo tanto me fui a dormir una siesta; de la cual desperté a las cuatro de la tarde. Preparé un café y me quedé leyendo hasta la hora de cenar, preparé unos espaguetis con crema, cuatro quesos y jamón crudo, además de un pan caliente con mantequilla y ajo.
Antes de dormir revisé mi correo, contesté todo lo que tenía pendiente y después haciendo uso del Skype me puse en contacto con mi amiga, que estaba muy ocupada con temas laborales y preparándose para dejar su trabajo el jueves después de las cinco de la tarde, de manera que podamos estar juntos hasta el domingo en la mañana, porque ella me llevaría al aeropuerto para retornar a Paris.
Me quedé leyendo hasta las quinientas y me dormí con la luz encendida y el libro en mi regazo, pero dormí tan bien que cuando recordé, eran las 8:45. Me quedé ronroneando y estirándome como si fuera un gato, uno de esos gatos adulado por alguna vieja. Después de asearme tomé un café con tostadas mantequilla, ordené el dormitorio, lavé todo lo que había utilizado en la cena y dejé todo muy ordenado y desodorizado. Saqué la bicicleta y me fui a pasear, para estirar las piernas y saborear el aire fresco de la mañana.
Mientras hacía eso mi mente divagaba recordando mis tiempos de niñez y de juventud. Me recordé de mis seres queridos, muy especialmente de mi madre, de mis abuelas, de mis amigos y de algunas de mis noviecitas, y me puse a reflexionar, que en ese sentido fueron pocas, me sobraban los dedos de la mano (de una mano) para contarlas, lo que si tuve muchas fueron amigas, algunas muy íntimas, a las que respeté profundamente y que me correspondieron de la misma manera.
Comí una hamburguesa en el supermercado, acompañado de una gaseosa y de postre un helado de crema y vainilla. En la tarde seguí paseando por los lugares donde no había estado antes y cuando se fue poniendo el sol detrás de las montañas y refrescó un poco más, me fui a la casa, para esperar a mi amiga que llegó más o menos a la 19:30. Después del consabido saludo, dejé que ella ordene su maletín, le abrí el garaje para que guarde su auto, un deportivo de dos asientos, no recuerdo la marca.
Salimos a cenar, pero lo hicimos caminando, porque el restaurante italiano estaba muy cerca, además queríais tomar unos vinos y conversar. Hacía mucho que no estábamos juntos y siempre tenemos mucho para charlar, de todo lo que hemos leído, de temas de trabajo y ahora del problema económico que está golpeando al mundo y la crisis suscitada por la inmigración abundante de africanos y musulmanes de los países en guerra.
Después de tomar dos botellas de vino y una copa de brandi para entrar en calor, porque la noche está fresca, retornamos a la casa tomados de la mano y casi en silencio, porque apuramos el paso y nuestra respiración era agitada y entrecortada por la frescura de la noche y los vapores del vino. Ni bien llegamos nos dimos una ducha de agua caliente, previamente prendimos la chimenea y acomodamos los edredones en la sala de estar, junto con unas colchas y todas las almohadas que encontramos. Disfrutamos del calor y nos quedamos dormidos en los brazos de Morfeo, no sin antes haberles pasado unas clases prácticas a Afrodita, Eros y Cupido. Nos quedamos durmiendo sin saber en qué momento se apagó la chimenea. Despertamos después de las nueve de la mañana, ordenamos todo y nos dispusimos a salir con simplemente unos vasos de leche chocolatada y unas tostadas con queso y mantequilla.
A partir de ese momento y los demás días, hasta el domingo en la mañana nos dedicamos al turismo, hicimos algunos recorridos en auto, en tren, fuimos a todos los lugares donde podíamos ir, comíamos donde nos tocaba, lo pasamos de maravilla. Después, cuando esté nuevamente en mi departamento de Paris, les haré llegar unas fotos.
Miguel Aramayo.
SCZ. 10-09-2014
