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Carlos Gardel.

12 Dic

Carlos Gardel.

No estoy seguro si el relato que haré, es un simple cuento o es una realidad, porque según tengo entendido, Carlos Romualdo Gardes, que no se sabe exactamente si es uruguayo (Tacuarembó) o francés (Toulouse), si nació entre el 1883 y 1887 o en 1890 y que falleció en un accidente aéreo en Colombia en junio de 1935, el día de San Juan. Sea como sea; fue, mejor dicho, es lo más grande en cuanto a voz y sentimiento del tango. Hijo de Marie Berthe Gardes, vivió la mayor parte de su existencia en Buenos Aires y se nacionalizo argentino en 1923. Estudio con los salesianos en el colegio Pio Nono y fue compañero de coro de Ceferino Namuncurá. Dentro de las anécdotas de su larga vida y corta existencia, me llamó la atención una: En una pelea en un local del barrio de “La Recoleta”, festejando su cumpleaños, un matón lo quiso matar y le disparó un tiro, cuya bala permaneció en su cuerpo y fue causa de conjeturas cuando le hicieron la autopsia después del accidente donde perdió la vida. El que disparo el tiro era el tío del que después fue famoso “Che Guevara”, los matones fueron: Roberto Guevara -el autor del disparo- y Moreno Gallegos Serna, probables matones del bajo mundo, Otra de sus anécdotas, es que lo metieron preso en Brasil, porque después de una de sus actuaciones se juntó con algunos delincuentes argentinos y él estaba indocumentado.

 

Me pasé un poco de tiempo contando la historia de Carlitos Gardel y esa no era mi intención. Yo quería contarles como un día de esos en mi vida, andando en Buenos Aires, me encontré con Carlitos Gardel, en la esquina de Florida y Viamonte. Estaba vestido con un traje gris con las solapas cruzadas, con un pañuelo en el bolsillo junto a la solapa izquierda, en cuyo ojal tenía un clavel rojo. La camisa de un blanco impecable y notoriamente de cuello, pechara y puños almidonados. Estaba peinado a la gomina y llevaba un sobrero de paño, ladeado a un lado. Caminaba en una forma muy compadrona y mostraba buen porte, haciendo resonar los tacones de sus zapatos de cuero de dos colores, aunque ya no pesaba los 120 kilos, que alguna vez tuvo que cargar, su andar era sonoro. Se lo veía muy bien, pese a no tener más de 1.70 metros de estatura, pero en ese momento seguramente pesaba algo así como unos 73 kilos.

 

Me miro con esa su sonrisa tan particular, que mostraba dos hileras de dientes muy parejos y un gesto cálido, sencillo y totalmente agradable. Me saludo así:

 

―Hola Flaco, que hacés por aquí.   

―Pero si sos el “Zorzal Criollo”, el “Morocho del Abasto”. Estoy paseando, en busca de completar la noche con algo interesante.

―En busca de una fija, de una mina o de encontrar amigos para acariciar la noche.

―Lo último, estaba con deseos de escuchar y ver bailar tango y posiblemente una milonga.

―Si es eso te invito a un boliche de la calle Corrientes y Leandro Alem, un lugarcito bohemio que se llama “El Viejo Almacén”.

 

Nos fuimos caminando, después de todo el recorrido hasta allá era corto, el tiempo estaba lindo, se sentía perfume de madreselvas, la brisa era fresca y el cielo mostraba el brillo de la luna y  las estrellas. Era una noche ideal para soñar escuchando musica y con suerte encontraríamos buena compañía y con seguridad que bailaría tangos, milongas y vals, y quien dice quizá un chamamé. Nos fuimos conversando sobre temas familiares, le contaba que mi madre y mi abuela son sus fanáticas aduladores y donde pueden se quedan escuchando sus tangos o tangos en general. Le digo:

 

―Al boliche donde vamos, debe ser famoso de hace mucho, porque lo nombran en un tango que es el que más le gusta a mi madre, titula Sentimiento gaucho. Música: Rafael Canaro / Francisco Canaro Letra: Juan Andrés Caruso. Dice así: En un viejo almacén del Paseo Colón donde van los que tienen perdida la fe, todo sucio, harapiento, una tarde encontré a un borracho sentado en oscuro rincón. Al mirarle sentí una profunda emoción porque en su alma un dolor secreto adiviné y, sentándome cerca, a su lado, le hablé, y él, entonces, me hizo esta cruel confesión. Ponga, amigo, atención. Sabe que es condición de varón el sufrir…  La mujer que yo quería con todo mi corazón se me ha ido con un hombre que la supo seducir y, aunque al irse mi alegría tras de ella se llevó, no quisiera verla nunca… Que en la vida sea feliz con el hombre que la tiene pa’ su bien… o qué sé yo. Porque todo aquel amor que por ella yo sentí lo cortó de un solo tajo con el filo’e su traición…  Pero inútil… No puedo, aunque quiera, olvidar el recuerdo de la que fue mi único amor. Para ella ha de ser como el trébol de olor que perfuma al que la vida le va a arrancar. Y, si acaso algún día quisiera volver a mi lado otra vez, yo la he de perdonar. Si por celos a un hombre se puede matar se perdona cuando habla muy fuerte el querer a cualquiera mujer. ―Buena memoria, para acordarse de la letra. Seguro que la pasaremos muy bien, claro que yo no fumo ni tomo, pero si vos quieres puedes hacer ambas cosas.―Si tomo algo será un champagne, fumar hace mucho que dejé y no me llama la atención, aunque alguna vez me sueño con un buen puro, de los propios de la Habana.

 

Llegamos al boliche y ahora sí ¡que no me creerán!, pero con quienes nos encontramos a la entrada, unas amigas de Carlitos, eran: Peggy, Mary, Betty y Julie. Se fueron a la mesa con nosotros y pedimos una botella de Don Perignon. Debíamos celebrar el encuentro y Carlitos nos deleitaría con algunos tangos.

 

Cuando le toco cantar le pedimos que cante “Uno”, música de Mariano Mores y letra de Enrique Santos Discépolo, que dice: Uno, busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias… Sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina… Uno va arrastrándose entre espinas y en su afán de dar su amor, sufre y se destroza hasta entender: que uno se ha quedao sin corazón… Precio de castigo que uno entrega por un beso que no llega a un amor que lo engañó… ¡Vacío ya de amar y de llorar tanta traición! ―Si yo tuviera el corazón…(¡El corazón que di!…) Si yo pudiera como ayer querer sin presentir… Es posible que a tus ojos que me gritan tu cariño los cerrara con mis besos… Sin pensar que eran como esos otros ojos, los perversos, los que hundieron mi vivir. Si yo tuviera el corazón… (¡El mismo que perdí!…) Si olvidara a la que ayer lo destrozó y… pudiera amarte… me abrazaría a tu ilusión para llorar tu amor… ―Pero, Dios, te trajo a mi destino sin pensar que ya es muy tarde y no sabré cómo quererte… Déjame que llore como aquel que sufre en vida la tortura de llorar su propia muerte… Pura como sos, habrías salvado mi esperanza con tu amor… Uno está tan solo en su dolor… Uno está tan ciego en su penar…. Pero un frío cruel que es peor que el odio -punto muerto de las almas- tumba horrenda de mi amor, ¡maldijo para siempre y me robó… toda ilusión!…

 

Fue una de las noches más bellas de mi vida, porque fueron muchos las tangos que escuchamos interpretados por la cálida voz del Zorzal Criollo y también me di el lujo de bailar tango y milonga, varias veces, con Betty y con Julie, que fueron quienes aceptaron la invitación. Así como yo sueño, también hay otros famosos que no sueñan pero que han tenido vivencias como la mía.

 

En 1978 Ástor Piazzolla le escribió a Gardel una carta imaginaria: Querido Charlie:…Jamás olvidaré la noche que ofreciste un asado al terminar la filmación de El día que me quieras. Fue un honor de los argentinos y uruguayos que vivían en Nueva York. Recuerdo que Alberto Castellano debía tocar el piano y yo el bandoneón, por supuesto para acompañarte a vos cantando. Tuve la loca suerte de que el piano era tan malo que tuve que tocar yo solo y vos cantaste los temas del filme. ¡Qué noche, Charlie! Allí fue mi bautismo con el tango.

Primer tango de mi vida y ¡acompañando a Gardel! Jamás lo olvidaré. Al poco tiempo te fuiste con Lepera y tus guitarristas a Hollywood. ¿Te acordás que me mandaste dos telegramas para que me uniera a ustedes con mi bandoneón? Era la primavera del 35 y yo cumplía 14 años. Los viejos no me dieron permiso y el sindicato tampoco. Charlie, ¡me salvé! En vez de tocar el bandoneón estaría tocando el arpa… Ástor Piazzolla.

 

Cuando le cuente esto a mi madre, quedará muy contenta, porque ella, si, que le encanta el tango y podría quedarse todo el día escuchando tangos, cuando yo era adolescente en cualquier momento del día y siempre que estemos solos ponía un tango y bailábamos. Ahora los años han pasado y esa nuestra afición no mermó, seguimos compartiendo a la distancia las letras de algunos tangos.

 

Miguel Aramayo

SCZ, 12-12-2015