¡Qué lindo alimento!
Este fin de semana me alimente de recuerdos, de añoranzas, de vivencias y puedo asegurar que es un alimento que satisface, pero no llena, además que no produce indigestión. Es el alimento que de vez en cuando reclama nuestra alma, alimento que muchas veces le mezquinamos, porque nuestra mente está inmersa en temas materiales. Está más distraída en el quehacer diario, en la rutina que embrutece, en la rutina que solo se preocupa de alimento corporal y descuida el alimento espiritual.
Aparentemente estuve solo, digo aparentemente, porque cuando estoy solo elijo donde estar, con quien estar e incluso selecciono que compartir. Esta vez estuve con un libro, un libro cuyo autor soy yo, mejor dicho mi alma, mi espíritu. Un libro que encierra muchas vivencias mezcladas con un alto contenido de ficción, que también son vivencias, pero no del cuerpo, sino del alma.
Tenía la tarea de revisar la primera impresión, una versión que ya había pasado por las manos del editor, quien había depurado todos los errores ortográficos y gramaticales, pero que había dejado intacto el sentido que yo había dado al escribir cada uno de esos cuentos, cada una de esas historias. La tarea era revisar en profundidad cada uno de esos cuentos y por lo tanto, al ser yo el autor ya los tenía en mente, pero algunos de esos escritos estaban difuminados en mi conciencia, en mi memoria.
Al leer eso que escribí en el transcurso de estos últimos diez años, hicieron que mi mente retroceda a la época en que los redacté y en muchos casos volvieron a mi mente las circunstancias y hechos que en esa época, cuando transferí mis pensamientos al papel, que un principio fueron transcritos en un ordenador y posteriormente impresos. Esas circunstancia y hechos que me inspiraron retornaron a mi mente, iluminaron nuevamente mi espíritu y en su mayoría son hechos ficticios, producto de mi imaginación y mis deseos por dibujar una realidad inexistente, que algo de real pueden contener, por de una realidad muy difusa y que en muchos casos no corresponden a mis experiencias, sino que se basan en hechos de novelas que he leído o de hechos que conocí, pero que no me acaecieron a mí o que directamente me los inventé.
Leí cada cuento con el debido detenimiento, pero mi afán por avanzar en la tarea de revisión hizo que lea a más velocidad, que a la que estoy acostumbrado, pero lo hice con tanta satisfacción, que mi cuerpo no se rindió. En algún momento sentí que mis ojos estaban secos, porque exigí a mis ojos a mantenerse abiertos, sin pestañar para adelantar en la lectura. Mi cerebro acepto la tarea rin chistar y puso todo lo de su parte para captar las fallas de redacción, o algunos errores de palabras mal escritas o de frases inconclusas.
Cumplí lo que me había propuesto y cuando termina la revisión, sentí una gran felicidad, porque todo lo que había escrito, superaba mis críticas y encontré que todo estaba muy bien escrito, por lo menos expresaba plenamente el sentido que quise dar a cada historia, a cada cuento. Incluso encontré dos que no son cuentos, sino que son estudios, uno que analiza el amor, no solo como palabra, sino como sentimiento, desde punto de vista semántico, religioso, filosófico, étnico e incluso en un sentido de expresión del lívido que todos los individuos llevamos intrínsecamente en nuestro interior. El otro era un ensayo, probando mi capacidad literaria de redacción de un cuadro.
El libro ya está completo y solo espera el prólogo, para pasar a impresión, con lo cual me siento más feliz. He logrado una meta y estoy dejando algo para la posteridad, por lo menos para la posteridad más próxima que son mis hijos, mis nietos, mis parientes y mis amigos.
Miguel Aramayo
SCZ. 12-01-2016
