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Entre piratas

11 Nov

Entre piratas

Me animé a adentrarme en un túnel, un túnel que descubrí debajo de un acantilado de la costa azul, más propiamente en Manarola, pueblito encerrado entre dos moles rocosas, que se adorna de pintorescas callejuelas y casas-torre que protegían a sus habitantes, con su plaza y su iglesita y sus mil y una esquinas sublimes en las que aguardar a esos atardeceres gloriosos que se gasta cada uno de los pueblos de Le Cinque Terre.

 

Ese túnel correspondía a una antigua cueva de piratas. Entré muy sigilosamente y grande fue mi sorpresa al encontrarme con los espíritus de Barbanegra (Edward Teach), Barba Roja (Hayreddin Pasha), Jack Calico (John Rackham) y Henry Morgan. Junto a ellos sus capitanes y marineros de mayor confianza. Estaban todos sentados a una mesa disfrutando de una cena de carne cosita a las brasas y al palo y degustaban un vino, que por el tufo que despedían ellos y las botellas, era de una pésima calidad, más vinagre y alcohol que mosto.

 

Como todos eran espíritus y la reunión correspondía a épocas remotas, no se percataron de mi presencia y quedé satisfecho de estar en esa situación de fantasma, siendo en realidad ellos los que eran incorpóreos. Me senté en un rincón desde donde podía otear todo el panorama completo, sin que se me escapé un solo detalle de cada uno de los presentes y a una distancia que podía escuchar cada una de las expresiones de esa tupida conversación. Desde luego que en algunos momentos utilizaban términos que escapaban de mi conocimiento, pero por suerte llevaba una libreta y una estilográfica y tupe la precaución de anotar cada uno de los términos que no estaban en mi entendimiento, con la finalidad de posteriormente averiguar su significado.

 

Todos ellos hablaban en inglés, porque todos eran ingleses, salvo Barba Roja, que era turco, pero también hablaba inglés, un inglés que era muy difícil de entenderle. Hablaban de todas sus fechorías, en su mayoría realizadas en contra de las embarcaciones españolas, que viajaban cargadas de oro y plata, que los españoles sacaban de sus colonias en Sudamérica y ellos contaban con la protección de la reina de Inglaterra.

 

Reían a carcajadas y comentaban sus fechorías, como si pertenecieran a un clan, poseían un fondo común para ayudarse entre ellos, en caso de dificultades y para sobornar a los carceleros, en caso de que cayeran en manos de las naves que servían de escolta a las naves que transportaban las riquezas. Una de las anécdotas que me sorprendió es la que contaba Henry Morgan, que era uno de los que más se movía por el Caribe. Contaba que había un español que simulaba batallas con los piratas y todas las balas de sus cañones no eran de fierro sino de plata y cuando disparaba todas las balas, que estaban pintadas de negro, después la recogía del fondo y las convertía nuevamente en plata y de esa manera contrabandeaba plata de América a España.

 

Estaban en esas charlas y pasándose las coordenadas de donde mantenían sus tesoros, cuando llegaron a ese punto de la conversación yo puse mucha más atención y me aliste para anotar las direcciones, todo era muy complicado, pero de los diez lugares que había anotado en mi libreta, alguno me podría servir para el futuro. Cuando tuve todas las direcciones, se armó una revuelta entre ellos y la gente que los acompañaba como protección. Como ya estaban borrachos, se armó el lio y no me quedó más remedio que salir rajando de esa cueva para llegar a la playa donde tenía anclado mi bote.

 

Cuando me faltaba muy poco para llegar a mi bote, se me cayeron al agua la libreta y la estilográfica y para salvarlas quise zambullirme y el agua estaba tan fría que me desperté, todo lo que me había sucedido, ¡un simple sueño…! Estaba en mi cama en Santa Cruz y no tenía ni la libreta ni la estilográfica y lo real era el apuro por llegar al baño para no mojar mi colchón.

 

Miguel Aramayo

SCZ.11-11-2016