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Un viaje cortito

26 Jul

Un viaje cortito

Recordé que varias veces viajé en alfombra, para visitar a mis nietos, cuando ellos estaban viviendo en Dubai, mientras esos ensueños volvían a mi mente, también me acorde donde estaba la alfombra en la que hice esos vuelos y fui en su busca. La tomé en mis manos, como si se tratar de un tesoro, la desempolve, aunque de apariencia estaba totalmente limpia, pero como yo ya estoy viejo y se me acurren cosas pelotudas y de la caduquera propia de gente mayor.

 

La volví a desempolvar y me fui con ella al fondo del jardín, donde nadie me ve, donde nadie busca, donde yo soy yo y no tengo ninguna interferencia. Además, era un sábado en la tarde y el perro no estaba en casa, había ido al campo con su amo (mi nieto mayor) y en días como ese mi mujer busca que hacer para dejarme solo. Extendí la alfombra en la grama, pero primero tuve el cuidado del espacio elegido, que esté totalmente limpio.

 

Pasé por la cocina y comí un poco de fruta, además de tomar dos vasos de leche y llevarme un paquete de maní tostado y de uvas pasas. Regresé al jardín y con mucho cuidado y cariño me senté en la alfombra e invoqué al genio que siempre nos acompaña en estos vuelos y oficia de piloto. Estuve con los ojos cerrados y totalmente concentrado, pensando en el genio. Escuché una voz en mi interior, pero que al mismo tiempo resonaba en el exterior, pero en un tono más débil, la vos decía: ¿Dónde vamos amo? Esa pregunta me volvió a la realidad y como estaba pensando en mi nieta Lucia, le respondí ¡a Buenos Aires…!

 

El cielo era azul, no tenía ni una sola nube, el viento ni se sentía, en la alfombra éramos dos, el genio que estaba con los pies fuera de la alfombra, vestido como visten todos los genios, con un turbante muy azul (azul índigo) con un rubí que adornaba el frente del mismo y esos pantalones abombachados y por zapatos unos zuecos de satén, como si su único caminar fuera entre las nubes. No se sentía que estuviéramos volando, no había ni ruido de motores ni sobresaltos por las turbulencias, estábamos viajando como me gustaría que fueran todos los vuelos, lo único que me faltaba era un poco de música de Franck Pourcel, porque el genio que me acompaña habla lo estrictamente necesario, por lo tanto, es más el tiempo que está en silencio.

 

Hasta ese momento no había fijado mi mirada abajo y grande fue mi sorpresa al ver algunas montañas y poca vegetación, estábamos en la frontera de Bolivia con Argentina y según lo que me dijo el genio en menos de quince minutos estaríamos en Buenos Aires, agarré el celular y por arte de magia me comuniqué con mi nieta, para que me dé su dirección, porque estaba a punto de visitarla. No me creyó y tampoco quise insistir, me dio la dirección de un condominio en la localidad de Ingeniero Maschwitz, entre Avenida Braun y Calle La Plata, en la provincia de Buenos Aires del Partido de Escobar.  Quedamos en encontrarnos en la plaza, que está a tres cuadras de la dirección que me dio.

 

Llegamos a la plaza, casi al mismo tiempo y por lo tanto me vio bajarme de la alfombra, pero quizá no se dio cuenta, porque estaba caminando muy distraída, bestia de gin y una camisa de franela con diseño escocés, con el cabello suelto a la espalda y como siempre me saludo muy efusiva:

 

–Abuelo que se te ocurrió visitarme.

 

–Te extrañaba y como también quise visitar a mi amigo Héctor (el gordo), dije, primero paso para visitar a mi nieta y ver cómo le está yendo en los exámenes y darle un beso, además de desearle suerte y conversar todo lo que no pudimos hace una semana atrás.

 

Hablamos un montón y después de que me despedí de mi nieta, el genio me hacía señas desde detrás de un Palo Borracho, quería saber que haríamos. Nos subimos a la alfombra que la tenía escondida y arrancamos vuelo con dirección a La Plata. Eso les cuento otro día, que este de ocioso como estoy en este momento.

 

Miguel Aramayo

SCZ.26-07-2017