El amor
Un hombre sentado en una playa de la costa azul de la Riviera francesa, una playa diminuta conocida como Calanque de port d’Alon, una de las mejores playas escondidas ubicada en la comuna de Saint-Cyr-sur-Mer. Cuyo acceso está protegido, es propiedad de una entidad de conservación del litoral. Su acceso por tierra se realiza por propiedad privada desde la carretera, o a través de un sendero costero público.
Sentado entre piedras con la mirada perdida en lontananza, como queriendo escapar de la realidad de este mundo, mientras meditaba sobre su vida, lo pasado, lo presente y queriendo adivinar lo que viene. Razonando sobre el amor, que a medida que transcurren los años se va transformando de pasión en costumbre, al extremo de que algunas parejas, que en un inicio tuvieron una existencia apasionada, llegan al punto de convivir con sus parejas como si fueran simplemente vecinos del espacio que comparten para vivir.
Mientras esos pensamientos revoloteaban en su mente, se fijó que, en la playa a muy corta distancia, que en ese momento estaba desolada, una botella de color ámbar era mecida por las olas. Esquivando las piedras de donde se encontraba, se aproximó a la orilla, donde morían las olas y jugueteaban con la botella. Tomó la botella en sus manos y se fijó que adentro estaba un papel. Sacó una cortapluma que tenía en el bolsillo y usando el tirabuzón extrajo el corcho y procuró sacar el papel sin dañarlo, pero no había forma de hacerlo, por lo tanto, decidió romper la botella, para eso se fue a un lugar apartado, donde las astillas de vidrio no dañaran a nadie y quedaran debajo de piedras que él fue acomodando después de tener el papel en su bolsillo.
Cuando cumplió con la tarea de enterrar los pedazos de vidrio, los mismos que golpeo para hacerlos más pequeños y menos peligrosos. Busco donde sentarse, caminó ligero en procura de un lugar cómodo, pero al mismo tiempo se dio cuenta que lo carcomía la impaciencia y la curiosidad por saber el contenido de ese pequeño papel y poder leer lo que decía. Soñaba con encontrar las coordenadas y el plano de un tesoro, pero se decepcionó al ver que era un poema, un poema firmado por Anthony Artman, nombre que no le llamó la atención en lo más mínimo y que por el aspecto del papel, la tinta y la caligrafía era de hace muy poco tiempo. Se puso a leer lo que decía el papel que había rescatado de la botella, que ahora era casi polvo. Leyó con calma y mentalmente y le agrado el poema, que por extraña casualidad concordaba con los pensamientos que daban vueltas en su mente el momento que divisó la botella. Volvió a leer, pero esta vez en voz alta, como queriendo darle la entonación que correspondía a la prosa y se escucho así:
De golpe cerrar la puerta, cansado, tan arto, con más dolor que rabia, más cansancio que deseo. Podemos vernos de frente, sin mirar nada dentro. Ya hay mares de distancia, de miedo y de hierro. Entre más tiempo pasa, mientras más te veo, más me olvido de ti, ya no sé quién eres. Ni tú sabes quién soy, ya no somos lo que fuimos. Milenaria historia en olvido, las ruinas de algo que fue. Y ya no es, corazón. Se ha quedado en el pasado, somos fantasmas del recuerdo, de un amor que se extinguió.
Después de recitar ese poema se quedó pensativo, el trozo de papel poseía la firma del posible autor, pero no tenía una fecha y se imaginó el aspecto que tendría quien escribió esos versos y se imaginó un hombre canoso, de mirada lánguida, alto y algo flaco, con ojeras profundas y una barba descuidada, con una edad incierta, algo similar a él, que en ese momento deambula por la Riviera francesa, en una playa desierta.
Miguel Aramayo
SCZ.29-08-2017
