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Fin de año

31 Dic

Fin de año

Muchas salutaciones, muchas felicitaciones, como si en realidad fuera un “fin”, pero es tan sólo un letrero más en el camino, un puesto de descanso en la ruta, una garita en la que debemos detenernos, un puesto más de control, pero sin ninguna barrera. Una fecha donde funcionan las cábalas para un montón de gente, las uvas, los calzones de diferentes colores (Blancos pureza, rojos amor, amarillos dinero), escaleras que se suben (no sé para qué), billetes que se cuentan (para que el próximo año tenga muchos), maletas que se transportan (para asegurar viajes futuros). Polución de papel de regalo, de bolsas plásticas, de fuegos artificiales, pero sobre todo muchas esperanzas de días mejores, de promesas políticas (en discursos pasajeros, llenos de amor, paz y falsa y mentirosas ofertas), de promesas de amor. De mucha comida, de mucha bebida de música estridente, de peleas, de accidentes, de gente que gasta, de gente que se aprovecha, de gente que se queja, de gente desorientada, de gente triste, de gente pobre, de pobre gente.

 

Así es el fin de año, de éste y de todos los años que viví, primero como hijo de familia, después, durante un corto tiempo, sólo; por último nuevamente en familia. Cuando joven, haciendo lo que hacen todos, jolgorio; de un tiempo a esta parte, meditando en la familia y disfrutando de la  experiencia que te dan los años vividos, recordando los fines de años pasados y pronosticando los años por venir. Sufriendo por la indiferencia social a los males presentes, males reales, como negándose a comprender la realidad en que vivimos y postergando las protestas, para cuando ya no tengan solución.

 

De todos los años vividos guardo uno con especial cariño, uno en el que lo único que tuve que abrazar fue un árbol, un árbol no muy grueso, junto a una parada de colectivos en la avenida Cabildo al 3700, en Buenos Aires CP. Después de haber escuchado misa y recordado a mis seres queridos y estando en la calle con el ruido propio del año que se va y del año que viene. Para mi ese año puede contar como mi año cero, desde ese momento mi corazón y mi cerebro fueron estableciendo metas que cumplir, objetivos que alcanzar y preparé mi espíritu y mi cuerpo para cumplir lo que en esos años mozos eran ilusiones, eran sueños que ahora los veo realizados, o casi por alcanzar el ideal trazado.

 

A partir de ese año, “año cero”, todos los años que envejecieron y todos los años nuevos los festejé con relativa euforia, más que todo euforia que me transmitía mi entorno, pero en mi conciencia siempre vi el año viejo como una medida para cuantificar los logros de las metas trazadas y el año nuevo como el inicio de nuevos objetivos. Desde muy joven asocie ese día, el día 31 de diciembre, como el día de cierre de gestión, de gestión contable, donde se debe dar fin a las “cuentas nominales” (cuentas del estado de resultados) y pasar ese resultado al patrimonio, como una utilidad o una perdida, como un avance o como un retroceso, como un letrero de advertencia si lo pasado no fue bueno, como un letrero de buenos augurios, si fue bueno y con resultados favorables..

 

Este año que se va, me deja un sabor amargo, porque todo lo sucedido  lo fui leyendo en el devenir diario de los acontecimientos y lo hice por escrito (durante estos últimos cuatro años), comunicando mi percepción a todos los que de alguna manera hubieran podido hacer algo, algo más serio que lo lirico que yo pregonaba. Mi augurio para el próximo año es negro, porque como quienes nos gobiernan, ya consolidaron su proyecto inteligentemente establecido y maquiavélicamente orquestado, ahora lo que nos queda es esperar lo que también pronostiqué. Llegaremos a niveles tan bajos, en todos los sentidos, económico, social, de relaciones humanas, de inseguridad; que la misma gente que los encumbró, los bajará de esas nubes en las que se encuentran ufanos hinchados de orgullo, pero el daño que han hecho tardará mucho en recuperarse, es como dice José Hernández en su libro “Martin Fierro”: “Hay dos cosas que se pierden y no se vuelven a encontrar: El tiempo y la vergüenza”, a mi criterio hemos perdido ambos, nos queda la esperanza de que podamos reencauzar lo perdido, después de todo y llevamos doscientos años en este mismo rumbo y ¡todavía existimos!, podemos caer más veces y sabremos levantarnos.

 

Miguel Aramayo.

SCZ. 31-12-2009