Vanidad, egolatría
Estuve en un evento, se suponía que era a las 8:30 AM, ya son las 9:00 y sólo llegó el treinta por ciento de los que deberían asistir. El noventa por ciento de los asistentes hablan o manipulan un celular, algunos mantienen encendida una computadora portátil, soy el único que para dar un uso racional al tiempo que estoy perdiendo, empleo una estilográfica para exteriorizar mis pensamientos y compartir mis vivencias.
El evento es un desayuno empresarial, una premiación a la calidad, uno de esos acontecimientos en los que unos cuantos se aprovechan de la ingenuidad y la vanidad de las personas, sin ninguna mala intención, pero canalizando esa debilidad humana.
Un día te llega una comunicación vía mail, anunciándote que fuiste seleccionado entre muchas empresas, porque tu empresa es de mucho prestigio y porque eres alguien que se destaca en el “mundo” y que un grupo de gente que conforma un selecto jurado ha visto por conveniente premiarte.
Tu ego se alborota y te sientes ufano, ¡el “mundo” te reconoció!, has llegado a la cúspide del éxito, eres inteligente, eres talentoso y te sientes inmensamente satisfecho. Han tocado las fibras más íntimas de tu orgullo, han ensalzado tu ego y te pasa lo mismo que le sucedió al cuervo cuando la zorra le alba su bella voz.
No sabes que esa empresa que organiza ese evento, se llevará aproximadamente sesenta mil dólares ($us. 60,000.00), libre de impuestos, desde luego que tendrá algunos costos, pero es un buen negocio, limpio, libre de responsabilidades, porque está usando tu ingenuidad y no tiene mala fe. Vos no lo sientes, porque esa alabanza, sólo te cuesta mil, pero te da la oportunidad de mostrarte al mundo y que el mundo se siente orgulloso de vos, de tu grandeza.
Que sensibles somos los hombres a las alabanzas y lisonjas, pero al mismo tiempo que fatuos, vacíos y vanidosos. Nos dejamos convencer y damos rienda suelta a nuestro orgullo. Dios nos hizo así, la pena es que no hemos aprendido humildad y preferimos ser orgullosos, arrogantes, ¡que pena!
Aceptar la asistencia a este evento me costó mucho, pensé más de cuatro años, cuatro veces fui tentado por los cantos de sirenas, por suerte las anteriores veces los eventos eran lejos de Santa Cruz y tenía el pretexto de la distancia y la disponibilidad de tiempo. Hasta que me doblegué, pero consiente que ¡no soy de los mejores!, ni remotamente, pero acepté pese a que la idea carcomía mi conciencia e irritaba mi inteligencia.
Acepte para compartir mi humildad con mis seres más próximos y queridos sobre todo para dar un ejemplo de vida y mostrar a los míos que existen este tipo de circunstancias, tentaciones, y que en algún momento de nuestra vida no queda más que superar esos momentos sin perder nuestra identidad y consientes que vivimos inmersos en una sociedad que nos manipula y a la que nos debemos por azares del destino.
Después de esto sigo siendo el mismo, pero un poco avergonzado por haber comprado un premio.
Miguel Aramayo
SCZ. 16-11-2012
