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Amigo importante y familia viajera.

18 Oct

Amigo importante y familia viajera.

Cuando era adolescente (15 o 16 años) tuve un amigo, uno de esos amigos pasajeros, no me recuerdo al nombre, pero creo que el apellido era Almansa o Almanza. Con toda seguridad era hijo de gente muy importante, nunca conocí a su padre pero el recuerdo que tengo de su madre es de una señora muy distinguida pero de mucha edad, comparando a ella, con mi madre o todas las medre que conocía de otros amigos.

 

Vivía  en la esquina norte de la plaza Abaroa, en la esquina de la “20 de octubre” y la “Belisario Salinas”, si no me equivoco en el nombre de esta última calle. Era una casa señorial, desde la entrada, tenía un recibidor muy finamente amoblado, incluso con una mesita esquinera, con bandeja de plata muy bien lustrada para que los visitantes dejen su tarjeta de visita. El salón con finas alfombras, inequívocamente persas y muebles antiguos, seguramente de fabricación francesa, con tapices exquisitos y de madera finamente labrada.

 

Lo que más me impresiono de ese salón fue la chimenea, algo extraordinariamente grande, en un rincón de la estancia, que podía irradiar calor a todo el salón y la chimenea calentar los ambientes del segundo piso, además de ser grande estaba recubierta de una lámina de cobre, finamente forjado y tenía como protección y utensilios, algo finamente decorado y forjado en bronce con cabos de madera.

 

Las fotos, que estaban enmarcadas en finos marcos de plata, mostraban a mi amigo junto a su familia en lugares que parecían inauditos, junto a la tumba de Tutankamon, junto a las pirámides de Egipto, cada miembro montado en un camello. En el arco del triunfo en Paris, navegando en un yate junto a la estatura de la libertad, en el palacio imperial de China o en algún jardín exótico de Japón, sobre un elefante en Camboya y en los templos de piedra de Jakarta.

 

En ese entonces, cuando este amigo ocasional nos invitó a tomar té a su casa y pudimos apreciar todo lo que describí, quedé con la boca abierta y babeando, pero ahora que pasó el tiempo y puedo analizar los viajes que hicieron mi mujer y mi hijo con su familia, en mi casa también hay fotos de todo lo que nombré, además de la muralla china, el Burj Al Araf en Dubai, Sídney en Australia, el Vaticano en Roma y también he visto a miembros de mi familia montados en camellos, elefantes, acariciando jirafas y en templos de piedra con exposiciones increíbles, en Disney etc.

 

También en mi casa hay alfombras persas, cuadros de Singapur, bordados de Indonesia esculturas de madera labrada de esos lugares y un sinfín de suvenires, de todos los viajes que realizaron y que en cada vez que están en Bolivia traen como recuerdos de sus viajes. Cuando pienso que para hacer esos viajes, debe recorrer largas distancias y viajar en monstruos como el Airbus A380 y similares y apreciar que cuando hablamos nos separan entre, seis, ocho y hasta doce horas, porque esa también es una forma de medir la distancia que nos separa, entre donde están ellos y yo que permanezco en Santa Cruz.

 

Desde luego que todo eso me entusiasma y me hace sentir importante, pero ya no abro la boca ni me babeo, como cuando conocí ese amigo de infancia o pubertad. Ahora yo me distraigo viajando por el mundo ayudado por Google y una conexión a Internet, que me permite estar donde se me antoja, en un tiempo record, sin gastar ni un peso y disfrutando los mismos paisajes, incluso transitando por el interior de los mismos aviones que usan mis parientes, pero casi siembre en primera, o clase preferencial.

 

Miguel Aramayo

SCZ. 18-10-2015