Caminado sin sentido
Caminado sin sentido
Era un hombre mayor que caminaba en una playa extensa, el sol estaba en ese momento en el cenit, con relación al individuo, por lo tanto, el nadir se situaba en la planta de sus pies. Con la intensidad del calor la arena debió estar quemante, pero el mar en calma bañaba la orilla antes de que posara cada paso, con lo cual refrescaba su caminar.
Era alguien que bordeaba la cuarta edad, de cabellera blanca que le cubría completamente el cráneo, su caminar era firme y seguro la espalda recta y las piernas mostraban un ritmo constante, acompasado con la rotación de sus brazos. Viéndolo de frente su rostro mostraba preocupación y pese a la luminosidad del día no llevaba ni sombreo ni gafas.
Quien seguía su caminar era una mujer mucho ms joven, trotaba y algunos momento ultrapasaba el viejo y después de avanzar un largo trecho retornaba, por lo tanto, tenia la oportunidad de observarlo alguna veces de espalda y otras de frente. Esa mujer, aparentemente, estaba acompañada por una adolescente que caminaba al ritmo que la persona mayor, pero unos cuantos pasos atrás.
Pasado el mediodía las dos mujeres dejaron la playa y se dirigieron a una carpa donde vendían golosinas, refrigerios y bebidas a las personas que deambulaban por la playa o quienes toman el sol reposando en hamacas o toallas, con o sin sombra que las proteja. La adolescente le contaba a la otra mujer, que aparentaba ser su madre: El viejito que era muy simpático, parecía que iba cantando o recitando o voz baja, me pareció que repetía las letras de algunos boleros, uno de los que llegué a captar es uno que se denomina «La barca». La mujer de mayor edad opinaba que de frente tenía una expresión de tristeza y se observa el movimiento de sus labios, pero que ella no llegó a captar si cantaba, recitaba o simplemente hablaba solo.
Mientras ellas sentadas en una mesa con cuatro sillas, tomaban unas gaseosas y consumían unas tapas, el hombre mayor se acerco y como no había donde más sentarse preguntó si podía acompañarlas, a lo cual aceptaron. El pidió un coco helado con sorbete y disculpándose comenzó a tomar su agua de coco. Era un hombre de ojos muy claros entre verdes y azules, su piel estaba tostadas al sol, con lo cual resaltaban sus facciones, tenia una cara risueña que no denotaba ninguna preocupación y sus ademanes eran de alguien con un nivel de cultura y educación. Ellas quedaron en silencio por un momento, pero la menor le busco conversación, preguntándole su nombre, su actividad, su nacionalidad y que hacía por la playa tan solito. Que lo estuvieron observando y en algunos momentos escuchando lo que decía en voz baja dando la impresión de ser canciones o recitaciones.
Cuando el hombre abrió la boca para responder todas las consultas, ellas quedaron calladitas, porque además de responder las consulta que le hizo la muchacha, les dijo algo más explicando el porque estaba cantando y les conto algo más de quien era y que se dedica y algo más de su vida, pero el también les hizo preguntas a ellas, y respondieron muy escuetamente.
Ese tipo de encuentros se producen con mucha frecuencia en las playas de todo el mundo, porque aparentemente la gente, hombres y mujeres; viejos y jóvenes, se desinhiben al contacto de la arena, el mar la briza, el sol y las circunstancias.
Miguel Aramayo.
SCZ.10-09-2025 Hoy es cumpleaños de mi primo Romel Antelo Mejía.
