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Cerré los ojos

12 Ene

Cerré los ojos

Las esperas en los aeropuertos, cuando te toca viajar, son relajantes y son muy útiles, porque generalmente estás solo, inmerso en un mundo de gente y en un correr- corre, de todo tu entorno, pero vos, con una tranquilidad tuya, siempre que hubieras hecho el chequeo y tengas el pase a bordo en tu bolsillo, junto con el ticket para recoger el equipaje en destino, buena música en tu celular y buena lectura en tus manos.

Hace poco me tocó estar en un aeropuerto, mejor dicho en dos, uno de ida y el otro de vuelta; en ambos en condiciones de espera y los vuelos que tenía retraso; cuando  partía, dos horas, o más que ya tenía contabilizadas, al retorno una hora de demora. Estuve en los aeropuertos por mucho tiempo y después el tiempo de vuelo. Si no hay turbulencia también es otro momento agradable, porque estás rodeado de gente, pero metido íntegramente en tu mente y puedes hacer con ella lo que se te antoje, desde rezar un rosario, recordar lo último que hiciste, lo que hiciste hace mucho tiempo o lo que te hubiera gustado hacer.

Estaba en esa situación de relax y se me ocurrió ver mis e-mails, justo había una presentación, que mostraba muchos lugares, se llamaba: “lo más perecido al paraíso” y firmaba un “J.D.”, era un Power point que presentaba una serie de imágenes (fotos) y se iniciaba con una recomendación: “Siéntate un rato y evádete de la mundanal rutina, enciende el audio, apaga la luz y  relájate”. Después se presenta una secuencia de fotos que te muestran la naturaleza, la naturaleza sin ningún ardid, sin ningún adorno, la naturaleza tal cual es, tal cual la creo Dios. Trataré de mostrarles literalmente, cuales fueron las imágenes que me impactaron, lo haré para ver si ustedes al cerrar los ojos sienten lo que yo pude apreciar con los ojos abiertos:

Una catarata que se desprendía de una altura pronunciada, algo como unos cien metros, el agua que caía era cristalina, pero por la fuerza que traía y la altura desde donde se lanzaba, parecía una espuma blanca desde el principio hasta el fin, la montaña desde donde iniciaba el salto. Era desde un peñasco, que se mostraba más profundo al centro, por el desgaste de los años que el agua llevaba cayendo por él, la vegetación lo cubría de un verde esmeralda, con una serie de tonalidades, se podía sentir el frescor del agua al golpear con el fondo, para iniciar una tenue bajada. El aroma de la vegetación también impactaba tus sentidos. Era como si yo estuviera mirando desde abajo y sentía el ruido ensordecedor de su caída, pero un cielo azul turquesa enmarcaba el horizonte, cielo con muy pocas nubes, quizá ninguna.

Un camino muy poco transitado, mejor dicho totalmente abandonado, que desde la posición en que lo veo, observo en lontananza algo como si fuera la morada de alguien, los arboles están a la vera izquierda de la senda, el piso está tapizado de hojas, hojas de mil colores en la tonalidad terracota, más claras, casi blancas y más obscuras, casi rojas. Los árboles se ven añejos, leñosos y cubiertos de musgo, lo que te da la sanción de que despiden un olor a humedad, un olor a popí, en la otra vera buganvillas en flor, todas una misma tonalidad, color frutilla, en diferentes tonos, con mayores y menores reflejos del sol, que ilumina toda la escena y esparcen su perfume a flores frescas, al olor de butucúnes recién abiertos.

Un atardecer en un lago desde la orilla opuesta al poniente, con un sol rojo, un rojo rubí intenso, que ilumina la superficie del lago, lago totalmente tranquilo que aparenta ser un espejo que refleja el sol mortecino con tonalidades que van desde el naranja opaco el rojo, rojo carmesí, que se esparcía por la vegetación, árboles y arbustos que absorben el color del agua y del sol que refleja desde el horizonte y que además de mostrar una paz, quietud y silencio, te muestran el poder de Dios y la belleza de la naturaleza, naturaleza que pertenece a Dios, que nos la brida como premio.

Un amanecer en el mismo lago, pero está viendo desde el poniente al naciente, en el que las tonalidades son de ámbar, con una mayor luminosidad, pero la misma quietud en las aguas, esta vez se aprecian los sonidos del despertar, aves piando, bestias rugiendo, cachorros reclamando ser amamantados, válidos y bugidos, que muestran el despertar de la naturales, la oración al Dios que nos creó y brindó tanta belleza que nos llena  de vida y nos brinda amor, amor a raudales.

Así fue la tranquilidad del viaje a la ida y a la vuelta, mi espíritu transportado a un nivel superior y mi cuerpo disfrutando de esa sanción del alma.

Miguel Aramayo

SCZ. 12-01-2012 (recordando mi viaje a La Paz del 6 al 9)