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Chuspipata

15 Oct

Chuspipata

Chuspipata, es un lugarcito de Nor Yungas en La Paz, que ahora servirá de hospedaje a los indígenas (indeseables, cambas), aborrecidos por los gobernantes “plurinacionales”. Lugarcito cuyo nombre recuerda una masacre de hace muchos años atrás, 1944, pero que como no tenemos memoria y no nos gusta remitirnos a libros, nos olvidamos, o nos hacemos los olvidados.

Desde que tengo uso de razón he sabido que los gobiernos que ha tenido Bolivia, nunca han buscado el bien de los bolivianos y menos el de los indios boliviano, sea la etnia que sea. Los del occidente siempre fueron usados, maltratados y esclavizados, desde luego que hay excepciones y eso uno lo puede ver leyendo la historia escrita por el Inca Garcilaso de la Vega, hijo de Pizarro y una princesa india, que se amamantó con leche de una madre quechua y que culminó sus estudios y vida en España.

Con respecto a Chuspipata, el Sr. Roberto Querejazu Calvo, en su libro “Llallagua – Historia de una montaña”, en el capítulo 20: “CHALLACOLLO, CHUSPIPATA…”, menciona algunos hechos. Nos cuenta como los norteamericanos nos tenían por nazis, porque en Bolivia se apoderó de los mandos una logia, logia que nació durante la guerra del Chaco, entre los militares, militares que incluso fueron adoctrinados en Alemania e Italia, antes y durante el gobierno de Busch y que posteriormente se nutrió de civiles, como el Dr. Victor Paz Estenssoro y todos los que fundaron el MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario).

Ese capítulo también se refiere a los mineros y particularmente al más activo, que fue Mauricio Hochschild, que abogó incansablemente en los Estados Unidos, a favor de conseguir una cotización de 70 centavos por libra de estaño. Hochschild, en una carta a Paul Nitze, jefe de la Sección Metales de la Oficia de Guerra Económica, le dijo: «La industria minera en Bolivia tiene que pagar impuestos sumamente altos, que ascienden a cerca de 300 dólares por tonelada de estaño puro. Este es el impuesto más alto pagado por una industria en el mundo entero, puesto que es un impuesto sobre la producción. Además de esto tenemos que pagar impuesto sobre utilidades. Hay sólo tres capitalistas en Bolivia. Patiño que ganó su fortuna con la mina de estaño más rica del mundo. Aramayo que por mucho tiempo mantuvo el monopolio mundial del bismuto con el que ganó dinero y ahora lo gana con la explotación del wólfram y algo de estaño; yo (Mauricio Hochschild), que he ganado mi fortuna con el rescate de minerales en cinco países sudamericanos desde 1911. He invertido con mis socios alrededor de 25 millones de dólares en mis negocios y nunca he obtenido ganancias adecuadas como industrial minero. El año pasado tuvimos una utilidad de dos millones de dólares, de los que hay que deducir impuestos a pagarse en Bolivia y Chile. . «.

En una reunión de Mauricio Hochschild en los Estados Unidos, el señor Allan Dawson, también del Departamento de Estado, manifestó que no les importaba mayormente que hubiera cambios de gobierno en los países de América, pero que un gobierno de tendencia nazi en Bolivia afectaba los principios por los que los Estados Unidos luchaban en la guerra y no podía tolerarse. Dawson, que ha estuvo en Bolivia, conocía de cerca a los actuales caudillos civiles de la revolución y parece que los ha presentado como enemigos de los Estados Unidos, ellos querían para Bolivia más que un gobierno democrático, uno amigo, como lo era el del general Enrique Peñaranda.

El gobierno de los Estados Unidos consiguió el consenso de los demás de América y todos ellos, con excepción del de la Argentina, decidieron no entablar relaciones diplomáticas con la junta gubernamental boliviana, sometiéndola al castigo de una cuarentena moral. La cancillería de Río de Janeiro fue una de las más decididas a favor de esta medida por los ataques que los dirigentes del MNR hicieron en la Cámara de Diputados y en el diario «La Calle» contra el Brasil, acusándolo de haber tenido intenciones aviesas al suscribir los tratados de vinculación ferroviaria y ‘explotación de petróleo con Bolivia. Para el Departamento de Estado los cabecillas del MNR estaban condenados, por haber cometido el pecado original de iniciar su actividad política bajo el patrocinio de la Legación Alemana y el ministro Ernest Wendler, por las vinculaciones que luego establecieron con el régimen militar de la Argentina, país convertido en la oveja negra de la familia americana por su franca alineación pro nazi, y por haber acusado a los Estados Unidos de «imperialismo yanqui». al criticar el arreglo con la Standard Oil Company.

En la posguerra chaqueña algunos miembros de la incipiente logia fueron enviados a Italia y Alemania para hacer estudios de perfeccionamiento. Volvieron catequizados a favor del fascismo y el nazismo. Una misión de profesores militares de Italia, llegada a Bolivia durante el gobierno de Germán Busch, completó el adoctrinamiento.

La logia extendió su adoctrinamiento a elementos civiles, que se agruparon en células, células que llevaron el nombre de «Caballeros de Bolivia». En diciembre de 1943, la logia contaba con 2 tenientes coroneles (recientemente ascendidos), 23 mayores, 23 capitanes y 2 tenientes. De los 55 miembros 49 eran ex-prisioneros en el Paraguay. Su núcleo principal estaba en la Escuela de Guerra de Cochabamba, pero otros oficiales ocupaban puestos claves en el Estado Mayor General de La Paz y en guarniciones del interior del país. Los 55 miembros de la Radepa representaban apenas un 5 por ciento de toda la oficialidad del ejército. Los cabecillas de la Logia Radepa y el MNR, impulsados por un nacionalismo coincidente, se encontraron en los caminos clandestinos de su acción subversiva contra el régimen del general Enrique Peñaranda. Cada grupo buscó la alianza con el velado propósito de utilizar al otro para sus fines propios. Era un maridaje de conveniencia.

Lo más sorpresivo del golpe de Estado del 20 de diciembre de 1943 para la población boliviana, aparte del hecho excepcional de que oficiales subalternos hubiesen desplazado de sus puestos a generales y coroneles, fue la proclamación del mayor Gualberto Villarroel como presidente de la junta de gobierno. La interrogante fue general: ¿Quién es Villarroel? Su actuación en la Guerra del Chaco en la sección claves del Comando Superior, durante la primera mitad de la contienda, y como oficial del regimiento Ayacucho, después, había pasado inadvertida. Se supo que era uno de los principales organizadores de la Radepa; quien, juntamente con el teniente coronel José Celestino Pinto, hizo los contactos con Víctor Paz Estenssoro y otros personajes del MNR para planear la revolución.

Villarroel y Paz Estenssoro se conocieron cuando ambos hacían campaña de oposición a los tratados con el Brasil, aquél en instituciones castrenses y éste en el parlamento. Una convención designó a Gualberto Villarroel Presidente Constitucional de la República. Las cancillerías americanas y europeas establecieron relaciones diplomáticas con su gobierno. En enero de 1945 Paz Estenssoro volvió a tomar el Ministerio de Hacienda Y dos de sus colegas otros ministerios. Para congraciarse más con los Estados Unidos el gobierno de Villarroel aceptó su requerimiento de entregarle 2 japoneses y 54 alemanes, que vivían pacíficamente en Bolivia, para que fuesen internados en el país del norte, junto con otras personas de las mismas nacionalidades, tomadas en otros países americanos, con el pretexto de que constituían una peligrosa «quinta columna» para el sistema democrático.

Oculta detrás de la amable figura del presidente y de las actividades políticas del MNR, la Radepa vigilaba celosamente todo signo de oposición al gobierno, lista a dar órdenes a los organismos de represión: la policía y el regimiento de carabineros Calama. La primera víctima fue José Antonio Arze, jefe del PIR. Fue herido gravemente en una calle céntrica de La Paz, en un fallido intento de asesinato. La segunda, el diputado Julio Alvarado, golpeado brutalmente, también en la calle, logró llegar hasta el parlamento, ensangrentado y dramático, y denunció a sus agresores. La tercera, Mauricio Hochschild, estuvo secuestrado durante dieciséis días y se le obligó a entregar una fuerte suma de dinero.

La nación se dio cuenta de que la seguridad y la vida de los ciudadanos estaba a merced de oficiales del ejército, que se consideraban a sí mismos lo más selecto de la institución tutelar de la patria, pero que habían descendido, a la condición de esbirros, en una cruda imitación de los métodos de represión del nazismo alemán. La historia de Bolivia mostraba muchos períodos de brutalidad en los gobiernos, mas había sido impuesta abiertamente, sin máscaras ni capuchones, con el jefe del Estado aceptando toda la responsabilidad. Esta vez el presidente y sus ministros proclamaban su inocencia, no obstante de que las órdenes de ejecución de los abusos salían del seno de la Radepa. El senador Luis Calvo, en un discurso, que iba a resultar el último de su ejemplar vida pública, dijo a los ministros de estado, llamados en una interpelación al recinto de la Convención Nacional: «Yo creo que la historia, al referirse a este período de nuestra vida política, estampará más o menos el siguiente juicio lapidario:…».

Desde semanas antes, Radepa seguía los hilos de un plan revolucionario, al que atribuía conexiones con el Perú. Esperaba que se revelase en alguna forma para justificar un castigo que sirviese de escarmiento definitivo a todo propósito insurreccional. Inmediatamente de recibidas las noticias de lo sucedido en Oruro, en una reunión en el Palacio de Gobierno, se resolvió dar muerte a cinco de los presos de La Paz y a cuatro de los de Oruro. No se consideró necesario un sumario o juicio previo para determinar la culpabilidad de las víctimas. No importaba que algunas o todas fuesen inocentes. No se buscaba un castigo sino un escarmiento. Si entre los presos había personajes ilustres mucho mejor. Así el país vería que no se tenía escrúpulos de edad o rango cuando se trataba de limpiarlo de elementos opuestos al «Plan de Acción Gubernamental».

Los cuatro presos, sacados de la policía de Oruro, fueron embarcados en una camioneta con un oficial y varios soldados, en avanzadas horas de la noche del 19 de noviembre. Creyeron que eran conducidos al destierro. Después de dos horas de viaje en la inmensa altipampa, el vehículo se detuvo en un lugar desierto próximo al pueblo de Chachacollo. Amanecía, el comandante del pelotón policial avisó de su suerte a los prisioneros. El coronel Fernando Garrón escribió angustiosamente una tarjeta de despedida para sus familiares y él mismo dio la orden de disparar a los soldados. El coronel Eduardo Paccieri ocupó su puesto y en el momento en que iba a recibir la descarga exclamó: «Este es el pago que me da la patria por mis leales servicios en el ejército y en la Guerra del Chaco». Los cuatro fueron enterrados en el mismo lugar, en una fosa común sobre la que no se dejó ninguna señal.

Al anochecer, cuando los intentos de los revoltosos habían fracasado, se encontraban en la sala de trasmisiones del palacio, con el Ministro de Gobierno, coronel Alfonso Quinteros, el mayor Antonio Ponce, el señor Julio Zuazo Cuenca, el Jefe de la Casa Militar, teniente coronel Humberto Costas, el mayor Escobar, y uno o dos oficiales cuyos nombres no recuerdo. El Presidente de la República se encontraba en su dormitorio. De allí impartió orden verbal para el fusilamiento de Brito, Paccieri, Garrón y Loaiza Beltrán. El Ministro de Gobierno hizo trasmitir la orden telegráficamente al mayor Inocencio Valencia, jefe de policía de Oruro. El presidente también ordenó el inmediato fusilamiento del coronel Olmos, mayor Armando Pinto y un señor Diez de Medina (apresados en la frontera con Chile, por el coronel Francisco Barrero). El coronel Barrero representó la orden, aduciendo que se había comprometido con ellos a respetarles la vida. El presidente Villarroel dio su asentimiento ordenando su traslado a La Paz.

En las mismas horas, de la misma noche, se sacó del regimiento Calama, en La Paz, a los senadores Luis Calvo y Félix Capriles, a los ex-ministros de Estado y profesores de la Universidad Carlos Salinas Aramayo y Rubén Terrazas y al general Demetrio Ramos. Una camioneta con un oficial, un suboficial y seis soldados los condujo por el camino a los Yungas, con las manos amarradas en la espalda. Ellos tampoco creyeron que era su viaje final, como las víctimas de Oruro, supusieron que se los sometía a la acostumbrada medida del confinamiento. Al surgir las primeras luces del alba el vehículo se detuvo en un angosto de la alta ladera, en un punto denominado Chuspipata. Se despojó a los cinco de todo lo que tenían en los bolsillos. El oficial les ordenó que se alinearan al borde del camino, mirando hacia el abismo. Súbitamente y sin prevención alguna les disparó su pistola ametralladora, derribándolos sobre el precipicio. Calvo cayó sobre unas piedras. Capriles mucho más abajo. Ramos rodó hasta el riachuelo del fondo. Salinas a una encañada. Terrazas quedó prendido en un árbol. Muertos o malheridos, se los abandonó allí.

La población de la república, quedó estupefacta cuando al subsiguiente día leyó en los diarios un comunicado oficial, redactado en el Palacio de Gobierno, que decía así: «Hasta el momento fueron fusilados por haber sido los principales dirigentes en el movimiento sedicioso, los siguientes: Teniente general Demetrio Ramos, coronel Fernando Garrón, coronel Eduardo Paccieri, señor Humberto Loaiza Beltrán, señor Rubén Terrazas, señor Carlos Salinas Aramayo, ingeniero Miguel Brito. El coronel Melitón Brito se suicidó en la población de Caquena, habiendo conseguido fugar el coronel Ovidio Quiroga. Se encuentran detenidos en Charaña para su traslado a esta ciudad, los señores teniente coronel Luis Olmos, mayor Armando Pinto y señor Héctor Diez de Medina. La Paz, 21 de noviembre de 1944.

El Director General de Policías, mayor Jorge Equino, en sus declaraciones, explicó: En lo referente a los fusilamientos en La Paz, el presidente Villarroel tenía en sus manos una lista de más de sesenta nombres, de gente complicada en el movimiento. Nos hicimos presentes ante el coronel Villarroel, quien nos recibió en el Salón Rojo y nos dijo al ministro Quinteros, al mayor Escobar, al mayor Ángel Valencia (comandante del regimiento Calama) y a mí: Cuando más, de esta lista hay que fusilar a unos diez, e hizo una serie de observaciones sobre diferentes nombres. Con esta orden el Ministro de Gobierno dio los nombres Calvo, Capriles, Salinas, Terrazas y Ramos y también el mayor Soto. La orden fue verbal. Yo la retransmití al mayor Escobar. Al día siguiente el mayor Escobar me dio parte de que la orden había sido ejecutada en el camino a Yungas y que se habían arrojado los cadáveres a un barranco. Nos apersonamos con Escobar ante el ministro Quinteros, una vez con éste se dio parte al presidente, llevándosele redactado el comunicado para el público. Villarroel hizo observaciones en sentido de que la orden de fusilamiento comprendía a Calvo y Capriles, pero como se los había ejecutado rectificó el comunicado con su puño y letra, suprimiendo los nombres de ambos y poniendo el aditamento: «fueron fusilados hasta el momento», con la intención de que se haría conocer los nombres de Calvo y Capriles en otro comunicado; lo que no se hizo porque el presidente cambió su manera de pensar y su estado psicológico… «.

Pasajes como estos en nuestra historia tenemos a montones y el momento que estamos viviendo, se asemeja mucho, principalmente porque se están utilizando los mismos métodos nazis, por lo tanto debemos estar atentos y ver que haciendo un análisis comparativo podremos saber cuál será el desenlace. Villarroel y sus colaboradores fueron traicionados por el MNR y el pueblo enardecido los colgó en los postes de luz (faroles) de la Plaza Murillo, si no me equivoco un 21 de julio.

Miguel Aramayo

SCZ. 15-10-2011