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Cinismo, hipocresía, engaño

21 Sep

Cinismo, hipocresía, engaño

No se necesita ser ni muy inteligente, ni perceptivo para captar algunas actitudes humanas y mucho más fácil cuando el físico, el peinado, la mímica los ademanes, el movimiento de manos y el disfraz de “hombre” en trajes caros y corbatas vistosas lo muestran tal cual es y no tal cual él dice ser. La mayoría de los hipócritas, cínicos y mentirosos se parecen y se dejan descubrir fácilmente. En Bolivia tenemos varios, unos más notorios que otros y en ambos bandos.

 

La hipocresía (o el estado de ser hipócrita) es el acto de preconizar cualidades, ideas o sentimientos contrarios a los que en realidad se tienen. Por ejemplo, un guerrillero criticando el terrorismo y alabando la democracia y pretendiendo hacer pacto con los demócratas. Muestra a todas luces su hipocresía, su cinismo, su falaz discurso, plagado de mentiras, notoriamente descubribles.

 

Para el lingüista y analista social Noam Chomsky, la hipocresía, definida como la negativa a «…aplicar en nosotros mismos los mismos valores que aplicamos en otros”, es uno de los males centrales de nuestra sociedad, que promueve injusticias, como la guerra y las desigualdades sociales en un marco de autoengaño, que incluye la noción de que la hipocresía por sí misma es una parte necesaria, o benéfica del comportamiento humano y la sociedad.

 

Ofrezco mostrarles al lobo pastor, un nuevo enfoque, una nueva acepción de la palabra “cinismo”, uno de los trágicos pilares del injusto mundo del que todos somos cómplices. Corre un vago rumor, soporte de una falaz promesa gratuita, de que con el 0,7% del producto interno bruto de occidente, el hambre y la pobreza de más de un hemisferio se podría erradicar. No hay mercado libre, y los países pobres hacen a los países ricos, más ricos. Máxima del capitalismo. ¿Por qué pagar por los recursos o la mano de obra? ¿Por qué cambiar la tecnología si todavía se puede seguir sacando dinero del combustible fósil, aunque obliguemos a la naturaleza a condenarnos, quizá, a consumir el último combustible? ¿Por qué devolverles lo que les sustrajeron nuestros pasados colonos? Mejor se maten entre ellos, que las armas son tan rentables que se pueden matar dos pobres de un solo tiro.

 

Datos de Intermón hablan de 45 millones de niños, muertos (asesinados). 200 millones de niños esclavizados. Millones de personas muriendo de hambre, sobreviviendo con unos céntimos al día. Millones de mujeres prostituidas, privadas de libertad, de voluntad, de elección. 100 millones de jóvenes condenados a la incultura, sin leer, sin escolarizar. En Irak la desnutrición infantil se duplica. También se duplica la exportación de petróleo.

 

El G7, asumiendo el compromiso que conlleva su gran poder, da un ejemplo universal de hipocresía mesiánica. Y la escasa ayuda que dona, son créditos únicamente válidos para adquirir productos del país donante. Después de leer esto pueden seguir engañándose a si mismos, todos lo hacemos para ser más felices. Pueden buscarse pretextos para negar la responsabilidad sobre lo que aquí está expuesto. Pueden descomprometerse y alegarse exentos de culpabilidad acogiéndose a sus propios problemas, mundanos, y enterrar la conciencia en la más profunda de las fosas. En la fosa de la indiferencia. En la cárcava del inmovilismo.

 

¿El engaño se ha vuelto condición indispensable de la política?  No, no hay con esto del engaño como esencia, como atributo básico, ninguna novedad intelectual. El psicoanálisis y el genial descubrimiento freudiano no otra cosa dijeron: el ser humano es el único animal que habla, por tanto, que miente. Hacer uso de símbolos -más allá de los puros mecanismos instintivos- implica un engaño originario. Hablar es, por tanto, dejar siempre abierta la posibilidad de engañar. El símbolo, en tanta convención, roza esta arista del engaño: el discurso es la negación de la cosa concreta. Engaño no malicioso, podría decirse; engaño más allá de la intención.

 

Significa, en todo caso, que el ejercicio del poder, de todo poder, se basa en un engaño primigenio. ¿Cómo, si no, podría darse que un grupo siempre numéricamente menor ejerza el poder sobre una mayoría? La fuerza bruta es determinante, sin dudas; pero inmediatamente surge la pregunta de ¿por qué esa mayoría no reacciona? Porque más allá de las armas con que son dominadas, también juega un papel básico otro tipo de armas: el engaño.

 

 

Luis Alviña