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El brindis del abismo

31 Jul

El brindis del abismo

El brindis del abismo

 

En una noche estrellada de 1784, en una villa olvidada entre los viñedos de Borgoña, dos sombras cruzaban los jardines como espectros de un siglo que ya comenzaba a envejecer. Una cena privada, convocada por un noble anónimo, había reunido a dos de los hombres más escandalosos de Europa: Giacomo Casanova y Donatien Alphonse François, conocido como el Marqués de Sade.

 

—¿Cree usted en el alma, señor de Sade? —preguntó Casanova, alzando su copa de vino—. O, mejor aún, ¿cree en el remordimiento?

 

Sade soltó una risa seca. Su rostro, anguloso y mal afeitado, parecía el de un predicador caído.

 

—El remordimiento es la invención de los cobardes. Usted, que ha seducido monjas y princesas por igual, no puede hablarme de moral.

 

—Pero yo nunca forcé a nadie. Usted, en cambio… —Casanova dejó la frase en el aire, como un veneno suspendido.

 

El vino sabía a sangre antigua. La chimenea crepitaba con nerviosismo. Afuera, la luna se escondía tras un velo de nubes.

 

—¿Y qué es la voluntad sino una forma de esclavitud? —replicó Sade—. ¿Cree usted que esas damas a las que cortejaba con versos y abanicos eran libres? Usted también las poseía, solo que con guantes blancos.

 

Casanova apoyó la copa con lentitud. Su rostro seguía sereno, pero sus ojos brillaban con un fuego menos cortesano.

 

—Quizá. Pero yo ofrecía placer, no miedo. Usted escribe sobre el dolor como si fuera una divinidad.

 

—Porque lo es. El dolor revela la verdad, señor Casanova. El placer es solo una máscara. Todo lo bello muere en cuanto se obtiene. En cambio, el sufrimiento… permanece. El dolor es incorruptible.

 

—Qué tétrica religión ha fundado usted. —Casanova se inclinó hacia adelante—. ¿Y cuál es el dogma? ¿Que el hombre debe desear lo que lo destruye?

 

—No. Que el hombre ya lo desea, y sólo los hipócritas lo niegan.

 

Un sirviente entró en la sala, dejó un nuevo decantador de vino y desapareció sin decir palabra. Las sombras se alargaban en las paredes como testigos discretos.

 

—Yo he amado —dijo Casanova, casi en un susurro—. No siempre con nobleza, lo admito. Pero he amado. ¿Usted?

 

Sade lo miró en silencio durante un largo minuto. Luego tomó su copa y, sin apartar la vista, la levantó.

 

—Brindemos, entonces. Por lo que no tuvimos. Por lo que fingimos tener.

 

Casanova alzó la suya.

 

—Y por el mundo, que seguirá mintiéndose cuando nosotros ya no estemos.

 

Chocaron las copas. El sonido fue breve, seco. Como el disparo de una pistola.

 

Esa noche, en la villa de Borgoña, no hubo testigos. Sólo dos hombres que, cada uno a su manera, habían sido los heraldos de un siglo que se despedía sin gloria. Uno buscaba el goce en la conquista efímera. El otro, la eternidad en el abismo.

 

Ambos, quizás, sabían que no hallarían redención.

 

Miguel Aramayo

SCZ.08-06-2025