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El lápiz

2 Ago

El lápiz

Como siempre, a mi me suceden cosas algo raras, o fuera de lo que todo mundo considera “normalidad”. La historia que les contaré a continuación, podrán ser tomada como si fuera un simple cuento, pero en realidad me sucedió, aunque nadie me creerá.

 

Estaba sentado en mi escritorio, con la mente en blanco, mientras escuchaba música muy suave, un concierto para violín, flauta y clarinete, una de esas melodías que no me animo a decir quién es el compositor y menos quiénes son los interpretes principales. En esas divagaciones mi espíritu, o mejor dicho mi mente, estaba más próxima al espacio sideral, que al momento  real y físico de mi oficina.

 

Cuando digo, que mi mente estaba en blanco, es una forma de decir que no quería pensar en nada, ni en nadie y que sólo vivía la realidad de mi entorno, que para los demás podía ser una ficción, pero que para mí era la pura y verdadera realidad. Realidad que me acompaña permanentemente y que alguien podría confundir con alguna deficiencia, porque cuando expreso que tengo un amigo imaginario, mi mujer dice que son “chifladuras” y quizá no sea solamente ella la que piensa así, pero yo he comentado con mis nietos y algunos amigos, que ese personaje no es otro que mi Ángel de la guarda, con el que he llegado a tal grado de entendimiento y comprensión, que podemos charlar e intercambiar ideas.

 

Pero me estoy saliendo del tema que quería compartir con ustedes y estoy divagando en cosas interesantes, reales, pero que no vienen al caso. El caso es que estaba escuchando música y que tenía sobre el escritorio una hoja en blanco y un lápiz recién afilado, algo que también está fuera de lo normal, porque lo que yo uso para escribir es una estilográfica (pluma fuente o mango) o si deseo borrar a medida de lo que escribo, una lapicera (portaminas), pero ¿lápiz…?, algo raro y anticuado.

 

Acomodé la hoja, en blanco, tomé el lápiz y me disponía a escribir, cuando sentí que una fuerza externa me impedía separar los dedos del lápiz y éste comenzó a moverse con gran fluidez y al mismo tiempo con determinación. En el papel apareció una caligrafía exquisita, los rasgos eran firmes, la presión del lápiz sobre el papel, la presión perfecta, los trazos perfectos y poco a poco fui leyendo lo que supuestamente escribía yo, pero que era una fuerza externa e invisible que dirigía mi pulso. Tampoco los rasgos que aparecían marcados en el papel correspondiera a mi caligrafía y lo que se estaba impregnando en el papel no era lo que yo estaba pensando, era alguien que comandaba mi mente y mi cuerpo, por lo menos mi cuerpo, porque mi mente estaba sorprendida con lo que estaba escrito en el papel.

 

Después de escribir unos cuantos renglones, me di cuenta que lo que estaba escribiendo correspondía a una poesía, poesía que me enseñó mi madre y que creo que el autor es Rafael Pombo, (Bogotá, 1833 – 1912) Poeta colombiano, que titula “El niño y la mariposa”, la letra que aparecía en el papel no era la mía, esos trazos pertenecían a otra persona. Fui recordando quien escribía así y dude en identificar la caligrafía. Sí, era la letra de mi bisabuela, Eloisa Alviña de Muñoz. Al terminar de escribir, mi mano quedó en un reposo tal que estaba como adormecida, adormecida ella y el lápiz, estaban al lado del papel y mi mente comenzó a leer:

 

Mariposa, Vagarosa. Rica en tinte y en donaire ¿qué haces tú de rosa en rosa? ¿de qué vives en el aire?    Yo, de flores. Y de olores, Y de espumas de la fuente, Y del sol resplandeciente Que me viste de colores.    ¿Me regalas tus dos alas? ¡son tan lindas! ¡te las pido! deja que orne mi vestido con la pompa de tus galas.    Tú, niñito tan bonito, tú que tienes tanto traje, ¿Por qué quieres un ropaje que me ha dado Dios bendito?     ¿De qué alitas necesitas si no vuelas cual yo vuelo? ¿qué me resta bajo el cielo si mi todo me lo quitas?     Días sin cuento De contento El Señor a ti me envía; Mas mi vida es un solo día, No me lo hagas de tormento.     ¿te divierte dar la muerte a una pobre mariposa? ¡ay¡ quizás sobre una rosa Me hallarás muy pronto inerte.    Oyó el niño Con cariño Esta queja de amargura, Y una gota de miel pura Le ofreció con dulce guiño.   Ella, ansiosa, Vuela y posa En su palma sonrosada, Y allí mismo, ya saciada, Y de gozo temblorosa, Expiró la mariposa .

 

Cuando terminé de leer se me cayeron una cuantas lagrimas, porque fueron tan vívidos mis recuerdos, primero de mi madre sentada junto a mi, recitando esa poesía, luego tan perfectos los rasgos de mi abuela que con esos ojos azules, de un mirar tan profundo, me miraban tan de frente, que me pareció tenerla junto a mi. Lo más interesante junto al lápiz, apareció mi amigo el Ser Chiquito, riéndose a carcajadas y diciendo que me había hipnotizado para divertirse un rato. ¡Que bellaco!

 

Doblé la hoja, la guardé en el bolsillo para conservarla junto a mis recuerdos y dejé de trabajar para retornar a la normalidad.

 

Miguel Aramayo

SCZ. 28-08-2009