El país de las maravillas.
Viajé al país de las maravillas, tenía no más de 30 años, no estaba solo, no, me acompañaba mi amiga, la que nunca me rechaza, la que siempre incondicionalmente está conmigo cuando se me presenta la oportunidad de viajar.
El país de las maravillas, pareciera que es algo ideal, algo etéreo, inconsistente, irreal, pero cuando uno tiene una compañía, como la que en este momento ocupa mis pensamientos y mis ansias, ese país toma formas y se aproxima a la realidad.
Llegamos por alguna vía, vía que no alcanzo a precisar, pero estábamos tan juntos, tomados de la mano y caminando por unas playas de arena blanca y aguas de un color turquesa, que competían con el color del cielo. Estábamos descalzos y en traje de baño, ella llevaba un diminuto biquini y yo una short de baño. Caminábamos sobre la arena húmeda y en algunos momentos, las olas morían a nuestros pies.
La playa era sólo para los dos, el mar nos arrullaba con su monótono ir y venir de olas que llegan y olas que se van, nosotros, muy callados y tomados de la mano, cada uno pensando en el otro, como si atuviéramos distantes. En un momento me paré y, la tomé por los hombros y ella se agarró de mi cintura, nos miramos sin decir palabra y nos besamos, primero en forma muy tierna, a medida que pasaba el tiempo nos besamos con mayor pasión y en un. Instante sin saber cómo nos despojamos de la poca ropa y nos adentramos en el mar, el mar que nos mecía con las ansias que requeríamos en ese momento.
No se cuánto tiempo estuvimos así, por suerte el cielo se nubló y comenzó a caer un aguacero que protegió nuestro cuerpos de los rayos del sol, brindándonos la frescura que requeríamos para continuar amándonos, con la pasión que nos devoraba.
Nunca había amado de esa manera, era algo sublime, me dio la impresión de no estar adentro del agua, sino en una nube, nube que nos tuvo flotando en la inmensidad del tiempo y del espacio. En un momento determinado nos dimos cuenta que estábamos sobre la arena, vistiendo la misma ropa con la que Dios proveyó a Adán y Eva, antes de que se coman la manzana y cuando estaban en el paraíso, como nos encontrábamos nosotros en ese momento.
No supimos en que tiempo retornamos del país de la maravillas a mi departamento en París, aparentemente fue un sueño simultáneo para ambos, porque despertamos al unísono, abrazados, como Dios nos trajo al mundo. Estoy convencido que cada vez mi amor por París crece a niveles superlativos.
Miguel Aramayo
SCZ. 07-12-2014
