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¿Erotismo o belleza?, ¡belleza y erotismo!

18 Oct

¿Erotismo o belleza?, ¡belleza y erotismo!

Acariciar tu piel desde los empeines y las plantas de los pies, recontando los dedos de ambos pies, primero de uno, luego del otro, sentir el áspero de tus talones que se suavizan con la tersura de los tobillos y toman forma con las pantorrillas y lo contrario del filo suave del peroné que forma finamente tus canillas, hasta llegar a la redondez de tus rodillas y la profundidad perfumada de tus corvas que suben como columnas por los muslos firmes hasta llegar a la entrepierna, donde por un milagro está escondida una cosita que protegida por labios gruesos, que encierran labios finitos, para arropar como un capullo un punto sublime de tu naturaleza, que no sólo te estremece a ti, sino también a mi.

 

Por suerte hay una cueva cálida y suave, sin pliegues falsos, sino con profundidades inmensas que te hacen recorrer el universo, que sólo tiene un eco, un eco amable, de amor profundo de un calido amor, de cariño inmenso, de grandiosidad que envuelve y aprisiona, acaricia y articula un goce divino. Le continúa un montecito con un bello profuso, pero tan suave que al acariciarlo me produce descargas eléctricas. Pasando ese montecito, el montecito de Venus; acaricio un vientre suave, sin pliegues que en el centro está coronado por una hendidura con pequeños pliegues, pliegues que muestran un punto de partida a la eternidad, es tu ombligo, cuya forma pareciera que más que el inicio de la vida es el premio  a la calidad.

 

En la parte posterior están tus glúteos, cuyos contornos no permiten dejar de acariciarlos. La piel en esa parte de tu cuerpo adquiere una tersura vibrante que al pasar de un hemisferio a otro dejan apreciar una hendidura profunda, que aparentemente fue creada para mostrar lo bello, que es cada parte de esa protuberancias, que se afinan al llegar a la cintura y dejan unas marcas que parecieran hoyuelos, hoyuelos que sonríen cuando cimbras la cadera y le das ese ritmo al andar. La cintura de un lado muestra el quiebre de la Columna vertebral, pero del otro asoma el ombligo, el premio de calidad y permite apreciar el vientre en el nacimiento de las costillas que se separan para poder albergar el crecimiento del mismo, cuando la flor es cubierta por la fertilidad y madura el fruto, el fruto del amor.

 

Las costillas se ensanchan para dejar espacio a tus senos, que se amplían y muestran su esplendor cuanto más es el amor y, cada uno concluye en una aureola que muestra la belleza que el creador quiso poner en las mujeres, como fuente de vida y cúspide del amor, que concluyen en los pezones firmes, como final de una corona, ligeramente más oscuros, pero sublimemente bellos. Al pasar por los senos y subiendo a tu rostro, siento la ondulación que disminuye hasta formar tus hombros, que son el nacimiento de dos brazos que atraen, que aprisionan, que brindan amor. Dos extremidades cuyos músculos son una muestra de la fortaleza que pueden brindar al apretar, que al llegar a los codos adquieren una tersura, tersura que al igual que tu vientre se esfuma al acariciarlos.

 

Que a medida que avanzo en mi recorrido por tu anatomía, se adelgazan hasta concluir en tus muñecas, que por algún motivo cierto llevan ese nombre, que permiten y facilitan el nacimiento de tus manos, manos cuyas palmas contienen tanto cariño, tanta ternura, tanta calidez, que transmiten dulzura a tus dedos, de la primera a la ultima falange, del dedo más chiquito al mayor, que pueden acariciar, que pueden agarrar, sostener, amar, apretar para dejar que no escape de tu lado. También tus uñas emanan amor, porque pueden servir para acariciar pero a la vez se pueden usar para defender lo apreciado.

 

Retornando desde la punta de tus dedos y pasando por la profundidad de tus axilas, puedo apreciar la firmeza de tu espalda, que llegando a los hombros culmina en un cuello que es el soporte y sostén de una cabeza, cabeza que está protegida por una longa y blonda cabellera, que en algunos momentos esconde tus orejas cuya perfección es indiscutible y que muestran unos lóbulos de carne tan tierna de suavidad tan profunda, que cuida de un laberinto que permite el ingreso a tu cerebro a través de tus oídos. Tu mentón es firme y la parte más baja de un rostro que me encanta, cuyos labios entreabiertos dejan ver tus dientes blancos y que extrañamente, de rato en rato, dejan apreciar una lengua rosada cuya fina punta disfruta coqueteando entre la comisura de tus labios, debajo de una nariz que es lo que resalta tu belleza, cuyo punto máximo son tus ojos que entornados en los párpados, y encuadrados por las pestañas, le dan el aspecto soñador, que muestran unas pupilas que reflejan lo bello que emana de la profundidad de tu ser y que antes de culminar en una frente altiva muestran unas cejas que adornan tu belleza y que permiten apreciar el total de tu rostro.

 

Lo que más me fascina, es tu sonrisa, que sale de lo más profundo de esa boca sensual y que acompasa la prominencia de tus pómulos el perfil de tu nariz y la profundidad de tu mirada. Lo ondulado de tu cabellera que enmarca ese rostro que muestra quien eres y lo bella que sos, pero sobre todo tus sentimientos y lo que está adentro de ese ser, de ese corazón de ese cerebro y más aún de ese espíritu que da vida a ese cuerpo que me fascina, que me hace soñar, que exalta mis sentidos y acaricia mi corazón.

 

 

Miguel Aramayo

SCZ. 18-10-2009