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La bruma.

31 Jul

La bruma.

La bruma.

 

Me dio la impresión de estar transitando por la selva, es más me di cuenta que estaba perdido y quizá esté caminando en círculos, porque me daba a impresión de haber estado en ese lugar más de una vez. Me fije si había dejado huellas, en las pisadas o quizá algún gajo roto, alguna flor arranada o algo que hubiera derramado en ese caminar sin rumbo.

 

El verde lo dominaba todo, incluso yo estaba tan pálido que la coloración de mi piel adaptaba es color, era verde el aire, era verde el cielo, era verde el suelo; todo era verde, verde en diferentes tonalidades, desde lo más oscuro que casi llegaba a la tonalidad de negro, y lo más claro del verde que me rodeaba se asemejaba casi al blanco. La bruma, correspondía a una neblina densa, pegajosa que escurría por los troncos de los árboles y las palmeras cuya superficie están escondidas tras de líquenes que habían tomado sus troncos.

 

Mi paso era pausado, caminada dando la impresión de que en cada pisada primero tentara el piso, como temeroso a pisar alguna trampa o caer en pozo sin fin. No sabía porque estaba en ese monte tupido cuyos gajos habían desgarrado mi vestimenta y arañado mi rostro, por suerte protegida por una barba escasa, pero crecida en los últimos cuatro días.

 

No sabía desde cuánto estaba allí y no recordaba si transcurrieron días y noches, la altura de los árboles y la espesura de su follaje no me permitían apreciar el cielo y por lo tanto no reconocía si la luminosidad provenía del sol o  de la luna o quizás de un faro eléctrico del exterior con una luz potente. No tenia ni sed, ni hambre y tampoco sentía ninguna fatiga, lo único que hacia era caminar sin descanso. El tiempo se había borrad de mi mente y mis pensamientos estaban difuminado en ese ambiento, Mi conciencia ara extraña, no me acompañaba ni un sonido, ni siquiera el ruido que normalmente producirían mis pies al caminar o mi ropa al rozar la vegetación.

 

En un momento no supe si pronunciaba alguna palabra, incluso no se percibía mi respiración, pero mi cerebro recordaba un verso que aparentemente lo reciba, como declamando ante un público inexistente. El poema Intitulaba “Verde que te quiero verde” era una composición de Federico Garcia Lorca y decía:

 

Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas. El barco sobre la mar y el caballo en la montaña. Con la sombra en la cintura ella sueña en su baranda verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata. Verde que te quiero verde. Bajo la luna gitana, las cosas la están mirando y ella no puede mirar-las.

Verde que te quiero verde. Grandes estrellas de escarcha vienen con el pez de sombra que abre el camino del alba. La higuera frota su viento con la lija de sus ramas, y el monte, gato garduño, eriza sus pitas agrias. ¿Pero quién vendrá́? ¿Y por dónde…? Ella sigue en su baranda, verde carne, pelo verde, soñando en la mar amarga. Compadre, quiero cambiar mi caballo por su casa, mi montura por su espejo, mi cuchillo por su manta. Compadre, vengo sangrando desde los puertos de Cabra.

Si yo pudiera, mocito, este trato se cerraba. Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa. Compadre, quiero morir decentemente en mi cama. De acero, si puede ser, con las sábanas de Holanda. ¿No veis la herida que tengo desde el pecho a la garganta? Trescientas rosas morenas llevan tu pechera blanca. Tu sangre rezuma y huele alrededor de tu faja. Pero yo ya no soy yo. Ni mi casa es ya mi casa. Dejadme subir al menos hasta las altas barandas, ¡Dejadme subir!, dejadme hasta las altas barandas. Barandales de la luna por donde retumba el agua.

Ya suben los dos compadres hacia las altas barandas. Dejando un rastro de sangre. Dejando un rastro de lágrimas. Temblaban en los tejados farolillos de hojalata. Mil panderos de cristal herían la madrugada.  Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas. Los dos compadres subieron. El largo viento dejaba en la boca un raro gusto de hiel, de menta y de albahaca. ¡Compadre! ¿Dónde está, dime? ¿Dónde está tu niña amarga? ¡Cuántas veces te esperó! ¡Cuántas veces te esperara, cara fres-ca, negro pelo, en esta verde baranda!

Sobre el rostro del aljibe, se mecía la gitana. Verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata. Un carámbano de luna la sostiene sobre el agua. La noche se puso íntima como una pequeña plaza. Guardias civiles borrachos en la puerta golpeaban. Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas. El barco sobre la mar. Y el caballo en la montaña.

 

Miguel Aramayo

SCZ.19-08-2025