La ventana del alma.
Estaba muy calladito y concentrado en mi lectura, sentado en el sillón de mi escritorio que es mi lugar preferido de lectura, porque me permite disfrutar de la luz de la ventana y cuando vuelco la cabeza para mirar afuera, me encuentro con el enjambre de abejas que revolotean por ingresar a su morada, una tapa, que hace muchos años que está en una rendija del enchufe de energía eléctrica, en la parte externa de la ventana, incluso puedo decir que esas abejas, tanto las más nuevas como las más viejas y sin mentir hasta la reina y los zánganos me conocen, alguna vez me vieron leyendo o cruzamos miradas, mientras yo los observo muy distraído.
Desde esa ventana también puedo mirar el jardín y me complace ver las margaritas, que casi siempre están floridas, también algunas brómelas, que florecen de vez en cuando, lo mismo que las orquídeas. Me encanta apreciar el verde del pasto y el mecer de las hojas de la palmera, que si no me equivoco se llama: Areca bambú. Es una palmera, que está firme en el mismo lugar, hace algo más de treinta y cinco años, desde cuando era muy pequeñita, ahora debe estar por encima de los cinco metros, cada vez más altiva, pero un sus tallos, a más o menos metro y medio o algo más del suelo, muy humildemente les da cobijo y alberga a las orquídeas, orquídeas de diferentes formas y colores, que generalmente florecen en el mes de agosto y, que sin poder brindar ningún aroma deleitan la vista y emocionan el corazón, porque las hallo tan femeninas y me da la impresión que me quieren, o por lo menos me aprecian.
También junto a la palmera hay unos jengibres, casi siempre floridos, pero desgarbados, desaliñados, con las hojas rasgadas y las flores descoloridas. En cambio la ruda, que no sé si es macho o hembra, se la observa junto a sus vecinos, los jengibres, con su figura nada elegante, que me proporciona su fragancia cuando le paso la mano por las hojas, fragancia que sin ser perfume, es duradera en el tiempo, y su olor fuerte empalaga.
Esa ventana que algunas veces me permite apreciar el exterior y me invita a salir, en otras oportunidades es el espacio donde puedo apreciar mi interior, retornar a mi infancia, a mi juventud, que me permite no sólo adelantar el futuro, sino que al mismo tiempo me permite una introspección de mi ser, de cuando no era más que yo, con un espíritu que bullía por ser más, pero sin tener que demostrar a los demás, sino simplemente ser grande para mi propia satisfacción.
Esa ventana me trae recuerdos de muchas otras ventanas, que me permitieron ver lo que estaba en el exterior de las mismas, pero que sobre todo me dieron la oportunidad de soñar, viendo lo que no existía nada más que en mi mente, en mi espíritu. Puedo recordar un gran ventanal con vidrios de colore en la calle “20 de octubre” en La Paz, cuando yo no tenía más de cinco años, pero ya vislumbraba el futuro, ¡mi futuro…! La ventana de un segundo piso con vista al Illimani en la calle “Abdón Saavedra” también en La Paz, que me permitía en las mañanas disfrutar el nacimiento de un nuevo día y en las noches de luna llena, el fin de un día y el terciopelo de la noche. La ventana del café donde escribía cartas, entre la avenida Cabildo al 3700 y, la calle Republíquelas, en Buenos Aires, donde además de ver el transcurrir de una gran ciudad, labraba imaginariamente mi futuro.
La ventana de tantos trenes, subterráneos y otros medios de transporte, que use para circular por el mundo, que me permitieron apreciar el panorama del exterior, pero sobre todo imaginarme mi futuro, futuro que ahora es presente. Siempre me gustó mirar hacia afuera, pero desde mi interior, desde las ventanas con las que Dios me dotó, mis ojos.
Miguel Aramayo.
SCZ. 13-01-2015 (Martes 13: “No te cases, no te embarques, ni de tu casa te apartes”).
