Los días pasan.
Los días pasan y no es porque estemos de paseo, los días pasan porque es algo inexorable, algo que comienza a correr desde el momento que somos concebidos, primero porque deben transcurrir un número de días desde ese hecho, hasta el nacimiento y ese número de días, que es denominado de espera, porque la gestación es una espera; a partir del nacimiento ya no es espera, ya es una carrera, una carrera impuesta por el destino: nacer, crecer, multiplicarse y morir.
Nacemos para cumplir una función. La misión general de un ser humano es equivocarse. Nunca debemos olvidar el origen modesto de nuestra existencia efímera: “De tierra eres y tierra volverás» (Bereshit 3:19).
La Biblia dice: y formó Dios al hombre, polvo de la tierra, e insufló en él el Alma de Vida, y el ser humano se convirtió en ser vivo”. Polvo y Alma. El polvo vuelve a su origen con la muerte física del hombre justo. El alma retorna a la Fuente de la cual ha sido formada (Kohelet Capítulo 12:7). El alma alimenta el cuerpo; del mismo modo en que Dios es Puro, así también el alma; Dios Habita lo recóndito del mundo y así el alma es el cuerpo.
Pero no por el hecho de que nuestros padres se comieron la fruta del árbol del bien y del mal y fueron castigados, recibiendo la expulsión del jardín del Edén y signados con la señal del “Pecado Original”, que según los libros religiosos se nos borra después del bautismo, esto según los católicos.
La enseñanza cristina enfocada en que supuestamente Dios maldijo eternamente a Adam (HaRishón) y a Eva (Havah), así como todas las generaciones futuras, pues por medio de este pecado introdujeron la muerte en el mundo. A partir de ese momento es que se inicia la carrera, la carrera por llegar al final de la vida, la muerte.
Durante ese espacio de tiempo, tiempo que denominamos vida, el mismo que puede ser de pocos o muchos años, no necesitamos preocuparnos por el final, ése llegará cuando sea el momento que nos tiene predestinado el Creador. Pero durante ese espacio de tiempo, depende de nosotros ser felices, porque, según mi entender, la felicidad no es algo que nos llega de arriba, es algo que construimos nosotros, minuto a minuto durante toda nuestra existencia, por lo tanto el ser felices es algo de nuestra incumbencia.
Los problemas, los sinsabores, las decepciones, las ofensas, el desamor; todo eso no son más que pequeñas manchas, que no tienen por qué opacar nuestra felicidad. De nosotros depende de darles un menor valor en nuestra existencia e incluso apartarlas ni bien se presentan, porque existen soluciones para los problemas, sabores para los sinsabores, optimismo y buenas oportunidades para eliminar las decepciones, momentos agradables para contraponer las ofensas y amor existe en todo nuestro alrededor, a montones, y por lo tanto no debe afligirnos el desamor.
El transitar por la vida es un camino que debemos recorrerlo con calma, no con prisa y sin pensar que lo que hemos recorrido es mucho o poco y que lo que nos resta por transitar es suficiente o escaso. Nuestra obligación es caminar con paso firme, sin retroceder para quejarse, tan simplemente mira atrás para tomar lo sucedido como ejemplo, para repetirlo o desecharlo.
De esa manera su tránsito será feliz, lindo, hermoso, hasta que nos toque llegar al fin, que desde luego no es la conclusión, porque dependiendo de cómo hemos recorrido ese camino, nos toca continuar con la eternidad, que con toda seguridad será hermosa, como un premio por lo recorrido o el olvido total y absoluto, sino supimos vivir con la felicidad, que estando en nuestra manos no supimos utilizarla a nuestro antojo, para satisfacer nuestra existencia desde el principio hasta el final de nuestros días.
Miguel Aramayo
SCZ. 17-10-2015
