Mi bisabuela Eloísa.
Cuando yo nací ella, mi abuela Eloísa, tenía entre 85 y 86 años, por lo tanto ya la conocí viejita y todo el tiempo que la vi, la vi siempre igual, en mi realidad ella seguía siendo la misma y el que cambiaba era yo. Comencé a disfrutarla desde siembre, pero tengo conciencia de haber estado con ella quizá desde mis cinco años y a partir de cuando yo me podía mover sólo.
Recuerdo que ella era independiente, vivía sola, en algo que alquilaba a un señor de apellido Guerrero, que si no me equipo era su paisano, porque ella se movía mucho con sus coterráneos. Eran mucho los peruanos que vivían en La Paz. Su hogar era algo muy reducido, estaba ubicado en la calle “20 de Octubre” antes de llegar a la avenida Ecuador, casi al frente de lo que era el Colegio Aspiazu.
Cuando se fue a vivir a la casa del abuelo Carlos, yo he debido tener unos 10 años. Ella acepto trasladarse, pero quería independencia y por lo tanto le asignaron el cuarto que estaba debajo del dormitorio de los abuelos Carlos y Mercedes. Era un cuarto frio todo el año, con una ventana muy chiquita que daba al jardín lateral y tenía un baño muy precario, pero tenía un patio muy acogedor que daba al jardín, que en esa parte era más una huerta, pero había unos cuatro arboles de guindas, muchos pinos ornamentales y un árbol de cedrón, unas matas de retama amarilla, una enredadera de tumbo y una enredadera de madre selva, lo que hacía que sea un rinconcito perfumado día y noche y con vista al Illimani, por lo tanto el sol nacía en su puerta y su patio y también en las tardes se podía aprecia el nacimiento de la luna.
La abuela era muy bajita, porque los años la habían achicado, no era jorobada, pero si un poco inclinada hacia adelante, de espalda muy recta. Era gruesa, pero no era barrigona, no tenía ni un solo cabello negro, todo su pelo era blanco, su piel era muy blanca y muy arrugadita, totalmente arrugadita. De labios muy delgaditos y desde que la conocí ya no tenía ni un solo diente, mejor dicho no tenía ninguna pieza dental. Poseía rasgos muy finos y lo que realmente impresionaban eran sus ojos, su mirada muy tierna y el color era más claro que el azul del cielo de La Paz en invierno. Su voz era finita, dulce, cariñosa, con el tono de quien no tiene dientes y lo típico de su edad.
Le gustaba hablar, era muy culta, había leído mucho y le gustaba que cuando yo estaba con ella le lea en voz alta, incluso me pedía que le lea los periódicos, pero no era porque ella no podía leer, ella podía leer y cuando lo hacía era por arriba de los lentes, que la mayoría de las veces los tenia de adorno en la punta de la nariz, que era una nariz chiquita, que cuando joven debió adornar su rostro.
Yo era muy inquieto, pero estando con ella me tranquilizaba, porque me contaba historias muy lindas, historias de la vida real, ella me contó cómo fue la guerra del Pacifico, ella decía que en ese entonces tenía más o menos unos 16 años, pero yo pienso que tenía algo más de 21 años, porque más o menos en esa época se casó y se fue a vivir a la Argentina.
Ella me enseño a rezar todas las oraciones que hasta ahora me recuerdo, todas las tardes rezábamos el rosario, con todas las letanías, esto antes de cenar, el medio día antes de almorzar rezamos el Ángelus.
Era una mujer muy laboriosa, la he visto tejer en horquilla y con la ayuda de un croché, también la he visto enhebrar agujas para pegar botones, pero también enhebrar la aguja de su máquina de costurar, que era una maquina con manija. Yo salía a la calle porque la ayudaba con sus compras y sus ventas, ella se mantenía preparando algunas de la recetas de su padre, hacia cremas, para las manos, para la cara, leche de almendras, loción para después de afeitarse, gomina, además de unos ungüentos para hacer crecer el pelo a los calvos y también crema para las hemorroides.
Realmente son tantos y tan lindos los recuerdos de la abuela Eloísa, que podría escribir muchas páginas, porque además de llevarla en la memoria, la lleva en mi corazón, como algo muy querido.
Miguel Aramayo
SCZ. 09-03-2015
