Mirando el reloj
Mientras miraba el reloj, el reloj que me envió de regalo un amigo querido; notaba que las agujas del reloj corrían a mayor velocidad que lo que estoy acostumbrado a ver al observar el paso de las horas, además percibí algo extraño, tan extraño que me restregué los ojos, porque lo que estaba observando no es algo real. Las manecillas no seguían el curso normal que siguen las agujas de todos los relojes, de izquierda a derecha, las manecillas, de este reloj mostraba que estaba retrocediendo. ¡Aunque no me crean! Retrocediendo a toda velocidad.
Me quedé tranquilo, tratando de comprender el porqué de ese proceder en el reloj que me había obsequiado mi amigo. Dejé que pase el tiempo y mientras esto sucedía me acerqué a un espejo para arreglarme el pelo y la corbata; ¡qué gran sorpresa!, yo no era el mismo, el espejo me mostraba la figura de un muchacho más flaco, con mayor cantidad de cabellos y un castaño oscuro, no el cabello blanco que me daba la impresión que tenía hace un momento. El tiempo había retrocedido y nuevamente era un muchacho, un muchacho flaco y sonriente.
El reloj que me envió mi amigo había logrado que, al retroceder las agujas en su movimiento inverso acelerado, habían hecho que yo también retroceda en el tiempo, no era el mismo, la panza había desaparecido, otra vez era el mismo flaco de hace cincuenta y tantos años atrás. Mis pupilas mostraban el brillo que había sido característico de esos años, mi sonrisa y mi riza eran más cristalinas y a mi mente afloraron esos momentos, cuando con el amigo que me regaló el reloj, el Pollo, Cococho, Jaime, Jimmy y Kiko, transitábamos por la calle Ecuador en la ciudad de La Paz, cuando nos sentábamos a comer salteñas en el boliche que se llama “Tokio” en el Prado o cuando tomábamos té con masita en una confitería de la calle Camacho que se llamaba “Galey”.
Mi sorpresa fue mayor cuando me vi rodeado de sirenas, porque además del reloj, mi amigo tuvo la amabilidad de mandarme de obsequio una piedra “pisa-papeles”, que tenía una inscripción en inglés y traduciendo al español dice: “Las sirenas saben divertirse mejor”, pero también podría interpretarse como “Las sirenas se divierten más”. Cualesquiera de las dos interpretaciones se adecuaron perfectamente a lo que en ese momento me sucedió. Porque estaba suspendido en el espacio y como tenía menos peso y estaba más joven, ¡podía flotar!
Como no tuve la oportunidad de que me amarren al mástil de la embarcación o cualquier lugar que impida mi movimiento, el canto de las sirenas, en lugar de ahuyentarme me atrajo y recordé lo que dice el libro de Homero en la historia de la Odisea: Vamos, famoso Odiseo, gran honra de los aqueos, ven aquí y haz detener tu nave para que puedas oír nuestra voz. Que nadie ha pasado de largo con su negra nave sin escuchar la dulce voz de nuestras bocas, sino que ha regresado después de gozar con ella y saber más cosas. Pues sabemos todo cuanto los argivos y troyanos trajinaron en la vasta Troya por voluntad de los dioses. Sabemos cuánto sucede sobre la tierra fecunda.
Por suerte ese canto bello, el canto de las sirenas, me atrojó, pero no a una trampa mortal, ¡no!, ese canto y las sirenas me hicieron recordar a grandes amigas, como Gloria y Fabiola, Ami, Susy y muchas otras más que en nuestras épocas de juventud, estaban siempre con nosotros cantando y divirtiéndonos en los bailongos que hacíamos en la nunciatura.
¡Es increíble…! como cosas materiales que nos llegan con tanto cariño y acompañadas de una tarjeta, pueden hacer que nuestra mente imagine fantasías y asocie algunos objetos con momentos reales sucedidos hace muchos años atrás.
Miguel Aramayo
SCZ.25-06-2017
