Pasa el tiempo.
Un 20 de diciembre del 2008, conocí a un muchacho, que me impresiono por su mirada triste y su caminar taciturno. Estamos en agosto del 2014, han transcurrido seis años desde el 2008 y por casualidad volví a ver a ese muchacho, que conocí en Santa cruz, en la catedral. Recuerdo que nos hicimos amigos mientras tomamos unos helados, ahora lo encontré en una confitería en Cochabamba, ni bien nos vimos nos reconocimos y nos saludamos como viejos amigos.
Tenía la misma mirada triste que me afectó la primer vez que lo vi, cuándo me contó que su madre estaba en España y su padre en Norteamérica. Le pregunté por ellos y me dijo que cada uno de ellos se radicó dónde estaba y que ambos habían rehecho sus vidas, que el único cambio era que su hermana ahora vivía con su madre en España y que él ahora vivía en pareja. Le pregunté su horario de trabajo en la confitería y como al medio día quedaba libre, lo invité al almuerzo del día siguiente, me aceptó, pero me dijo que estaría con su pareja, acepté y quedamos en encontrarnos, al día siguiente al mediodía, en la plazuela Colón.
Nos despedimos y salí de la confitería observándolo disimuladamente. Al día siguiente llegué a la cita con media hora de anticipación, me senté en un banco al frente de una iglesia y me puse a leer, pero el sol era muy fuerte y preferí fijarme en los peatones, en su forma de vestir, su manera de andar, sus ademanes, en fin hice lo que estoy acostumbrado hacer siempre que estoy en un lugar público, rodeado de gente que no conozco y que tampoco me conoce, pero que me permite pasar el tiempo distraído y de vez en cuando cruzar un saludo, o una sonrisa.
Mis invitados venían por la esquina, caminaban tomados de las manos y con un paso calmado, ambos estaban sonrisos y sus caras estaban iluminadas por la luz que es clásica de los enamorados. Me vieron y enfilaron asía mí, me paré para recibirlos, les di la mano a ambos y les sugerí comer en uno de los boliches del Prado, caminamos más o menos dos cuadras y nos sentamos en el restaurante con mesas en la vereda, elegimos una bajo la sombre de una sombrilla que nos protegía del sol, pedimos unas cervezas bien frías y ordenamos el almuerzo, ellos pidieron milanesas napolitanas y yo unos chorizos chuquisaqueños.
Ambos estaban bien vestidos y mostraban estar alegres, me contaron que estaban postulando a la universidad, la muchacha no tenía dificultades porque hizo el traslado de la universidad Gabriel Rene Moreno a la San Simón, mientras que para el muchacho se le estaba complicando porque el traslado era de la universidad Católica de Buenos Aires y él no había completado el año, lo que significaba que debía iniciar desde el principio, incluso el examen de ingreso.
Me contaron que estaban viviendo en la casita de una Sra. viuda, que les alquilaba una habitación amoblada y que compartían el baño con otro inquilino, también estudiante. Vivían cómodos, sobre todo porque de lo que más disfrutaban era de su amor y el estar la mayor parte del tiempo juntos.
Terminamos de comer, pedimos postres y después nos despedimos, ellos muy contentos porque habían ahorrado unos pesos y habían comido bien. Yo me puse a pensar, en lo bella que es esa edad y lo bello que es el amor en esos tiempos, que lo material es efímero, que como viene se va, pero también reflexioné sobre el tiempo que es implacable y se agota y que también causa el agotamiento del amor y mucho más rápido si se agotan los recursos materiales y si no supiste aprovechar ese tiempo y los recursos, los sufrimientos futuros serán más grandes. La oportunidad es como el fierro, se debe machucar en caliente. La juventud pasa volando y si no estudiaste a su tiempo, hasta el cerebro se achica y sufre mucho el alma del que tiene que pedir.
Mientras filosofaba, pase por el hotel arreglé mi cuenta retiré mi equípate y rumbo al aeropuerto para retornar a Santa Cruz, dirigí una oración a Dios, para que proteja y guíe a esos jóvenes tortolitos.
Miguel Aramayo.
SCZ. 21-08-2014.
