Quienes somos, que somos.
Quienes somos, que somos.
Voy a elucubrar: la mayoría de las personas, incluso yo, somos muy simples, no meditamos y si lo hacemos es en forma muy superficial. Son muy contadas las personas que se detienen a observar el firmamento, a reconocer cada punto que brilla y recordar si es un planeta, una estrella conocida o una fugaz. Es menos probable que se queden mirando a una hormiga, un gusano o una mariquita y quieran adivinar que hacen. Acercarse a las plantas y despojarlas de hojas o flores cecas, quizá tomar una flor y acercarse a ella, para apreciar su color o su fragancia. Apoyarse a un árbol y comprobar su fortaleza, apreciar su sobra y distinguir el movimiento de sus ramas.
Cuando estoy junto a un río siento algo especial, aprecio su rumor y contemplo su movimiento, algunas veces arrastrando algo en su corriente y con mucha suerte alguna vez pude ver un pez emergiendo para observar su devenir. El mar me produce una sensación diferente, incluso siento que tengo otra dimensión que me acerca mucho más al creador. El ir y venir de las olas me subyuga de tal manera, que hasta pienso en la eternidad y rebobino mis pensamientos y recupero en mi memoria los recuerdos de tiempos pasados.
Siempre fui un romántico y no solo pensé, sino que tuve al amor como algo extraordinario. Recuerdo el primer beso que me dejo un sabor a flan y nunca más volví a sentir esa extraordinaria sensación …esa extraordinaria sensación. No fue por amor, fue por curiosidad de alguien que me quería enseñar a besar.
Y, sin embargo, con los años, entendí que no era el beso lo que había cambiado, sino yo. O quizá no cambiado, sino cubierto: de prisa, de costumbre, de pequeñas renuncias diarias que uno ni siquiera nota. Como polvo fino que se posa sobre los muebles, sobre los libros… sobre el alma.
Me pregunto entonces en qué momento dejamos de mirar. No de ver —porque ver, vemos todo el tiempo— sino de mirar con esa intención que desnuda las cosas. ¿Cuándo fue la última vez que alguien se detuvo a escuchar realmente el río sin pensar en la hora? ¿O a sentir el viento sin apresurarse a cerrarse chamarra?
Quizá no somos simples por naturaleza, sino por abandono.
Recuerdo una tarde —no sé si fue real o si la inventé con los años— en la que me quedé mirando una hormiga durante varios minutos. Llevaba algo más grande que ella, tropezaba, retrocedía, insistía. En ese momento sentí una especie de vergüenza silenciosa, como si yo, con toda mi complejidad aparente, fuera menos constante que ese diminuto ser.
Tal vez ahí empezó todo.
Desde entonces, he intentado recuperar pequeñas cosas: mirar el cielo sin nombrarlo, tocar la corteza de un árbol como si fuera la primera vez, acercar una flor sin arrancarla. Y a veces —muy pocas— logro sentir algo parecido a aquel primer beso… no en los labios, sino en el pecho.
Una especie de asombro intacto.
Quizá eso somos.
No lo que sabemos, ni lo que acumulamos, ni siquiera lo que recordamos… sino lo que aún somos capaces de sentir sin entender del todo.
Y si algún día dejo de sentir eso, sospecho que no habré muerto todavía… pero ya no estaré realmente vivo.
Miguel Aramayo.
SCZ.09-04-2026
