Raza de bronce.
El recuerdo que tengo de la gente del altiplano, es similar a una fotografía, una fotografía que recién la estoy retirando del estudio fotográfico, después de haberla rebelado. Se trata de gente autóctona, de ninguna persona en particular, porque el recuerdo que tengo de esa gente es un recuerdo genérico, nunca tuvieron ni nombre, ni apellido, y fueron gente fugaz, gente que vi en algún lugar y por algún momento, pero fue una sola vez y si alguna otra vez volví a verlos, no recuerdo que hubiera sucedido eso.
Esa gente sin rostro, sin identidad, sin importancia, esa era la gente que antes llamábamos autóctonos y en términos más genéricos y más comúnmente empleados por todos nosotros: “indios”. Esas personas no podían mezclarse con nosotros, solamente nos vendían algo, nos pedían algo, los usábamos para algo y después desaparecían, porque nunca le dábamos lugar a permanecer más tiempo a nuestro alrededor, los remudaban.
Eso que expreso son recuerdos que tengo de mi infancia y mi adolescencia, en mi juventud y posteriormente, los vi en muy contadas oportunidades, primero porque después de mis diecisiete años deje los lugares donde abundaban esas personas en ambos sexos y porque cuando retorné me ubique en un lugar donde directamente no los vi nunca.
Los hombres eran de piel oscura de ojos pequeñitos y con los iris totalmente negros, su mirada no es que fuera incierta, no, su mirada expresaba odio, nunca vi una sonrisa en esos rostros, especialmente en el sexo masculino, esos rostros eran muy difíciles de adivinar la edad, salvo que se niño o mayor, pero en los mayores muy difícil saber si era joven o viejo. La edad en ambos sexos se notaba por la forma de caminar, si estaba encorvado era señal de vejez, siempre que no estén cargados con algún peso en la espalda, que era lo más común para verlos.
El sexo se distinguía únicamente por la vestimenta y el cabello, las mujeres peinaban trenzas y los hombres el cabello corto, nunca vi un calvo y los viejos tenían pocas o ninguna cana, las mujeres incluso en viajas no tenían canas, las manos en ambos sexos eran iguales incluso de tamaño, con las uñas largas y sucias. Nunca vi ojos de diferente color, todos eran negros, retintos.
La vestimenta era muy sencilla, los hombres un pantalón blanco, blanco color sucio, incluso el día que lo estrenaban. Corto que dejaba ver los tobillos, casi siempre descalzos o con unas ojotas muy rusticas, no usaban camisa pero si una camiseta del mismo color del pantalón, pero de una tela ligeramente más delgada, sin cuello ni botones, pero con una apertura que permitía introducir la cabeza. Encima un saco negro de mangas angostas y casi siempre abierto, un aguayo de colores terracota con blanco y negro, liado de una manera muy particular, en el cual generalmente llevaban las cosas de comer, comida seca, deshidratada o tostada.
La cabeza la cubrían con un llucho o chulo multicolor tejido a mano con orejeras. El pantalón lo sujetaban con un cinturón ancho de lana muy gruesa, que les servía para sujetar el pantalón, para arriar el ganado (llamas, burros u ovejas) algunas veces ganado vacuno, ese mismo cinturón también les servía como honda para disparar piedras a gran distancia. Algunos llevaban sombrero negro, de pana en el cual acomodaban una bolsa pequeña donde guardaban las hojas de coca y la ceniza para masticar. Cuando tenían que caminar largas distancias y en la noche, llevaban poncho, que generalmente era de color oscuro, café o negro o de varios colores de tonos ocre.
La mujer tenía en lugar del pantalón una falda negra, la camiseta y el saco eran similares, pero tenían algún adorno, un vivo bordado muy rudimentariamente de color rojo con preferencia, pero también los he visto de azules o verdes, no usaban llucho, pero si un sombrero de la misma lana de ovejas con una forma medio cuadrada que era ornamental y cubría en algo el sol. Usaban una manta, generalmente negra y un aguayo multicolor, donde transportaban a sus hijos. Las mujeres que guardo en mis recuerdos, en general, los niños de ambos sexos y los jóvenes, no consumían coca, eso estaba reservado a los indios mayores.
Algún día les contaré algo más sobre esta gente, gente que a mi criterio está en proceso de extinción, gente que sufrió y sigue sufriendo el rechazo, desprecio y abandono de todos, incluso de los de su clase que se culturizaron un poco y ni que decir de los gobernantes y movimientos sociales. Son tan raros como los cóndores que adornan el cielo de los parajes donde habitan.
Miguel Aramayo
SCZ. 27-09-2015
