Sapito comprador
Mientras preparaba la parrilla para el asado dominical, esperaba que el carbón esté completamente ardido, la parrilla ya estaba limpia, la carne ya tenía el adobo requerido y sólo esperaba las brasas, en estas circunstancia y mientras probaba el vino que tomaríamos con el asado, me puse a leer debajo de la sombra del mango, como siempre Maicol (como se llama el perro que hace años que nos acompaña) se puso cariñosos y saltaba junto a mi rodilla, en busca de caricias o de algún aperitivo, pero sobre todo caricias. Yo lo complacía, no por hacerlo feliz a él, sino porque realmente me siento satisfecho cuando puedo hacer feliz a alguien, por más que sea a un animalito inofensivo como es él, pero con ínfulas de ser un mastín, cuando se trata de defender la casa y anunciar extraños a su alrededor.
Después de satisfacer las demandas de Maicol, me enfrasque en mi libro y dejé que la trama del mismo me transporte al desierto, a Francia, a Marruecos y, que me permita inmiscuirme con los personajes, como Lalla que está embarazada, Aamma su tía y protectora en Francia, Namán el pescador, o Hartani su gran amigo y con quien Lalla conoció el amor; del libro de Jean Marie Gustave Le Clézio (premio Nóbel de literatura del 2008) “Desierto”, que por ahora me tiene con la mente ocupada, por lo menos eso era lo que creía, hasta que sentí un ruido tenue, como del tintinear de campanitas, similar al croar del coquí de Puerto Rico, pero diferente, porque era una ranita verde retoño de origen camba, de aspecto similar a la borequi.
La ranita me miró y yo acepté el reto, ni ella pestañaba, ni yo tampoco, después de un momento ella, la ranita verde, dio un brinco aproximándose a donde yo permanecía sentado, al ver esto me levanté de la silla plástica y me puse de cuclillas (con cierta dificultad, por mi sedentarismo y los vinitos que llevaba en la barriga) y acorté la distancia entre ambos, ella dio otro brinco adelante y yo quedé en el lugar con una posición parecida a la que asume la ranita al brincar. Nuestras miradas se mantenían fijas, ¿no se quién, a quién hipnotizaba?, o por lo menos subyugaba. Cuando la tuve al alcance de mi mano, mostré mis intenciones de tomarla y ella, la ranita, ni se percató de mis posibilidades de agarrarla. Esta actitud de la ranita me sorprendió y en lugar de tomarla en mis manos le hablé. –Eres una princesa o un principie encantado y, ella me respondió (disculpas). –No seas boludo, todavía crees en esas estupideces, ya sos viejo para estar en cuentos de hadas. –Soy un sapo en evolución y tanto yo, como mi familia podemos hablar, podemos leer e incluso podemos escribir.
Quedé sorprendido al extremo que mis piernas se aflojaron y (disculpas), caí de culo, más próximo al sapo y, éste ni se inmutó, siguió mirándome. –Sapo, me has deja anonadado, nunca pensé que pudiera ver tan de cerca la evolución, ¿eres un sapo que se convertirá en un ser superior?
–Soy un político en procura de evolucionar a la honestidad, alejarme de la mentira, del engaño y la naturaleza me brinda esa posibilidad, pero realmente es difícil, no imposible, porque Dios está poniendo su granito de arena, pero lo más grave es que Lucifer se empeña en mantenernos como nacimos, como crecimos y como todavía seguimos. Los pocos que logramos hacernos sapos, tenemos una lucha tremenda, lo peor es que la gente del gobierno nos quiere comprar y piensa que somos tan baratos como los empresarios contrabandistas, o como los dirigentes de barras bravas, o matones que nos gusta pegar collas. –Sólo somos políticos de oposición que no queremos vendernos, no por el precio, porque algunas ofertas son tentadoras, en algunos casos por un simple dirigentingo pagan hasta cincuenta mil dólares y te ofrecen llegar a ser ministro o pagarte un viaje por el caribe, con negras incluidas, porque incluso tienen trato con un instituto de belleza.
–Sapito, lo que me cuentas me hace feliz, veo que hay políticos buenos, lástima que se están convirtiendo en sapos, pero así será mejor porque podremos distinguirlos para sabernos cuidar.
En eso llegaron los nietos y el sapito desapareció en el jardín, mimetizándose con el pasto y las demás plantas que están retoñando porque comenzó a llover. Puse la carne en la parrilla, avivé el fuego, acomodé los chorizos y mi mente volvió a la normalidad, pero en mi espíritu quedó una vaga esperanza de que la situación mejorará.
Miguel Aramayo
SCZ. 7-11-2009
