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Triste despedida

31 Jul

Triste despedida

Triste despedida

 

Cuando me contaron que estaba enfermo y me nombraron la enfermedad, fue como si me hubieran golpeado el corazón. Por un momento, sentí que dejé de respirar y mi pulso se aceleró.

 

Sé que Dios nos llama a su seno en un momento incierto para nosotros, y que no depende ni de la edad ni de la salud, porque podemos irnos por un accidente, un ataque fulminante o de cualquier otra manera. Pero creo que esa enfermedad es un favor que nos viene destinado por el Creador. Él nos anticipa la noticia de que debemos acompañarlo.

 

Me imagino que él sabía que tenía esa enfermedad, porque al dominar la medicina seguramente reconoció síntomas que le dieron la pauta, y muy valientemente hizo frente a esa situación, hasta que sus colegas comunicaron a la familia el mal que padecía.

 

Creo que todos, de alguna manera, podemos saber qué nos duele, dónde nos duele, y otros datos (síntomas) que, como profesional, supo interpretar. Pero valientemente evitó producir sufrimiento a sus seres queridos, porque también era un hombre de muy buenos sentimientos, que valoraba profundamente el amor hacia sus parientes.

 

Me imagino el dolor que sintió al saber el mal que padecía, porque con su vasta experiencia en medicina sabía cuál era el futuro que le esperaba. Además, vivió el sufrimiento de sus progenitores, que a corta edad también fueron llamados por el Altísimo, lo mismo que sus hermanos y el sinnúmero de personas a las que atendió por diferentes dolencias. Desde muy joven —quizá antes de formarse como médico, cuando estuvo en la facultad, durante su internado y en las especialidades— fue un médico con una vocación muy alta.

 

Lo extrañaré mucho porque no solamente lo apreciaba: puedo decir con toda convicción que ¡lo quería!, y siempre me demostró que el sentimiento era recíproco. No solo por el parentesco que nos unió, sino porque existía una simbiosis entre personas que se consideran, además, muy buenos amigos.

 

Tengo la seguridad de que nos volveremos a encontrar en la eternidad y, con certeza, buscaremos una cerveza, una guitarra y quizá hasta juguemos un set de tenis.

 

Ahora me preocupan sus hijos, sus nietos y su querida esposa. Para ellos van estas palabras de consuelo, y espero que tengan la fortaleza de aceptar lo que nos manda Dios. Estoy seguro de que los recuerdos que nos dejó serán el paliativo que nos reconfortará. Vivió como Dios manda, supo estar con nosotros y brindarnos su cariño, su desprendimiento y los ejemplos que nos dejó en todos los sentidos de la vida.

 

Cuando nos tocó despedir a nuestros suegros, don Manuel y la señora Sarita, compartimos palabras que nos hicieron ver que la muerte también puede unirnos y darnos fuerza para continuar en la vida y estar preparados para seguir el mismo camino, camino por el cual él se nos adelantó.

 

Un fuerte abrazo, querido Gustavo. Ya nos volveremos a ver en cualquier momento, y esta vez será para siempre.

 

Miguel Aramayo

SCZ, xx-xx-2025