Un cuento de amigos
Un cuento de amigos
Cuando comencé a leer esta historia, pensé que era una de esa que aparecen en Facebook, en las que te mantienen atento hasta bien avanzada la trama y después te dejan en el misterio con la palabrita: «La historia continuará en el primer comentario…», pero no fue así, es una historia bonita con un final. Por eso me animé a transcribirla para compartirla con quienes leen mis escritos.
Jacinto y Pelayo eran marineros, no por necesidad o aventura, era porque Dios había querido que fuera de esa manera. Ambos eran de familias de marineros, sus padres, sus abuelos; así por generaciones, hasta era muy posible que hubieran nacido mientras sus madres navegaban en alta mar, en una tormenta donde las embarcaciones son el juguete de las olas y el viento, Jacinto era de Galicia, nació en Valença do Minho, justo en la frontera con Tui, donde Vivian todos sus parientes. Pelayo era portugués de un lindo pueblo, Óvidos, un pueblo medieval conocido por su Festival Internacional del Chocolate anual.
Los dos amigos trabajaban para una compañía pesquera: Grupo Frinsa, empresa con sede en Galicia, dedicada a las conservas de pescado y marisco en general. En el Puerto pesquero de Ribeira. Está considerado el puerto de bajura más importante de España, de hecho, llega a mover a través de su moderna lonja más de 40 millones de kilos de capturas al año.
Algunas veces la pesca se alejaba de la costa y debían permanecer anclados lejos de la costa, donde el mar es más profundo. Apagaban motores y permanecían en silencio en espera de llenar las redes con la pesca que algunas veces tomaba su tiempo y los amigos quedaban inactivos, hablando en voz baja y cada uno distraídos fumando pipa, que con las volutas de humo que ascendían al cielo se mantenían distraídos.
Era un atardecer que parecía iluminado por el fuego, el sol se observaba en el horizonte y era la hora del ocaso, un atardecer casi sin viento, con las olas tan tranquilas que aparenta ser un lago y no un mar profundo, el clima ideal para dejar divagar los pensamientos y preferible mantenerse en silencio y dejar que fluyan los pensamientos, incluso cada uno escuchaba una melodía de su propia imaginación y pasaban como una película los recuerdos que afloraban a sus mentes.
Ambos eran casados y bordeaban el medio siglo de existencia, con hijos mayores que ya habían abandonado el nido y que habían roto la cadena genética de pescadores, eran profesionales y vivían lejos de España, donde la vida les ofrecía mayores posibilidades. Con la tecnología actual siempre se mantenían en contacto y no solo eran las comunicaciones orales, la mayoría de las veces utilizaban la video conferencia, que ahora es de lo más común. Por lo tanto, siempre estaban enterados de cómo les iba.
Jacinto le preguntó a Pelayo: —Cuánto tiempo hace que trabajamos juntos.
—No recuerdo exactamente, pero es más o menos desde que nació mi hija Encarnación y ella si no me equivoco ya está por cumplir los 27 años.
—Increíble, es como si fuéramos familia y pese a ese tiempo nunca hemos conversado de cuando éramos solteros, seguro que nuestras mujeres ya se contaron toda esa historia completa, en cambio nosotros metidos en el trabajo no tenemos tiempo de hablar intimidades.
—Verdad, porque cuando jugamos a la baraja o al domino, tomado unos tragos nos mantenemos con el pico cerrado atentos a lo que estamos jugando.
—Y mucho más callados cuando jugamos ajedrez o damas, allí somos dos tumbas y hasta pareciera que no nos conocemos.
—Esa particularidad tiene esos juegos, por lo menos con los naipes somos más habladores, pero todo en relación a lo que hacemos con tanto ahínco.
—Pelayo dice: yo me case muy joven y totalmente enamorado, Claro que mi mujer también estaba en las nubes y si no hubiera sido por nuestras madres que presintieron el peligro de que saquemos los pies del plato, nos sugirieron casarnos y nos dieron todo el apoyo para que lo hiciéramos lo antes posible. —Y lo tuyo ¿cómo fue?, o te casaron por urgencia, como a tantos de nuestros amigos.
—MI matrimonio fue diferente, el perdidamente enamorado era yo, ella estaba saliendo de un enamoro de ocho años y al enamorado lo casaron porque tenía otra muchacha embarazada y por sugerencia delicada de los hermanos tuvo que romper el enamoro para asumir responsabilidades. —De todas maneras, enamoramos un año y medio y nos casamos con la gran ayuda de los padres de ella. —y ahí me tienes sigo casado tanto tiempo y sin mayores inconvenientes y con los hijos que ya nos dieron nietos, lo cual cayo muy bien para ambos.
Escucharon la campana del barco para subir las redes y descargar la pesca para retornar al puerto a completar las labores de esa jornada y retornar cada uno a su casa. Fue una jornada excepcional, cumplieron su cupo con creces y con seguridad ganarían un bono de producción. Al terminar la descarga salieron a tomar una cerveza antes de llegar a sus casas.
Cada uno se fue caminado mientras cavilaban sobre la conversación que tuvieron y siguieron la secuencia de los años transcurridos hasta ese momento, fue tan poquito lo que intercambiaron de intimidad, pero lo suficiente para retrotraer los años transcurridos y agradecer a Dios por el tiempo pasado y llegar a la conclusión que habían cumplido su misión y lo que les quedaba era mantener lo construido en espera de los designios de Dios y rogar que les otorgue paz, dinero y tranquilidad, sobre todo salud, porque es lo que más se necesita en esa época de la vida. Amor no se había agotado, pero más que eso era simple compañerismo por haber recorrido el tiempo juntos y haber formado una familia estable y con valores.
Después de caminar un largo trecho en silencio y con la simple compañía de sus recuerdos, se dieron la mano y un abrazo, se despidieron hasta la próxima jornada, enviando saludos mutuos a sus mujeres, porque ambos ya vivían sin otra compañía.
Como les anuncie al principio del cuento. concluyo en el final, sin tener que esperar un segundo capítulo. Una historia muy común para todos los que llegan a esa edad, donde cada vez es menos lo que se tiene para hablar, pero son propietarios del cumulo de recuerdos que con seguridad pueden alegrar la existencia.
Miguel Aramayo
