Una extraña carta
Una extraña carta
Encuentro en el cajón de mis recuerdos un sobre que alguna vez fue blanco, pero que ahora está amarillento, los años lo hicieron añejo. Lo tomo con mucho cuidado, como si al hacerlo pudiera dañar su contenido. No tiene ningún sello postal y la dirección está borrosa, como si a la tinta y hubiera caído una gota de agua, o quizá una lagrima, lo que estaba escrito está difuminado y no se entiende lo que pudo haber expresado. Rotulada a mi nombre como si lo hubiera escrito otra persona para mí, pero al observar el reverso no encuentro el nombre, ni la dirección del remitente, como se acostumbra normalmente. Con mucho cuidado y sin rasgar el papel lo abro, aprovechando que el tiempo desapareció el pegamento que tiene los sobres en la pestaña que cierra.
Con el lugar y la fecha de cuando fue escrita hubieran tenido la misma causa de la dirección en el sobre. Antes de comenzar la lectura trato de serenarme, porque mi pulso tiembla se aceleró y mi corazón, mi viejo corazón, que funciona gracias al montón de medicamentos que le suministro diariamente. Aparentemente, es una carta que escribí yo mismo y que está dirigida a mi madre. Cierro los ojos y como si fuera una realidad me veo sentado en mi escritorio y a mi alrededor varios de mis seres queridos, lo veo a mi padre con sus lentes rayban y un destornillador en la mano, a mi madre con un mandil en el que del bolsillo se distingue un par de palillos y un trozo de lana colgando, es de color palo de roza; también están mis hermanos, discutiendo como era su costumbre. En el mismo lugar distingo a mi abuelo Carlos, la abuela Merces y también la bisabuela Eloisa. Todos ellos me miran como esperando que dé comienzo a lectura del papel que porto en las manos.
Querida mamá, han pasado tantos años desde la última vez que te escribía una carta; cuando estuve en Buenos Aires lo hacía cada quince días, porque en el mismo tiempo recibía tu respuesta, que esperaba con ansias, después cuando estuve en Santa Cruz y la comunicación telefónica era imposible, te escribía una vez a la sema y puntualmente recibía tu respuesta, pero esta llegaba al tercer día de la que yo enviaba. Cuando pudimos tener comunicación telefónica dejamos de escribirnos cartas, pero hablamos una vez a la semana y durante mucho tiempo, pero seguí enviando lo que escribía y de vez en cuando te mandaba una poesía que te la dedicaba.
A mi padre solo le escribí una vez, pidiéndole permiso para casarme y durante mucho tiempo conservé su repuesta, muy escueta, pero expresando lo que realmente sentía para mí. Me resulta extraña la visita de todos los parientes y tengo la plena seguridad que son ellos que tuvieron la oportunidad de presentarse a mí de esa manera, pareciera un sueño, pero tengo la seguridad, la convicción de que son ellos y están conmigo. Cuando algunas veces los veo en sueños, con relativa frecuencia, no los veo a todos juntos, sino que los veo de uno en uno, en forma individual y en situaciones en las que compartimos los recuerdos de los años vividos.
Ellos conservan el mismo aspecto físico de cuando los vi por última vez, pero el que se deterioró mucho por el paso de los años, soy yo, incluso me veo mayor que mi abuelo Carlos y más próximo a los años de la abuela Eloísa, que en ese momento aparenta unos 80 años. A mi madre se la ve muy buena moza y quizá como si tuviera algo menos de cuarenta años.
No somos fantasmas, somos seres reales, auténticos y Dios quiso que estuvieran conmigo, ahora que han pasado muchos años desde que los vi por última vez, a la abuela Mercedes hace 65 años, a Eloísa hace 63, al abuelo Carlos 50 a mis padres, más o menos entre 14 y 7 y a mi hermana hace menos, pero mi hermano y yo todavía no partimos para juntarnos con ellos.
Miguel Aramayo
SCZ.01-06-2026
