Una gran puerta
Miguel no encontraba las palabras adecuadas para poder explicar un hecho, un hecho que para él fue algo común, algo trivial, pero que cuando le contó a la primera persona con la que conversó, su mujer; ella lo miró con una cara que denotaba desconfianza, sorpresa y sobre todo pena. Lo que le dijo lo dejó más descompaginado.
–Miguel, ¿te sientes bien?, –¿Has recapacitado en lo que me acabas de contar?, porque me da la impresión que estás desvariando, no es nada coherente lo que me dices y si se lo cuentas a otras personas te tomarán por loco. –Lo que me cuentas ¿es una broma?, ¿quieres burlarte de mí?
Miguel la miró muy triste y se arrepintió haber sido sincero con ella al contarle lo que le había sucedido, que para él era algo común, algo que, si bien él sabía que otra gente no lo comprendería, por lo menos su mujer si podía creerle. Le respondió diciendo: –No se preocupe era algo que quería decirle, pero no es una broma, ni tampoco estoy desvariando. –Olvídelo.
Pasó todo el día cavilando sobre lo acontecido, lo que le había sucedido a él y la reacción que tuvo su mujer, cuando él le relató el hecho, el hecho que para él era rutinario, porque no era la primera vez que le sucedían ese tipo de cosas y eso desde que era muy chico. Claro que generalmente eso él lo guardaba únicamente para su propio yo o si lo comentaba lo hacía con gente de mucha confianza, su madre y sus amigos más íntimos; ellos lo escuchaban extasiados, como si estuvieran hipnotizados, o simplemente atentos y dando la impresión de que el relato era un fabuloso cuento.
Caminaba de retorno a su casa y lo hacía como siempre pedaleando su bicicleta, que era el vehículo más cómodo del pueblo y después de todo desde la factoría donde trabajaba, hasta la granja donde vivía, la distancia no era superior a dos kilómetros, por camino plano, con mucha vegetación y a esa hora lo más agradable era escuchar el piar de los pájaros que se retiraban a sus nidos, el calor había amainado, ya el sol se vislumbraba en el horizonte, con esa tonalidad naranja fuerte, que tiñe el color del cielo mostrando el ocaso y la proximidad de las penumbras del anochecer.
Antes de llegar a su casa, se apeó de la bicicleta y se sentó bajo la sobra de un gran sauce, cuyos gajos lo acariciaron cuando el buscaba donde posar la bicicleta y sentarse a cavilar sobre lo que le había sucedido el último sábado de la semana pasada. El caminaba a la iglesia, porque ese día había estado pensando mucho en su madre, ya se aproximaba su cumpleaños y ella ya no estaba, había partido a la eternidad y lo único que le quedaba era la caricia de la briza que el sentía al caminar y que tenía la seguridad que la misma era la caricia que recibía de su madre, que está en el más allá.
Mientras caminaba rumbo a la iglesia, el sol ya había desaparecido y en el cielo iluminaba una luna en curto menguante y los luceros que siempre están junto a la luna, como si fueran sus fieles compañeros. Al pasar por la plaza que en ese momento estaba descampada, nadie caminaba por sus alrededores, él notó como que se le presentaba una gran puerta, nunca la había visto, pero en su penumbra se notaba que tenía escaleras detrás de ella y esos peldaños que subían, eran de mármol, mármol blanco que reflejaban muy tenuemente una luz que venía de alguna parte. Cuando comenzó la ascensión por esas gradas, se borró todo su entorno y solo percibió las gradas, que eran muchas y subían por una suave pendiente, pendiente que no mostraba cual era el final, pero él sin ningún temor siguió la ascensión y notó que cada nuevo peldaño estaba más iluminado, hasta que llegó a una gran estancia con grandes ventanales, todos iluminados por una luz difusa, pero que permitía mostrar un sinfín de colores, porque los ventanales eran vitrales de diversas formas, el piso era de mármol, pero aparentaba ser de una sola pieza, sin divisiones. Llegó a un lugar donde se apreciaba muchos sillones, todos blancos como si estuvieran forrados en satén, en uno de esos sillones la vio a su madre, que con la mano le hizo una seña para que continúe caminado, así lo hizo hasta que estuvo junto a ella. Ella se incorpora le pidió que agache su cabeza para que la pueda tomar entre sus manos y darle un gran beso en la frente. Se sentaron en uno de los sillones y por un largo espacio de tiempo estuvieron conversando.
En un momento determinado, su madre se incorporó, le tomó las manos y se despidió con un beso en su mejilla, le acarició el cabello y le dijo: –Nos vemos, puedes venir a verme cuando quieras, yo te estaré esperando. –Me produce mucha felicidad el poder estar contigo. Miguel salió de ese recinto y se aproximó a las escaleras, descendiendo con lentitud, con el espíritu feliz por haber tenido ese encuentro. Cuando estuvo nuevamente en la plaza no vio a nadie y cuando llegó a la iglesia, ésta, estaba cerrada, por lo tanto, retorno a su casa.
Miguel Aramayo
SCZ.01-02-2017
