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¿Venceremos en el juicio en la Haya?

24 Feb

¿Venceremos en el juicio en la Haya?

La Campaña de Tacna y Arica comprende las operaciones militares que toman lugar entre diciembre de 1879 y junio de 1880, en el marco de la Guerra del Pacifico. Luego de la batalla del Alto de la Alianza Bolivia se retira de las acciones bélicas del conflicto, continuando en el plano diplomático.

Luego de ocupar el ejército chileno el  departamento de Tarapacá, el comercio del salitre siguió funcionando bajo el gobierno de Chile, haciéndole más fácil solventar la guerra. Además, Santiago buscaba la posesión de las salitreras de Tarapacá, la que juzgaba más segura si se interponía geográficamente a Bolivia entre Chile y Perú. Por estas razones, el gobierno chileno planeó una invasión al departamento de Moquegua para tomar las provincias de Tacna y Arica con el fin de entregarlas a Bolivia. Los valles de Moquegua y del río Locumba fueron seleccionados ya que eran capaces de sostener a un ejército en la región.

El presidente peruano decidió regresar a Lima, dejando en Tacna al contralmirante Lizardo Montero Flores al frente del Primer Ejercito del Sur. El gabinete ministerial le autorizó viajar al extranjero a comprar buques y armamentos. Prado emprendió dicho viaje el18 de diciembre de 1879, dejando al frente del gobierno al vicepresidente Luis La Puerta. El pueblo peruano se enteró de su viaje cuando Prado se encontraba en Guayaquil.

En Lima, Nicolás de Piérola, rival político de Prado, se sublevó el 21 de diciembre, derrotando a las tropas de González de la Cotera fieles al presidente; se proclamó Dictador el y politizó los mandos militares que fueron cambiados por coroneles «civiles» pierolistas. Además no movilizó el segundo Ejercito del Sur que estaba acantonado en Arequipa al mando del coronel Segundo Leiva para colaborar con las fuerzas de Montero en Tacna.

En Bolivia, Hilarión Daza fue depuesto como presidente por Eleodoro Camacho, debido a su retirada en Camarones previa a la derrota en Dolores y no apoyar al ejército aliado en Iquique. Daza iba rumbo a Europa. Se elige a Uladislao Silva presidente de la junta de gobierno pero no tuvo apoyo y finalmente se nombra presidente provisional al general Narciso Campero quien nombrado jefe supremo del ejército aliado llega a Tacna.

Las fuerzas peruanas se hallaban concentradas en Tacna y Arica, puerto que estaba fortificado. El comando chileno decidió no cruzar el desierto de Atacama ya que habría sido una tarea casi imposible, sino que eligió el puerto de Ilo, desembarcando el 31 de diciembre de 1870.

El ejército chileno envió a la I División en una expedición con rumbo a Ilo y Pacocha para enfrentar al emplazamiento peruano en Moquegua. Para esta misión se eligió al Batallón Lautaro, fuerte en 500 hombres, al cual se le agregó un piquete de 12 Granaderos a Caballo, todos bajo el comando del Teniente Coronel Arístides Martinez. El 1 de enero de 1880, el pueblo fue entregado por los extranjeros residentes a las tropas chilenas que entraron sin resistencia a la ciudad. La expedición retornó a Ilo el 2 de enero, para posteriormente zarpar hacia Pisagua.

En Moquegua se encontraba la 1ª División del 2º Ejército del Sur, con 1.300 hombres del Granaderos de Cuzco, Canchis, Canas y Grau.

La división chilena se posesiona de la Maestranza del Ferrocarril y de la Oficina de Telégrafos, realizada esta última misión por el ingeniero Federico Stuven Olmos. El 22 de febrero la autoridad peruana se conoce la noticia del desembarco chileno y pierde contacto con Pacocha a las 16:00. Así envía al Escuadrón de Gendarmes de la policía rural a la Estación de Conde. El 26 de febrero los chilenos se establecen en Hospicio. El ingeniero Gaspar Zapata inutiliza la línea férrea de Ilo a Moquegua y se inicia la creación de fuerzas civiles en Samegua, Chasago y Estuquiña.

Entre el 18 y 25 de febrero, se embarcaron en Ilo 9.500 soldados que formaban 3 divisiones, quedando otra división en Pisagua esperando el retorno de los transportes. El convoy llegó a destino el 26 de ese mes, desembarcando 5.000 efectivos el primer día y los restantes 4.500 desembarcaron al día siguiente sin resistencia.

Se enfrentan  el Huáscar y el Manco Cápac durante el bombardeo de Arica E4 4 de marzo, se enfrenta en Moquegua la policía rural peruana Columna de Gendarmes con avanzadas chilenas que se encontraban en Conde.

El mando chileno decide una expedición a Mollendo para reconocer a las fuerzas del Coronel Segundo Leiva quien se encontraba en Arquipa al mando del segundo Ejército del Sur con 4.000 hombres. El Coronel Orozinbo Barbosa parte al mando del Regimiento 3º de Línea, el Batallón Naval, una brigada de Zapadores y 30 jinetes del Cazadores a Caballo. La expedición destruye en Mejía la línea del ferrocarril en Mollendo para embarcarse el 11 de marzo. Soldados ebrios del 3º de Línea saquean e incendian Mollendo antes de retirarse.

A las 4.30 h del 22 de marzo se inician los disparos en Holleros, atacando los chilenos la derecha peruana. Gamarra ordena avanzar al enfrentamiento la 1ª compañía del Canchis que estaba en Quilin-Quilin al mando del coronel José M. Vizcarra al amanecer y rompieron sus fuegos desde El Púlpito, causando importantes bajas a los atacantes. Las fuerzas chilenas emplazan 6 cañones, 3 ametralladoras para cañonear la posición peruana. La infantería chilena atacaba la derecha con 800 hombres y la izquierda con el resto de la infantería y 600 jinetes.

Las fuerzas chilenas atacaban el cerro Los Ángeles con infantería y artillería. Gamarra decide tomar el mando del batallón Granaderos que se encontraba en el Arrastrado para reforzar la posición de El Púlpito, además de enviar municiones.

Mientras tanto, el Atacama había conseguido escalar la ladera de Guaneros del cerro Estupiña, considerado inexpugnable. Una vez agrupados sus 595 soldados, sorprendieron y desalojaron con una carga a la bayoneta al batallón Grau, cuyos soldados se dispersaron, retirándose del cerro en desorden. Gamarra se entera de ello mientras iba hacia El Pulpito a reforzar la posición, y siendo ahora atacado por Estanislao del Canto en Los Angeles y por el Atacama en el cerro Estupiña, decide replegar sus fuerzas hacia Yacango desocupando el Canchis, Canas y Granaderos la zona del Arrastrado hacia el cerro Baúl.

El 9 de abril la Escuadra chilena bloquea el puerto del Callao. Los buques chilenos eran el Blanco Encalada, el Huáscar, la Pilcomayo, la Angamos, el Matías Causiño y las torpederas Janaqueo y Guacolda. Este bloqueo se mantuvo por 9 meses.

Luego de la batalla de Los Ángeles, las tropas chilenas convergen en el río Sama sumando unos 13.500 efectivos. Una  vez reunidas, salen rumbo a Tacna emprendiendo una penosa marcha a través del desierto, en la que las carretas de agua se entierran hasta el eje en el arenal y las bestias revientan de cansancio. El 19 de abril asume el comando aliado el General boliviano Narciso Campero, a causa de disputas internas y desavenencias entre Lizardo Montero y Eliodoro Camacho, El 19 de mayo de 1880 muere el Ministro de Guerra en Campaña Rafael Sotomayor Baeza en el campamento de Las Yaras, víctima de un derrame cerebral. El Presidente Pinto designa a José Francisco Vergara como nuevo Ministro en reemplazo de su malogrado antecesor. En Tacna esperaban al ejército chileno unos 9000 efectivos aliados. Durante la noche del 25 de mayo, Campero trata de emboscar a las tropas chilenas en Quebrada Honda, pero se pierde a causa de la neblina y la oscuridad, fallando en su cometido. Luego de este intento, las tropas aliadas regresan a su campamento y preparan la defensa en el denominado Campo de la Alianza, en la meseta del cerro Intiorko. Al día siguiente se enfrentarían 11.779 chilenos contra 10.000 aliados.

Al amanecer del26 de mayo de 1880, se inicia la batalla con un fuego cruzado de artillería que no tiene mayores resultados debido a que los proyectiles se enterraban en la arena sin estallar.

Baquedano ordena a la I División de Amengual atacar el flanco izquierdo aliado mientras que a la II División de Barceló se le instruye atacar el centro de la línea. El coronel Eledoro Camacho notó que el ataque principal era para desbordar la izquierda, por lo que envía a esa posición sus reservas: los batallones bolivianos Viedma, Tarija y Sucre y tras estos, los batallones peruanos Huáscar y Victoria, todos formando el llamado «martillo». Las divisiones chilenas faltas de municiones fueron rechazadas y obligadas a replegarse.

Cuando Camacho envía sus tropas en persecución de la división de Amengual, es asaltado por la III División de Amunátegui, la que junto con la ahora rearmada I División coge a las unidades aliadas en un fuego cruzado que deshace todo el flanco izquierdo. Simultáneamente, Barceló y Barboza atacan respectivamente el centro y derecha aliados. Campero, ya sin más tropas de refuerzo y con armamento de menor poder acaba por ceder. Eleodoro Camacho es herido y abandona el combate. Para cuando el General Baquedano envía a la reserva del Coronel Mauricio Muñoz, la batalla ya estaba decidida; esta unidad sólo tiene 17 heridos. A las 14:00 caen los últimos reductos aliados, y a las 18:00, las primeras tropas chilenas con Santiago Amengual ingresan a Tacna. La ciudad de Tacna es saqueada por las tropas enemigas. Ambos ejércitos sufrieron enormes pérdidas en este enfrentamiento. El ejército chileno perdió 2.200 efectivos entre muertos y heridos, su contraparte 185 oficiales y unos 2.500 soldados. Luego de esta batalla, Bolivia se retira de las acciones bélicas de la guerra. Por su lado, Montero marcha hacia Tarata para proseguir hacia Puno.

El 28 de mayo las fuerzas chilenas bajo las órdenes del Coronel Pedro Lagos son despachados los regimientos «Buin» 1º de Línea, 3º de Línea, 4º de Línea y los batallones Lautaro y Bulnes hacia Pachía, totalizando 5.380 efectivos. Una vez llegados a destino, se dirigen al puerto de Arica. Ya para el 5 de junio, Arica es cercado por tierra y por mar. La guarnición del Morro de Arica estaba compuesta por las divisiones VII y VIII, y constaba de 1.901 soldados, comandados por el Coronel Francisco Bolognesi. El 6, se inicia un fuerte bombardeo a la fortaleza peruana por mar y tierra. Durante estos enfrentamientos, el buque chileno Cochrane resulta averiado y con 27 bajas.

La ciudad de Arica iba a ser defendida por ariqueños y tacneños comandados por el coronel Francisco Bolognesi con 1.901 hombres, que se enfrentarían al bombardeo de los buques chilenos y 6.000 soldados chilenos. Bolognesi no aceptó los pedidos de rendición del mando chileno.

En la madrugada del 7 de junio de 1880, los regimientos chilenos 3º de Línea y4º de Línea toman los fuertes Ciudadela y Este. El Batallón chileno Lautaro toma las baterías San José, 2 de Mayo y Santa Rosa. Las dos últimas fueron destruidas por los defensores peruanos, los que luego se repliegan hacia el morro.

Sin esperar las órdenes de los superiores, los soldados chilenos avanzan a la cima del morro la cual ocupan en 55 minutos. El ejército peruano hubo de lamentar la muerte del Coronel Bolognesi y del Capitán de Navío Moore.[6] Tras el combate, las fuerzas chilenas ocuparon la plaza. En medio del caos inicial, soldados chilenos dispersos asesinaron a numerosos prisioneros peruanos a las puertas de la iglesia de la ciudad[13] y cometieron destrozos, hasta que los comandantes chilenos lograron restablecer el orden.

En conclusión. La victoria chilena en la Campaña supuso un duro golpe para la Alianza Perú Boliviana. Después de la derrota de Tacna, Bolivia se retiró de la guerra para dejar a Perú con el peso de proseguir solo la lucha.

Asimismo, la pérdida peruana de Arica sería definitiva, ya que Chile la incorporó dentro de su territorio junto con Tacna, pero ésta última sería devuelta mediante un plebiscito a inicios del Siglo XX.

EL TRISTE FIN DE LA ALIANZA: LEALTAD PAGADA CON INGRATITUD

La política chilena tendiente a separar al Perú y Bolivia se manifestó también en las negociaciones para llegar a la paz. A principios de diciembre de 1881, los señores Mariano Baptista, en representación del Gobierno de Bolivia y Eusebio Lillo, por Chile, sostuvieron conversaciones en Tacna para explorar las posibilidades de un acuerdo que terminase su conflicto limítrofe. El señor Lillo presentó al señor Baptista un documento escrito de su puño y letra por el que su gobierno ratificaba la proposición de una «rectificación de fronteras» mediante la cual la cesión a Chile de Atacama sería compensada a Bolivia con los territorios de Tacna y Arica, y, si lo deseaba, de otros más, al norte y el oriente, hasta el lago Titicaca, pertenecientes al Perú, obligándose Chile a operar militarmente sobre ellos con ayuda de tropas bolivianas. Chile ofrecía también no cobrar a Bolivia ninguna compensación de guerra, vincular Antofagasta, Mejillones o Iquique con el altiplano por medio de un ferrocarril y dar crédito para otro ferrocarril de Arica a los departamentos bolivianos del norte. El tratado de paz que estableciese tales obligaciones no sólo uniría a ambas repúblicas comercialmente sino, al mismo tiempo, en lo que fuera posible, en sus intereses políticos, para prestarse apoyo en cualquier emergencia internacional».

El Gobierno del General Narciso Campero ratificó lo manifestado por su agente. No se podía concertar nada a espaldas del Perú y mucho menos en su contra. Los interlocutores de Tacna volvieron a sus bases con las manos vacías.

Bolivia y el Perú alimentaban todavía la esperanza de que los Estados Unidos presionaría a Chile para hacer la paz sin imponer desmembración territorial alguna. Se desilusionaron, reconociendo la cruda realidad, cuando el 11 de febrero de 1882 el Ministro de Relaciones Exteriores de Chile, José Manuel Balmaceda, y el representante diplomático de los Estados Unidos, William Henry Tres-cot, firmaron en Viña del Mar un acta en la que se dejó establecido que el gobierno de la Casa Blanca no intervendría en el conflicto del Pacífico sino con buenos oficios y cuando éstos fuesen solicitados, y que Chile mantenía como condiciones para llegar a la paz el quedarse dueño de todos los territorios ubicados al sur de la quebrada de Camarones, reteniendo además Tacna y Arica en su poder hasta que el Perú le pagase una indemnización de guerra de 20 millones de pesos en el plazo máximo de 10 años, quedando ambos territorios definitivamente bajo su dominio si no se cancelaba el total de la deuda en ese lapso.

La llamada «Acta de Viña del Mar» convenció a los gobernantes del Perú y Bolivia que ninguna ayuda podía esperar de los Estados Unidos y, consecuentemente, de cualquier otra nación, para que Chile no fuese tan abusivo en sus exigencias como vencedor de la contienda bélica. Bolivia vio un escape a tal situación en la iniciativa chilena propuesta por el señor Lillo al señor Baptista en Tacna, relativa a la celebración de una tregua que crease el clima apropiado para ingresar a las discusiones de un tratado de paz.

Se envió al señor Crisóstomo Carrillo a proponer al gobierno del Contralmirante Lizardo Montero que los dos aliados buscaran la tregua conjuntamente (abril de 1882). Don Crisóstomo encontró un ambiente muy desfavorable en el Perú sobre el particular.

En la sesión inaugural del Congreso de 1882, el señor Belisario Salinas, como jefe del Poder Ejecutivo (el General Narciso Campero había dejado temporalmente esas funciones para concentrar su atención en la reorganización del ejército) leyó un mensaje en el que refiriéndose a la cuestión internacional dijo entre otras cosas: «En la guerra con Chile no ha sido posible llegar a un resultado capaz de conciliar los intereses de los aliados con las exigencias del enemigo, por la dureza de sus condiciones… Bolivia ha respetado la alianza, cumpliendo religiosamente los deberes que ella le impone.

El Ministro de Relaciones Exteriores, señor Antonio Quijarro, (marzo de 1883), escribió al canciller chileno Luis Aldunate, proponiéndole una conferencia en la que representantes de los tres países comprometidos en el conflicto discutiesen las condiciones de una tregua. El ministro chileno aceptó la conferencia, pero sólo con Bolivia, oponiéndose terminantemente a los planteamientos del ministro boliviano a favor de la intervención del Perú. Como el señor Quijarro insistiese sobre el particular, el señor Aldunate le dijo que no comprendía esa su actitud, puesto que el Gobierno del Perú, en octubre del año anterior, cuando discutía con un diplomático norteamericano acerca de las bases para un tratado de paz «jamás hizo la menor alusión ni a los intereses ni a la situación de Bolivia». En otra carta (agosto de 1883), el señor Aldunate le dijo también al señor Quijarro que era «de notoriedad que el General Miguel Iglesias (nuevo gobernante del Perú), había decidido tratar de la paz con Chile sin la concurrencia y aún sin una mera noticia a Bolivia».

A los pocos días se recibió en la sede del gobierno boliviano la noticia de la suscripción del Tratado de Ancón, por el que el Perú, al ceder a Chile la propiedad de su departamento de Tarapacá, incondicionalmente y a perpetuidad, comprometió, tácitamente, también a favor de Chile la propiedad del departamento boliviano de Atacama, es decir, todo su litoral oceánico, ubicado entre la frontera norte chilena y el citado territorio peruano. Era el triste fin del Tratado de Alianza de 1873, por el que Bolivia y el Perú entraron juntos a la guerra y al que Bolivia en todo momento dio devoto cumplimiento. El Perú faltó a su último deber dentro de él. El artículo 8 establecía que ninguno de los dos aliados podía «concluir tratados de límites u otros arreglos territoriales sin consentimiento de la otra parte contratante».

BOLIVIA FORZADA A ACEPTAR UNA TREGUA ASFIXIANTE. Una vez que el Perú sucumbió ante la victoria de su tradicional enemigo, viéndose obligado a firmar el Tratado de Paz de Ancón, Bolivia quedó sola frente a Chile. El ejército del Contralmirante Patricio Lynch, permaneció todavía en el sur del Perú para servir de doble amenaza: 1) Amenaza al Congreso peruano de que si no ratificaba el Tratado de Ancón volvería a ocupar Lima; 2) Amenaza al gobierno boliviano de que si no aceptaba un pacto de tregua en las condiciones que impusiese Chile, invadiría el altiplano ocupando La Paz y otros centros vitales de la república. Para hacer más evidente este segundo objetivo, las fuerzas de Lynch ocuparon Mollendo, Arequipa y Puno (a orillas del lago Titicaca), es decir, una línea que constituía una especie de lanza apuntada contra La Paz, sede del gobierno y principal ciudad de Bolivia. Chile disponía además de otro medio de presión más efectivo. Estaban bajo su control los puertos de Mollendo, Arica y Antofagasta, por donde Bolivia recibía los productos ultramarinos esenciales para su sobre vivencia.

El Presidente Narciso Campero tomó dos medidas ante tan graves circunstancias: Al mismo tiempo que destacaba dos diplomáticos a Santiago, los señores Belisario Salinas y Belisario Boeto, en busca de un tratado de paz que tuviese como condición primordial una salida propia y soberana al océano Pacífico (de preferencia los territorios de Tacna y Arica mediante una modificación del Tratado de Ancón), adoptó medidas de carácter militar defensivas. Estas fueron: exigir el pago a la ciudadanía de un empréstito interno lanzado anteriormente; pedir la donación de caballos y monturas a quienes los tuviesen; llamar nuevamente bajo banderas a los licenciados del ejército, ordenar la organización de una Guardia Activa con los jóvenes, otra Pasiva con los mayores y una tercera, Urbana, en cada ciudad, con los extranjeros; disponer el alistamiento de servicios especiales de transportes, ambulancias y hospitales; pedir a los sacerdotes que despertasen los sentimientos patrióticos de las razas indígenas; finalmente, hacer un reconocimiento del probable campo de batalla a orillas del río Desaguadero.

Los señores Salinas y Boeto iniciaron sus tratos con el canciller chileno el 7 de diciembre de 1883. Pidieron un tratado de paz que diese a Bolivia la propiedad de los territorios de Tacna y Arica como imprescindible salida al mar. El señor Luis Aldunate les respondió que su país no podía disponer de lo que todavía no era suyo; que lo único que era posible era suscribir un pacto de tregua que estableciese un modus vivendi hasta que el problema de Tacna y Arica con el Perú quedase resuelto y se creasen las condiciones para el tratado de paz.

En efecto las tropas chilenas de Arequipa y Puno recibieron órdenes de «estar listas para cualquier emergencia». Su comandante, el Coronel Velásquez informó: «Tengo itinerarios completos sobre caminos, distancias, recursos, puntos estratégicos y otras importantes circunstancias vía La Paz».

El 3 de abril, los señores Salinas y Boeto expresaron en carta al General Narciso Campero: «Fuimos invitados a una nueva conferencia con el Presidente de la República y el Ministro de Relaciones Exteriores, para examinar un proyecto de protocolo final. Se nos ha dado plazo hasta mañana para aceptarlo o rechazarlo. No cabe duda que la invasión a Bolivia se ha hecho inminente. Nuestros medios de defensa serían demasiado deficientes para contrarrestar el ataque de un ejército numeroso, aguerrido, bien armado y mejor preparado. Las calamidades de una guerra, los estragos de una ocupación violenta de nuestras ciudades y aldeas y la vergüenza de una posible derrota se han presentado a nuestras conciencias de una manera abrumadora y en situación de poder alejar estos peligros hemos resuelto suscribir la tregua… «.

Con su conciencia abrumada por los temores expuestos, los dos Belisarios se dirigieron al Palacio de La Moneda al día siguiente y firmaron el documento redactado por el Gobierno de Chile.
El Pacto de Tregua de 4 de abril de 1884 estableció en sus cláusulas principales: «La República de Chile y la República de Bolivia celebran una tregua indefinida, y, en consecuencia, declaran terminado el estado de guerra. La República de Chile, durante la vigencia de la tregua continuará gobernando los territorios comprendidos desde el paralelo 23 hasta la desembocadura del río Loa (es decir, todo el litoral boliviano). En adelante, los productos chilenos se internarán en Bolivia libres de todo derecho aduanero». El Gobierno del General Narciso Campero, cuyo canciller era el señor Nataniel Aguirre, aprobó el pacto mediante un decreto en el que se dejó constancia de que Bolivia no renunciaba a su derecho de propiedad sobre el litoral que dejaba temporalmente bajo el dominio de Chile.

EL TRATADO DE PAZ DE 1904. El señor Domingo Santa María, eminente político de Chile, primero como el más influyente consejero de su predecesor en la primera magistratura de la nación, señor Aníbal Pinto, luego como su Ministro de Relaciones Exteriores y, finalmente, como Presidente de la República, fue siempre un convencido de que su país debía mantener una estrecha amistad y cooperación internacional con Bolivia; que Bolivia, puesta al lado de Chile debía tener un cómodo acceso al océano Pacífico, interponiendo su soberanía entre las de Chile y el Perú; que la zona costera que convenía a Bolivia era la de Tacna y Arica, corno reemplazo de la de Atacama, que debía pertenecer a Chile. Por eso, desde el comienzo de la guerra, pese a los sucesivos rechazos del gobierno boliviano, le hizo llegar proposiciones para llegar a esos resultados. Por eso, por no estar definida aún la situación de Tacna y Arica, a la espera del plebiscito señalado para 1893, prefirió que el estado de guerra con Bolivia quedase suspendido por medio de un Pacto de Tregua que estableciese un modus vivendi amistoso, aunque de subordinación de Bolivia a Chile, hasta que se diesen las condiciones apropiadas para un tratado definitivo de paz.

En 1901, el gobierno boliviano del Presidente José Manuel Pando fue notificado brutalmente al respecto con una nota del Ministro de Chile acreditado en La Paz, señor Abraham Koning. El documento comenzaba afirmando que el antiguo litoral boliviano era y sería siempre de Chile. Declaraba que no era posible ofrecer costa alguna a Bolivia porque el plebiscito convenido con el Perú para decidir la suerte de Tacna y Arica aún no podía realizarse. Reiteraba el ofrecimiento de dinero para que Bolivia pagase las deudas que había contraído por causa de la guerra y pagar la construcción de un ferrocarril desde un puerto chileno a una ciudad del altiplano.

Lo que correspondía a una comunicación de esa naturaleza era devolverla a su autor por abusiva e impropia en las relaciones de dos repúblicas, integrantes de la familia internacional americana. Empero, el gobierno del General Pando no obró así. Tenía para ello dos razones. La primera, la situación subordinada en que Bolivia se encontraba con respecto a Chile en virtud del Pacto de Tregua. Chile tenía asida a Bolivia por la garganta al mantener ocupados los puertos de Antofagasta y Arica, por los que recibía su abastecimiento de productos ultramarinos, con las respectivas aduanas bajo control chileno.

Consecuente con esta idea, el General Pando pidió a su amigo Félix Avelino Aramayo que a su paso por Santiago, en su viaje a reasumir las funciones de plenipotenciario en Londres, auscultase si los ocupantes del Palacio de La Moneda estarían dispuestos a dar dos millones de libras esterlinas destinados a la construcción de ferrocarriles como compensación por el litoral boliviano. El señor Aramayo encontró ambiente muy favorable al respecto, siempre que el dinero fuese usado bajo control chileno, a fin de que no se desviase para la compra de armamentos con propósitos revanchistas. La negociación iniciada confidencialmente por el señor Aramayo la prosiguió en forma oficial el señor Alberto Gutiérrez, en el carácter de plenipotenciario del gobierno del señor Ismael Montes, sucesor constitucional del General Pando.

El canciller chileno, señor Emilio Bello Codecido, y el señor Gutiérrez, sin mayores contratiempos que fallidos intentos de oposición peruana, llegaron a la concertación del Tratado de Paz y Amistad de 20 de octubre de 1904, con las siguientes estipulaciones principales: «Restablécense las relaciones de paz y amistad entre la República de Bolivia y la República de Chile, terminando, en consecuencia, el régimen establecido en el Pacto de Tregua. Por el presente tratado quedan reconocidos del dominio absoluto y perpetuo de Chile los territorios ocupados por éste en virtud del Pacto de Tregua. Con el fin de estrechar las relaciones políticas y comerciales de ambas repúblicas, las Altas Partes Contratantes convienen en unir el puerto de Arica con el Alto de La Paz, por un ferrocarril cuya construcción contratará a su costa el Gobierno de Chile. Chile contrae el compromiso de pagar las obligaciones en que pudiera incurrir Bolivia por garantías hasta de cinco por ciento sobre los capitales que se inviertan en los siguientes ferrocarriles, cuya construcción podrá emprenderse dentro del plazo de 30 años: Uyuni a Potosí, Oruro a La Paz, Oruro por Cochabamba a Santa Cruz, de La Paz a la región del Beni, y de Potosí por Sucre y Lagunillas a Santa Cruz. El Gobierno de Chile se obliga a entregar al Gobierno de Bolivia la cantidad de 300.000 libras esterlinas. La República de Chile reconoce a favor de Bolivia y a perpetuidad, el más amplio y libre derecho de tránsito comercial por su territorio y puertos del Pacífico».

El señor Bello Codecido ha reconocido en un libro cual fue una de las ocultas intenciones de su país al suscribir el tratado: ‘ Bolivia pasaba a ser aliada de Chile en la solución del problema con el Perú (por hacerse de Arica punto de partida del ferrocarril a La Paz) y los grandes intereses que se radicaban para uno y otro país en Tacna y Arica vinculaban ese territorio indiscutiblemente y para siempre al dominio de Chile».

El Presidente Ismael Montes, en su mensaje al Congreso de 1906 declaró: «En 1904 se encontraba la república en condición semejante a la de un país semi soberano, desde que por consecuencia de los desastres de la guerra del Pacífico no podía legislar sobre sus aduanas, ni gozar con amplitud del derecho de libre tránsito, ni proteger ni defender sus industrias. Para romper la tregua, que nos imponía la sofocación… no hemos sufrido la obsesión de una política ridículamente sentimental, ni escuchado los consejos del egoísmo y la cobardía… Por eso no nos han sobrecogido los kilómetros de territorios ya perdidos definitivamente para Bolivia en el dominio de los hechos, desde el momento que fue ratificado el tratado chileno-peruano de Ancón, ya que después de ese fáctum ni la política ni la administración permitían a Chile establecer una solución de continuidad en sus conquistas.

CULMINACIÓN DEL DRAMA BOLIVIANO: ENCIERRO CON DOBLE CENTINELA. Los líderes del Partido Liberal que concertaron el Tratado de Paz con Chile, a fin de librar a Bolivia de las opresivas condiciones en que vivía bajo el régimen establecido por el Pacto de Tregua, firmado 20 años antes, y que creyeron que los ferrocarriles podían sustituir con ventaja a un puerto propio, no tardaron en darse cuenta de su error.

Desde luego, el Tratado de 20 de octubre de 1904, al ser presentado al Congreso para su ratificación, fue combatido acremente por muchos legisladores. Se lo aprobó gracias a la disciplina del partido gobernante por una mayoría de 12 votos. Mereció 42 votos a favor y 30 en contra. Personajes potosinos, interpretando el sentir de muchos de sus compatriotas lo calificaron como el «Tratado más desastroso para la patria, el más lesivo a su soberanía, el más humillante, porque no era más que una venta simulada a vil precio, que Chile pagaba con una miserable parte de los ingentes ingresos que le producía el mismo territorio que compraba».

El propio Partido Liberal reaccionó contra su política de 1904 a los seis años, en 1910, durante el régimen del Presidente Eliodoro Villazón. El Ministro de Relaciones Exteriores, señor Daniel Sánchez Bustamante, al saber que Perú y Chile volvían a discutir respecto a la realización del plebiscito que debía decidir el futuro de Tacna y Arica, escribió al canciller de uno y otro país: «Chile y el Perú, siguiendo el dictamen de muchos de sus hombres públicos, deberían dejar de ser colindantes, estableciendo la soberanía territorial de Bolivia en una zona intermedia sobre la costa del Pacífico… Bolivia no puede vivir aislada del mar. Ahora y siempre, en la medida de sus fuerzas, hará cuanto le sea posible para llegar a poseer por lo menos un puerto cómodo sobre ese océano». La gestión no dio ningún resultado.

Tres años más tarde, en 1913, cuando el señor Ismael Montes volvía de Europa a asumir por segunda vez la Presidencia Constitucional de la República, a su paso por Santiago reunió en su hotel a varios senadores y diputados chilenos y les explicó la indispensable necesidad que Bolivia tenía de un puerto propio. Su empeño no dio tampoco resultado alguno.

Las románticas prédicas del Presidente de los Estados Unidos, al finalizar la Primera Guerra Mundial, para que se estableciese un nuevo orden internacional en el que reinase la paz y la justicia bajo la égida de una Sociedad de Naciones, despertó nuevas esperanzas en Bolivia. El mandatario norteamericano había dicho en el Senado de su país que «debía garantizarse a todo pueblo una salida directa a las grandes vías marítimas» y que «ninguna nación debía estar privada de los caminos del mar».

Don Ismael Montes, esta vez de vuelta en su puesto de Ministro de Bolivia en París, cumpliendo instrucciones de su sucesor en la Presidencia de la República, señor José Gutiérrez Guerra, y de su Ministro de Relaciones Exteriores, señor Alberto Gutiérrez, en comunicación de 14 de enero de 1919 pidió al gobierno de Francia, país que junto con Inglaterra eran los principales promotores de la Sociedad de las Naciones, que al crearse este organismo dictase una sentencia que incorporase los territorios de Tacna y Arica a Bolivia por no desempeñar «ningún rol esencial en la actividad económica del Perú o Chile» y ser, en cambio, para Bolivia, «llave de su comercio y de su seguridad».

La revolución de 12 de julio del año siguiente, que derrocó al señor Gutiérrez Guerra y puso fin a la hegemonía que durante dos décadas había detentado el Partido Liberal, cambió también la orientación de la política internacional. El nuevo partido gobernante, el Partido Republicano, envió una delegación (integrada por Félix Avelino Aramayo, Franz Tamayo y Florián Zambrana) a Ginebra, a pedir a la recién nacida Sociedad de Naciones dictaminase la revisión del Tratado de Paz de 1904, a fin de que Bolivia reivindicase todo el litoral que poseía antes de la guerra del Pacífico. La entidad ginebrina se excusó de considerar el asunto haciendo notar que había sido presentado cuando estaba vencido el plazo establecido para la inscripción de temas de discusión en la agenda de su Primera Asamblea. Bolivia acreditó otra delegación al año siguiente, ante la Segunda Asamblea (Carlos Víctor Aramayo y Demetrio Canelas) y reiteró su demanda. En esta oportunidad, la Sociedad la desestimó basándose en un informe de una comisión de tres juristas que dijeron que «la Sociedad de las Naciones no podía modificar por sí ningún tratado, ya que esto era competencia exclusiva de los Estados contratantes».

En vista de manifestaciones de la delegación chilena en Ginebra de que el problema podría resolverse mediante conversaciones directas, el gobierno boliviano envió a Santiago, primero al señor Macario Pinilla (1922) y luego al señor Ricardo Jaimes Freyre (1923). Uno y otro fueron notificados, tanto por el Presidente de la República, señor Arturo Alessandri, como su canciller, que el Tratado de Paz de 1904 era no revisable e irreversible.

En tanto Bolivia se afanaba en buscar alguna salida a su desventajosa posición mediterránea, Chile y Perú no llegaban a ponerse de acuerdo sobre la forma de realizar el plebiscito establecido en el Tratado de Ancón, destinado a definir el futuro de Tacna y Arica. Suspendieron sus relaciones diplomáticas en 1910. Cada país quería llegar a la consulta popular seguro de que le sería favorable.

El Gobierno de los Estados Unidos ofreció su mediación a partir de 1922, pero sus esfuerzos resultaron vanos. Los comicios no pudieron realizarse ni bajo la supervigilancia de dos generales de esa nación.

El Secretario de Estado, Frank B. Kellog, quiso cortar el nudo gordiano del problema y sorprendió a todos proponiendo en un documento dirigido a los gobiernos de La Paz, Lima y Santiago (enero 20, 1926) que Tacna y Arica pasasen a ser propiedad de Bolivia a cambio de una «adecuada compensación» en dinero que esta república pagaría a las de Perú y Chile. Naturalmente que Bolivia aceptó la idea de inmediato. Chile declaró que «la proposición iba más allá de las concesiones que estaba dispuesto a hacer». El Perú expresó que «no podía aceptar la cesión propuesta, a nadie, ni por venta ni de otro modo».

La proposición Kellog no tuvo más efecto que el de hacer comprender a los gobiernos de Lima y Santiago que si no llegaban a un acuerdo la opinión internacional favorecería cada vez con más fuerza el interés que Bolivia tenía en esos territorios.

La posibilidad de que Tacna y Arica pudiesen pertenecer un día a Bolivia era particularmente desagradable para el canciller chileno Conrado Ríos Gallardo, que sentía una gratuita antipatía por la nación del altiplano. Con anuencia del Presidente de la República, General Carlos Ibáñez, reanudó relaciones diplomáticas con el gobierno peruano del dictador Augusto B. Leguía. El embajador chileno destacado a Lima, señor Emilio Figueroa Larraín, propuso la división salomónica de los territorios en disputa: Arica para Chile y Tacna para el Perú. Después de algún regateo de parte peruana, se llegó a un acuerdo sobre esa base. Se lo cubrió con la apariencia de un fallo arbitral del Gobierno de los Estados Unidos porque Leguía no quiso aparecer ante su pueblo como autor directo de la entrega definitiva de Arica a Chile.

Fue así como, mediante el Tratado de Amistad y Límites de 3 de junio de 1929, la provincia de Arica (15.341 Km.2) pasó a ser propiedad de Chile y la provincia de Tacna (8.678 Km.2 más 980 de Tarata, entregados antes) fue devuelta a la soberanía del Perú.

A proposición del canciller Conrado Ríos Gallardo, aceptada con entusiasmo por el dictador Augusto B. Leguía, en la misma fecha se firmó un Protocolo Complementario por el que Chile y el Perú se comprometieron a «no ceder a una tercera potencia la totalidad o parte de esos territorios, sin previo acuerdo entre ellos».

El protocolo en cuestión no podía tener otro propósito que consolidar el encierro mediterráneo de Bolivia con doble centinela. Por él, Chile se libraba de que Bolivia le exigiese el cumplimento de la oferta, tantas veces repetida desde el comienzo de la guerra del Pacífico, de que podría ser dueña de Arica.

Los Ibáñez, Leguía y Gallardo, que con los documentos de 3 de junio de 1929 creyeron poner un sello de paz definitiva en las costas del Pacífico, se equivocaron rotundamente.

El puerto de Arica, geográficamente boliviano, históricamente peruano y fruto bélico para Chile, en cuya plaza principal debía levantarse un monumento en el que Eduardo Avaroa, Miguel Grau y Arturo Prat se den un abrazo, simbolizando una auténtica hermandad de sus naciones, es por obra y gracia del maquiavélico protocolo un inquietante foco de convergencia de intereses antagónicos. Por culpa de él, la guerra del Pacífico ha sido una guerra sin paz, aún después de transcurridos cien años de haberse callado los cañones.

(Este artículo pone punto final a la serie con la que al autor quiso contribuir a la recordación y esclarecimiento de los antecedentes, desarrollo y corolario diplomático de la Guerra del Pacífico, al cumplirse 100 años del enclaustramiento geográfico de Bolivia).