info@miguelaramayo.com

Y subí al cielo

13 Abr

Y subí al cielo

No supe en que momento, ni en qué tiempo, pero me encontré subiendo al cielo. No tenía alas, ni tenía una escalera, solamente sabía que cada vez estaba más alto, porque cada vez me alejaba más de la tierra, y ya había alcanzado las nubes, las nubes más oscuras, las que parecían más densas y sobre mi cabeza se percibían nubes más blancas, más ligeras y el color del cielo cambiaba de color a medida que me encontraba más arriba.

 

Lo que en principio parecía un tenue celeste aumentaba a celeste oscuro, a azul suave y después a azul cada vez más oscuro, pero al mismo tiempo a un azul cada vez más luminoso, más brillante, con una tonalidad que no estaba en mis registros, en mis recuerdos cerebrales, era un azul que me inundaba, que me cubría por completo, al extremo de sentir que yo también era azul, pero no el azul de los pitufos, ¡no!, era un azul eléctrico, un azul que me hacía sentir cada vez , ¡más puro!, ¡más limpio!, ¡más bonito!, ¡más sublime!

 

Cada vez me aproximaba a lo más oscuro del azul, hasta que llegué al azul que se confundía con el negro. Durante un tiempo, que no supe cuánto duró, estuve caminando por esa negrura total y absoluta, al punto que no me distinguía ni yo mismo y pensé que estaba muerto, que había desaparecido en la negrura total y absoluta, de eso que parecía una noche eterna, en la que no brillaba ni una estrella, negrura que incluso hacia que mi voz y mis pensamientos aparenten ser de ese mismo color, mejor dicho, de esa ausencia total y absoluta de colores.

 

Seguí transitando por ese espacio negro, pero mi sensación era que continuaba en ascenso, porque sentía que cada vez pesaba menos, que ya no sentía la fuerza de atracción y, al contrario, sentía una ingravidez total, pero no era una sensación de flotar, no, era una sensación, que me hacía cada vez más liviano, pensé que ya estaba por llegar a lo que me parecía que era el cielo, pero el camino era muy largo y pensé que tenía todavía mucho trecho por recorrer.

 

Qué bonita sensación, cuando sentí que no necesitaba respirar, que el oxígeno que antes me era indispensable ya no tenía la importancia que le asignaba, estaba con la boca cerrada, los ojos cerrados y me di cuenta que el aire que me envolvía no penetraba por mi nariz a mis pulmones y eso no me causaba ninguna molestia, al contario, me sentía feliz.

 

Estaba en otra dimensión, sin peso, sin ninguna presión, con la mente totalmente lúcida, no percibía nada que incomodé mi existencia, ¡qué bella sensación!, por un instante pensé que había llegado al cielo. Y no estaba errado, estaba en el cielo, porque una voz muy suave, muy dulce, melodiosa, con una fonética que nunca en mi vida había percibido me saludó de esta manera: –Miguel llegaste a mi lado y realmente me alegro de tenerte conmigo. –¿Alguna vez te habías imaginado que conversemos?

 

Quedé anonadado, mi cuerpo temblaba, pese a que tenía la sensación de ser incorpóreo y al escuchar y sentir esa voz, me sentí tan pequeñito, tan insignificante que con mucho temor respondí. –Señor, muchas veces pensé en ti y muchas veces me imaginé estar junto a tu excelsa figura, por lo tanto, te puedo expresar con dicha, ¡que sí…!, que tenía la plena seguridad que en un punto de mi existencia podría escuchar tu voz y notar tu presencia.

 

Sé, por lo que he leído que me hiciste a tu imagen y semejanza, pero también tengo la plena seguridad de que no es así, porque vos sos eternidad, totalmente espiritual y por lo tanto no tienes una consistencia material y no necesitas hacerte visible para existir, que eres uno, indivisible, omnipotente, omnisciente, omnipresente y por lo tanto nunca me hice la ilusión de verte, con solo sentir tu presencia, sé que estás conmigo y que eso me hace inmensamente feliz y consiente de que estoy siendo premiado con un don que no me merecía, porque no he vivido exactamente como dictan las leyes que dejaste marcadas a Moisés o recomendaste a tu Hijo y al Espíritu Santa, que nos comunicarán. Pero he vivido como pensé que te hubiera gustado que lo haga, disfrutando de todo lo que proveíste a los seres humanos y sobre todo capté que lo que me proporcionabas, no era para mi propiedad y eso debía compartir con los demás semejantes a mí, eso es lo que hice y creo que eso es lo que ahora me proporciona la dicha de estar con vos.

 

Miguel Aramayo

SCZ. 13-04-2017 Jueves Santo y día del niño boliviano.